Diócesis Iglesia en España

Homilía de Javier Salinas en la misa de su toma de posesión de la diócesis de Mallorca

Javier Salinas obispo Mallorca

Catedral de Palma de Mallorca, sábado 12 de enero de 2013, 11:30 horas

Es la primera vez que presido la celebración de la Eucaristía en esta bella Santa Iglesia Catedral, casa común de la Diócesis de Mallorca en la que he sido enviado como pastor propio. Agradezco vuestra acogida, personificada en el muy ilustre Decano de la Seo, mosén Joan Bauzà, y el Capítulo Catedralicio.

Somos la Iglesia, que se manifiesta en esta asamblea reunida en el nombre del Señor y formada por una representación nutrida de la comunidad diocesana, así como de quienes vienen de Tortosa, Lérida, Ibiza y Valencia. Aún resuena en nosotros la celebración de Navidad, fiesta de gozo y salvación. La ornamentación de esta Iglesia Catedral nos la recuerda. Dios se ha hecho hombre, se hace Niño. Es el Emmanuel, Dios-con-nosotros. Este admirable intercambio es el secreto de la Navidad: Dios se hace hombre para que nosotros participemos de su vida misma. Pero sólo si atravesamos la puerta de la fe, descubriremos el alcance de Navidad. Dios ha nacido en el corazón de nuestro mundo, y aunque se muestre en la humildad de un establo, de una familia pobre, Él es el que lleva la Vida a los hombres. Y llega a nosotros hoy en la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que “según un dicho de los Padres es el lugar donde florece el Espíritu” (CEC 749).

Hermanos, habéis sido testigos de los gestos y las palabras con los que se ha iniciada la celebración, a través de los cuales he acogido el mandato del Santo Padre, como se ha leído en las Letras apostólicas, Siguiendo la indicación del Sr. Nuncio. Es el Santo Padre quien me envía en el nombre del Señor para ser Obispo de esta entrañable Diócesis de Mallorca, enriquecida por tantos testimonios de santidad. Señor Nuncio, ruega transmitir al Santo Padre mi devota adhesiones y total Disponibilidad, y mi agradecimiento por la confianza que ha depositado en mí persona. Al tomar Posesión de la Diócesis he quedada incorporación a la larga lista de Obispos que, como eslabones de una cadena, primera esta Iglesia particular a los Apóstoles, columnas de la Iglesia, Mostrando así supe naturaleza apostólica. 65 Pastores me precedieron en esta Sede mallorquina. Fue sucesor de los Apóstoles consisten en ser tomada uno al Servicio de Jesucristo para ser testimonio de los Bienes salvadoras que Él nos ha traido. En realidad, “la Misión confiada miedo Jesús en los Apóstoles deberia durar ta el fin del mundo (cf. Mt 28,20), ya que el Evangelio que se las encargo transmitir es la vida para la Iglesia de Todos los tiempos. Precísamente por eso los Apóstoles se preocuparon de instituir Sucesores, de modo que como dice San Ireneo, “se manifestara y conservara la tradición apostólica a través de los Siglos” (Pastores Gregis 6).

He sido enviado a esta Iglesia particular de gran tradición misionera, tanto por su vida interna como por la colaboración con Iglesias jóvenes en diversos pueblos y culturas, muy en particular con las Diócesis de Lurín (Perú) y Gitega (Burundi). Una Diócesis de fuertes raíces cristianas, marcada por grandes cambios sociales y culturales; que presenta retos y desafíos múltiples ante los que urge “reavivar el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés” (NMI 40). Se trata de revivir el don de la fe, que ha dado frutos espléndidos en formas de vida consagrada nacidas aquí, en esfuerzos misioneros y pastorales para vivir y transmitir la fe, en las comunidades parroquiales, en las familias, en los movimientos y asociaciones , en la misión ad gentes. Signos de vida de la Iglesia particular que habita esta tierra amable, lugar de encuentro, comunicación y fraternidad entre los cristianos de distintas tendencias, orígenes y grupos sociales. Es la Iglesia Santa y siempre necesitada de purificación, ya que abarca en su seno a los pecadores y busca sin descanso la conversión y la renovación. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II: “La Iglesia ‘avanza, bueno y peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios’, predicando la Cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11,26). Con la fuerza del Señor resucitado toma vigor para poder triunfar, con paciencia y amor, de sus propias penas y dificultades, las internas al igual que las externas, y poder descubrir fielmente ante el mundo el misterio de Cristo “(LG 8). A pesar de las dificultades, “la luz de Cristo resplandece en el rostro de la Iglesia. Según una imagen preferida por los Padres de la Iglesia, es como la luna, que recibe del sol toda su luz “(cf. CEC 748). La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo, y es misión suya que resplendesqui en todo su ser y vivir, para mostrar así a los hombres la vida nueva que Él nos trae, la luz que nos guía hacia la verdadera felicidad. Si nos dejamos iluminar por Cristo, descubriremos la fuente de toda alegría y esperanza, podremos dar testimonio de la novedad de Dios para nuestro mundo, tendremos energía incluso para vivir una fe dispuesta al sacrificio ante las dificultades que viven tantas personas.

