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Homilía de la Misa Crismal de monseñor Esteban Escudero, obispo de Palencia

Homilía de la Misa Crismal de monseñor esteban Escudero, obispo de Palencia

La Misa Crismal que estamos celebrando constituye un momento de intensa comunión eclesial conmigo y entre todos vosotros, hermanos sacerdotes. Durante el año, cada uno en su parroquia o comunidad cristiana, ejerce su ministerio sacerdotal enseñando, santificando y dirigiendo las comunidades cristianas, como necesarios colaboradores del ministerio episcopal. Pero, una vez al año, en medio de las celebraciones de la Semana Santa, nos reunimos aquí, en la Catedral, para renovar nuestros compromisos sacerdotales, para bendecir y consagrar los óleos con los que santificaremos al pueblo de Dios durante el resto del año y para sentirnos presbiterio diocesano encargado de llevar en común la misión que Cristo nos ha confiado en la Iglesia de Dios que peregrina en Palencia. Pero, es también la ocasión de reflexionar sobre qué podemos hacer mejor, guiados por el Vicario de Cristo, Pastor de la Iglesia universal.

La llegada a la Sede de Pedro del Papa Francisco ha supuesto una nueva ilusión y un nuevo empuje en la marcha de la Iglesia universal. El abundante magisterio que nos ha transmitido en los escasos trece meses como obispo de Roma, no sólo con sus escritos, sus homilías diarias en la capilla de Santa Marta y las catequesis en las audiencias de los miércoles, sino también con los gestos de su vida, como su sencillez, su cercanía a la gente, su confesión ante todos de hace unos días o sus largos ratos de adoración, constituyen una llamada apremiante para todos nosotros a comenzar una nueva etapa de la vida de la Iglesia, marcada por una mayor fidelidad al evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

En una entrevista publicada en el pasado mes de Septiembre en la revista de los Jesuitas “Razón y Fe”, el Papa Francisco manifestaba: «Yo sueño con una Iglesia Madre y Pastora. Los ministros de la Iglesia tienen que ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela al prójimo /…/ Las reformas organizativas y estructurales son secundarias, es decir, vienen después. La primera reforma debe ser la de las actitudes».

El Papa está convencido de que las grandes reformas en la Iglesia requieren tiempo y se ha propuesto sentar las bases, poco a poco, para una nueva etapa de evangelización en el mundo. Él ha afirmado frecuentemente que no es que estemos en una época de cambios, sino que nos encontramos en un cambio de época. Este cambio de época requiere decididamente abandonar aquello del “siempre se ha hecho así”.

Quienes han seguido con regularidad su magisterio en estos meses, han podido percibir como una doble vía de la renovación eclesial. Si se me permite la comparación, podríamos decir que son como los dos raíles de las vías del tren, que caminan siempre juntos, pero sin confundirse. La primera vía es lo que podríamos llamar la nueva actitud pastoral para el anuncio del evangelio. La Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium” es, hasta ahora, el programa más aquilatado de lo que debe ser la actividad pastoral de la Iglesia en general y de cada uno de sus miembros en particular. Partiendo de que el Evangelio de Jesucristo es, como su nombre indica, una “buena noticia” para toda la humanidad, él dedica todo el capítulo primero del documento a la transformación misionera de la Iglesia. «Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades». Ante los graves desafíos del mundo actual, hemos de vencer la acedia egoísta de quienes tratan de escapar de cualquier compromiso que les pueda quitar su tiempo libre, del pesimismo estéril de quien parte ya con una conciencia de derrota, de la mundanidad espiritual de quienes sólo buscan el bienestar personal, o del clericalismo de los laicos que impide la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. En definitiva, la falta de compromiso pastoral y sociocaritativo. La Iglesia debe hacer una decidida opción preferencial por los pobres, entendida en el sentido amplio de la palabra como periferias del mundo: «los sin techo, los tóxicodependientes, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos, cada vez más solos y marginados, las mujeres maltratadas y los niños por nacer, que son los más indefensos de todos» (EG 213)

