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Homilía de la misa Crismal de monseñor Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia

Homilía en la Misa Crismal

Catedral de Plasencia, 16 de abril de 2014

Pasión por Cristo y pasión por el pueblo

La Iglesia universal está ofreciendo en estos días, en todas las diócesis del mundo, la imagen de un pueblo sacerdotal. Reunido en torno al Obispo, cumple con el deber de celebrar unos ritos santos, en los que se bendicen y consagran los aceites con los que se van a ungir a los que se incorporan a Cristo en el itinerario sacramental de su vida cristiana. La acción misteriosa de Dios es evocada en la Palabra que hemos escuchado y acogido. Dos son los dones que nos ha anunciado: que con la acción sacramental en la que se utiliza el óleo y el crisma nuestra vida se sitúa en Cristo, “Aquel que nos ama y nos ha librado de nuestros pecados por su sangre”. Y, como consecuencia, también la Palabra nos dice que esa vida en Cristo “nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios su Padre”.

Todo sucede por la acción del Espíritu del Señor, que unge y envía. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a anunciar el Evangelio…”. Es por eso que, cuando decimos que la acción evangelizadora de la Iglesia la hemos de hacer entre todos, cuando recordamos la misión de cada uno en el Pueblo de Dios, estamos indicando que esta responsabilidad tiene su raíz en los sacramentos que hemos recibido, sobre todo en los primeros, en los de la iniciación cristiana, en los que se realizó nuestra participación en Cristo. Después vienen otros momentos de gracia, algunos de ellos marcados también por unciones, pero todo empieza por el crisma y el óleo de los catecúmenos.

Estas acciones santas pasan por nuestras manos sacerdotales. Quizás sea esta la razón por la que la Iglesia quiere que el sacerdocio ministerial, que está al servicio del pueblo de Dios, tenga un protagonismo espiritual y eclesial en esta misa, llamada crismal. De una forma ritual, los que tenemos un vínculo ontológico específico, que nos une con el sacerdocio de Cristo, Buen Pastor” (PDV, 11), renovamos la marca indeleble que llevamos en el cuerpo y en el alma para toda la vida desde nuestra ordenación sacerdotal. Haremos muy bien en unirnos al comentario de Jesús, dirigido a los que tenían los ojos fijos en él en la sinagoga de Nazart: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Cada una de nuestras respuestas al interrogatorio ritual es una ratificación de la acción del Espíritu en nosotros, que nos ha hecho participar del sacerdocio de Cristo.

En estos días está sonando en todo el mundo el compromiso sacerdotal. Nos fortalece el pensar en tantos hermanos nuestros que, quizás en circunstancias muy difíciles e incluso dramáticas, y quien sabe si clandestinas, van a responder a cada una de las tres preguntas de las promesas sacerdotales: Sí quiero, sí quiero, sí quiero. También a algunos de vosotros la fuerza y la alegría de esa renovación es posible que os llegue cuando en vuestra vida hay síntomas de agotamiento humano, espiritual o pastoral. Venimos de la brega a veces difícil y oscura, en la que se puede nublar el encanto del amor primero, ese que necesitamos para vivir en el tono que necesita el ministerio sacerdotal: el de una caridad pastoral que sea un reflejo limpio del amor de Cristo, del amor de Dios.

En efecto, a veces la ilusión y la pasión que se necesita podría parecer que nos ha abandonado. Cuando eso sucede, a pesar de todo, y aunque nos flaqueen las fuerzas, el sentido de responsabilidad ante Dios y ante la Iglesia nos hace mirar cada día hacia adelante y esperar los tiempos mejores, que siempre llegan. Lo hacemos porque llevamos gravada en el alma la conciencia de que ni por parte de quien nos ha elegido, llamado y consagrado, ni por parte nuestra, el sacerdocio tiene vuelta a atrás. La fidelidad en el amor mutuo entre Jesús y nosotros es el más hermoso de los dones que hemos recibido.

En cada situación de nuestra vida sacerdotal hemos de seguir en la búsqueda del amor, también cuando la fidelidad tenga tiempos de sombra y de desierto. ¿Qué hacer, querido hermanos, cuando sobrevenga la noche? Pues lo mismo que cuando todo va bien, cuando encontramos sentido a lo que hacemos, cuando la alegría nos sostiene: estar cerca de Jesús y estar cerca de la gente. Cuando a nuestro corazón le toque el silencio o la niebla cerrada, que nos impida ver el horizonte, Jesús está a nuestro lado siempre igual, siempre con el mismo amor, siempre con la misma confianza en nosotros, en nuestro sacerdocio. Jesucristo mantiene viva en su corazón la esperanza en cada uno de sus sacerdotes. No perdamos de vista esta convicción cuando se oscurezca la luz y el tono de nuestra oración sea distinto. Entonces estar junto a Jesús, buscando a tientas, se hace más necesario si cabe que cuando experimentamos el gozo y la fuerza de su presencia.

Además, la cercanía a Jesús en la oración siempre será imprescindible para nuestra cercanía a la gente, que, por cierto, también están a la espera de lo mejor de cada uno de nosotros. Lo están con sus nombres y apellidos, con sus vidas, sus problemas, sus gozos y sus heridas. Y están todos sin excepciones, aunque nos urja más estar con los más heridos, cuya gravedad tenemos que saber medir cada día. Si la cercanía a Cristo es personal, no lo es menos la cercanía a nuestros feligreses. Como nos dijo a los obispos el Papa Francisco para los sacerdotes: el celo apostólico, el espíritu misionero pasa por esta doble cercanía; las dos unidas, las dos fecundándose. La pasión por Cristo y la pasión por el pueblo han de llenar nuestro corazón sacerdotal. Esta doble pasión es la base de todas nuestras acciones, estrategias, objetivos, opciones. Para ser como Jesús, “evangelizadores con Espíritu”, necesitamos que el amor a Cristo y a nuestros hermanos unifique nuestra vida.

Queridos hermanos del presbiterio diocesano, con nuestra vida unificada en el amor a Cristo y a nuestros hermanos doy por seguro que entraremos con naturalidad en el camino de discípulos misioneros que está recorriendo nuestra Diócesis de Plasencia. Porque os conozco, sé que todos, sin ninguna excepción, aunque os resulte complejo y difícil, vais a poner todo de vuestra parte para entrar en la dinámica misionera que nos está pidiendo el Espíritu. Los sacerdotes no somos los únicos que hemos de hacer la misión, pero somos imprescindibles: estamos al servicio del pueblo de Dios. Para convencernos de que no podemos fallar, os animo con esta certeza: fiémonos siempre de lo mucho que el Señor siembra en los corazones de quienes están encomendados a nuestro servicio. Si lo hacéis, podréis comprobar el sentido misionero que lleva en el alma nuestra gente, por muy sencillos que sean. Por mi parte, os confieso que me he fiado de vosotros y he visto que el Señor ha puesto en nuestro presbiterio diocesano un maravilloso olfato misionero. Hagamos efectivo lo que llevamos en el corazón y entremos con ilusión en la misión diocesana evangelizadora.

Pidamos a María Santísima, Madre sacerdotal, que nos muestre el camino, ese que ella provoca cada vez que nos sitúa ante su Hijo y nos dice: “haced lo que él os diga”. Y Jesucristo, su Hijo, siempre nos dice: “Id, salid, anunciad el Evangelio”.

+ Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia    



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