Y ahora quiero saludaros a todos:

A mis venerables hermanos en el Episcopado, Cardenales, Arzobispos y Obispos, miembros del Colegio Episcopal que preside el Papa. Los Arzobispos Metropolitanos de Tarragona, de la Provincia Eclesiástica de la que vengo, y de Valencia, a la que me incorporo. Gracias por su compañía y oración. Un Obispo no está nunca solo. Rezad para que promueva la comunión eclesial, de forma particular con el Jefe del Colegio episcopal, el Papa, y con todos vosotros.

Los sacerdotes diocesanos y religiosos, mis colaboradores necesarios. Rezad al Señor que el fuego de su amor habite vuestro corazón y que seáis testigos de la alegría del Evangelio. Salud muy Coralmar el ilustrísimo monseñor Lluc Riera, hasta hoy Administrador Diocesano de Mallorca, así como el Colegio de Consultores y otros colaboradores de la Curia diocesana, por su trabajo bien hecho y generoso.

Los diáconos permanentes, aunque novedad para la Iglesia de nuestro tiempo. Sed signo de Cristo, que se hizo diácono, servidor de todos.

Los ciento veinte y seis misioneros y misioneras mallorquines que, esparcidos por todo el mundo, haga presente el compromiso misionero de esta Iglesia. Os salud con todo cariño.

Los seminaristas. El Señor os llama a su servicio, no tengáis miedo de responder con generosidad.

A vosotros, catequistas y colaboradores en la acción caritativa y social. Dais gracias al Señor porque quiere que seáis colaboradores en el ministerio pastoral.

A los miembros de institutos de vida consagrada, testigos de la fuerza renovadora del Evangelio a través de las múltiples y diversas obras de apostolado. Sed testigos de la proximidad del Señor mediante la profesión de los consejos evangélicos; sed signos de la vida eterna.

Los contemplativos, que con vuestra oración permanente sois testigos de la esperanza que sólo Dios puede realizar.

Los fieles laicos, que tiene la gran tarea de ser testigos del arte de vivir que Cristo nos enseña, en el corazón mismo de las realidades humanas, especialmente en la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, ámbito donde la persona humana puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral. Comunidad de generaciones y garante de un patrimonio de valores y experiencias colectivas.

A quienes, renacidos a la vida nueva por el Bautismo en distintas iglesias y confesiones cristianas, intentáis día tras día seguir a Cristo en el camino hacia la plena comunión eclesial.

Los hombres y mujeres de buena voluntad, cuya fe justo Dios conoce, con quien estamos comprometidos en la búsqueda de formas de vida que construyan una sociedad más justa.

A las autoridades aquí presentes, especialmente las que tienen responsabilidades de gobierno en Mallorca. La comunidad cristiana rogará siempre por vosotros y ofrecerá su colaboración desde la libertad y la verdad para el bien común de nuestro pueblo. En esta línea, reconocer y ayudar a la familia es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy. En realidad, la familia es la esperanza de la sociedad.

A mi querida familia. Sois mis raíces y el ámbito de vida al que siempre regreso con confianza.

Finalmente, saludo a quienes por la radio o la televisión sigan esta celebración, especialmente los enfermos y los ancianos.

Hoy el Señor nos habla. Los textos que hemos proclamado iluminan el inicio de mi ministerio episcopal entre vosotros. San Pablo, en la Carta a los Efesios, nos señala que es Cristo quien “ha hecho a unos el don de ser apóstoles, a otros el de ser profetas, a otros, el de ser evangelistas, pastores o maestros, y así ha preparado los quienes forman su pueblo santo para una obra de servicio, para edificar el Cuerpo de Cristo “(Ef 4,11-12). Es el criterio fundamental de nuestra misión: hacer de la Iglesia, como recordaba el Beato Juan Pablo II, “la casa y la escuela de la comunión”, la fuente y el fundamento de la cual es Dios, que es misterio de Amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. A su luz podemos reconocer la dignidad sagrada que se refleja en todo rostro humano. Edificar el Cuerpo de Cristo lleva a desarrollar la capacidad de ver lo que hay de positivo en el otro, para valorarlo como regalo de Dios (cf. NMI 43).