Para esto, es preciso que todo el Pueblo de Dios sea anunciador del Evangelio. Como dice el Papa, se necesitan evangelizadores abiertos al Espíritu. Pero, «no puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita de que Jesús es el Señor, y sin que exista un primado de la proclamación de Jesucristo en cualquier actividad de evangelización» (EG 110). Con ello entramos en la segunda parte de esa renovación de las actitudes que pedía el Papa en su entrevista a la revista Razón y Fe: la renovación de la vida espiritual de los fieles cristianos y, hoy, en nuestro caso, de nosotros, los sacerdotes.

Casi al final de la Exhortación, en el capítulo quinto, tenderá un puente entre los dos raíles de su proyecto de renovación eclesial al afirmar, a modo de resumen de todo lo que ha dicho anteriormente: «Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón /…/ La Iglesia necesita imperiosamente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía» (EG 262). Y es que una espiritualidad sin compromiso se convierte en angelismo desencarnado, pero un compromiso social o misionero sin vida espiritual es una actitud sesgada ante el evangelio y, por lo tanto, está destinado a la esterilidad en la Iglesia.

En la homilía del pasado 26 de Marzo, en la Plaza de San Pedro, hablando del sacramento del Orden, el Papa repitió casi machaconamente: «El apóstol Pablo recomienda al discípulo Timoteo que no descuide, es más, que reavive siempre el don que está en él. El don que le fue dado por la imposición de las manos (cf. 1 Tm 4, 14; 2 Tm 1, 6). Cuando no se alimenta el ministerio, el ministerio del obispo, el ministerio del sacerdote, con la oración, con la escucha de la Palabra de Dios y con la celebración cotidiana de la Eucaristía, y también con una frecuentación al Sacramento de la Penitencia, se termina inevitablemente por perder de vista el sentido auténtico del propio servicio y la alegría que deriva de una profunda comunión con Jesús.

El obispo que no reza, -siguió diciendo el Papa- el obispo que no escucha la Palabra de Dios, que no celebra todos los días, que no se confiesa regularmente, y el sacerdote mismo que no hace estas cosas, a la larga pierde la unión con Jesús y se convierte en una mediocridad que no hace bien a la Iglesia. Por ello debemos ayudar a los obispos y a los sacerdotes a rezar, a escuchar la Palabra de Dios, que es el alimento cotidiano, a celebrar cada día la Eucaristía y a confesarse habitualmente. Esto es muy importante porque concierne precisamente a la santificación de los obispos y los sacerdotes».

Oración, Palabra de Dios, Eucaristía y Penitencia sacramental. Ahí está el segundo pilar, la segunda vía de la auténtica renovación en la Iglesia, que el Papa afirma que es inseparable de la anterior: la vida espiritual de los fieles, especialmente en nuestro caso, de los sacerdotes. Cuando alguna de estas cosas falla, finalizaba diciendo el Papa en su catequesis, «se termina inevitablemente por perder de vista el sentido auténtico del propio servicio y la alegría que deriva de una profunda comunión con Jesús».

El año próximo, con la celebración del Jubileo del quinto nacimiento de Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia y maestra de espiritualidad, nos puede proporcionar al presbiterio palentino la ocasión de reflexionar e intensificar la dimensión espiritual de nuestro ministerio sacerdotal. Igualmente, el estudio de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium como formación permanente, nos puede preparar para la renovación pastoral que el Espíritu Santo, a través del ministerio del Papa Francisco, está intentando llevar a cabo en su Iglesia. Ambas tareas os las propongo como prioridades para nuestra renovación ministerial en el curso próximo 2014-2015.

Que la Virgen María, Reina de los Apóstoles nos lo consiga de su Hijo Jesucristo, nuestro Maestro y nuestro Señor. Así sea.



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