En esta dinámica de comunión eclesial se sitúa una dimensión propia de mi ministerio episcopal: ser pregonero del Evangelio, magister fidei et doctor veritatis. De ahí que todas mis actividades deberán estar ordenadas a esta misión primordial. Ayúdele me todos a cumplirla. Nuestro mundo tiene necesidad de que le hablen de Dios, y también que presenten el mundo a Dios en la oración. Se trata de una misión que no debe estar sujeta a las efímeras modas culturales, sino que debe estar impulsada por aquella libertad que sólo la certeza de pertenecer a Dios puede dar. Una misión que me corresponde realizar como un deber principal, con respeto y temor, pero con gran constancia y libertad de espíritu. Que lo son de iluminadoras las palabras de la profecía de Isaías, que hemos escuchado!: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido, me ha enviado para dar la buena nueva […], a proclamar el año de gracia del Señor “(Is 61,1-2a .10-11). Una misión que tiene su fundamento en el Espíritu del Señor, que propone curar los corazones deshechos, anunciar a los cautivos la libertad… Una misión que Cristo llevó a plenitud. Anunciar la buena nueva es anunciar a Cristo y todo lo que con Él nos viene de novedad para nuestra vida, ponerse en camino para llevar la buena nueva a los pobres.

En el corazón de la misión episcopal está el amor de Cristo. ¿Quién será capaz de ponerse al frente de los demás para anunciarles una novedad tan grande como la que Él nos lleva? Quien podrá proclamar a todas las gentes, no de manera retórica sino de forma real, la novedad que San Juan de Ávila proclamó, y que viene a resumir lo esencial del Evangelio, cuando decía: “Sepan Todos que Nuestro Dios se amor”? El Evangelio que hemos proclamado es la fuente permanente a que tengo que volver una y otra vez para orientarme en el camino y experimentar la alegría de haber encontrado el gran tesoro que permite el don de mí mismo. Anunciar el Evangelio no es proferir un bello discurso, sino, dejándose guiar e iluminar por la fuerza del Espíritu, acercarse a todos y reconocer, especialmente en las personas que sufren, la presencia de Cristo, y comunicarlos con hechos y palabras: “Dios te ama. Cristo ha venido por ti; para ti Cristo es el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6) “(CHL 34). El signo concreto de todo esto es Cristo mismo, en quien nos ha revelado un amor hasta el extremo, porque “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13) . Pero, como será posible vivir eso si no fijamos nuestros ojos sólo en Cristo? Su palabra es decisiva: “No sois vosotros los que me habéis elegido. Soy yo quien os he elegido para confiar sesión la misión de ir por todas partes y dar fruto, un fruto que durará para siempre “(Jn 15,16).

Estimados todos en el Señor, queridos diocesanos: ayúdele a llevar adelante esta misión que me ha sido confiada. Lo he recibido como un don del Señor, que me sitúa a la cabeza de esta Iglesia diocesana para hacerla crecer como comunidad en el Espíritu por medio del Evangelio y los Sacramentos. Estamos viviendo el Año de la Fe que el Santo Padre, de forma tan oportuna, ha convocado para retomemos de nuevo el camino de una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. En este contexto se sitúan estas palabras de Benedicto XVI que quiero que guíen mi ministerio episcopal: “El mundo de hoy necesita personas que anuncien y testimonien que es Cristo quien nos enseña el arte de vivir, el camino de la verdadera felicidad, porque Él mismo es el camino de la vida; personas que tengan ante todo ellas mismas la mirada fija en Jesús, el Hijo de Dios: la palabra del anuncio siempre debe estar inmersa en una relación intensa con Él, en una profunda vida de oración. El mundo de hoy necesita personas que hablen a Dios para poder hablar de Dios “(Benedicto XVI. Discurso 15-10-2011).

Confío mi ser y mi ministerio a la intercesión de María, que a partir de hoy invocaré con otro título entrañable: Virgen de Lluc. En la familia aprendí a confiar en Ella. Y en cada una de las comunidades cristianas que he servido ha crecido mi devoción a María. Llevo en el corazón a la Virgen de la Cinta, la Virgen Blanca, la Virgen de las Nieves, la Virgen de los Desamparados. En este día hermoso pido a la Virgen que nos una como familia, que “muestre que es nuestra Madre”.

 

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