Diócesis Iglesia en España

Homilía de Gómez Cantero, administrador diocesano en la fiesta de Ntra. Sra. de la Calle, patrona de Palencia

Homilía de Gómez Cantero, administrador diocesano en la fiesta de Ntra. Sra. de la Calle, patrona de Palencia

Querida comunidad, autoridades palentinas, cofradías, religiosas y religiosos, sacerdotes y devotos de la virgen de la Calle.

 Hoy estamos celebrando tres fiestas en una misma Eucaristía. Y todas alrededor de un una entrega, de una consagración.

 La primera y más importante es la Presentación del Señor en el Templo, que tiene su origen en la Ley de Moisés, esa ley que Cristo dio cumplimiento y plenitud.

La segunda. Aunque el centro de esta fiesta no es María, sino Jesús, porque el pueblo cristiano es tenaz, en nuestra Diócesis, se eligió este día para celebrar también a nuestra patrona: la Virgen de la Calle. María entra a formar parte de la fiesta porque lleva en sus brazos a Jesús. Los creyentes, siempre hemos visto a María, la Madre del Señor, como un modelo y una guía a imitar en el camino de seguimiento de su Hijo.

Y la tercera, la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, justamente hoy se clausura el año dedicado a ella. Los que han consagrado su vida a Dios, bajo los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, son tan necesarios como aliento y fortaleza de nuestras comunidades por su servicio y su entrega, siendo el rostro de Cristo en el mundo, el reflejo de la unidad de la Iglesia y la respuesta de entrega a los más desfavorecidos, este fue el origen de todas las congregaciones y esta es su única meta.

Pues bien, como veis, las tres fiestas están marcadas por el signo de la Misericordia. Las personas que aparecen en el Evangelio de hoy en el templo, son iconos de nuestra vida de creyentes: José y María, dos jóvenes tocados por la mano de Dios -cuánta incomprensión y sufrimiento acarrea ser testigos del Señor y más cuando se es joven-; llevan a su hijo al templo para reconocer la primacía de Dios sobre todas las cosas. (En realidad eso es lo que hacemos cuando llevamos a bautizar a nuestros hijos, o a recibir la primera comunión, o nos casamos ante el altar de Dios, -fotos a parte- o celebran nuestras exequias) En el fondo, como ellos, desde el justo Abel, manifestamos y reconocemos que todo y todos venimos de Dios y hacia Dios volvemos… que todos somos gracia de Dios. Y si no, nos estamos mintiendo en nuestras celebraciones y lo peor de todo en nuestra vida. José y María reconocen también que todos somos de Dios y Jesús es fruto de Dios, y llevan como ofrenda para el sacrificio dos tórtolas. Sacrificio significa hacer sagrado. Nosotros cuando nos sacrificamos nos desprendemos más de este ser apegado a la tierra para que desde una elevación espiritual seamos como Dios, que decía san Pablo.

Y ahí están los ancianos, Simeón y Ana. Los que esperan y anhelan la Misericordia de Dios para su pueblo. Pero para eso se mantenían en una espera activa con las lámparas de la fe encendidas, contra viento y marea. La procesión de las candelas, que data de mediados del siglo IV, en Jerusalén, nos ha recordado sobre todo eso: que Cristo es la Luz, -es como antesala de la Pascua- ¡Luz de Cristo!, resurrección de una nueva vida, de un tiempo nuevo, fundamento de nuestra fe que llevamos encendida y protegida en nuestras manos. Jóvenes cargados de esperanza y ancianos esperando el cumplimiento y la misericordia de Dios que ha venido de lo alto, en la figura de un niño indefenso de cuarenta días. ¡Qué grande es Dios! Y qué difícil de comprender.

Pero después de esta larga introducción teológica y litúrgica ¿Qué puede tocar hoy nuestro corazón en esta tierra y en este pueblo?

Es hermoso, por natural y encarnado, la advocación, el nombre, de nuestra patrona: “de la Calle”. Desde la polis griega, la ciudad ha sido el lugar de la civilización. La ciudad para que sea ciudad tiene que tener tres ámbitos: el hogar, la calle (que desemboca en la plaza) y también la escuela.

El hogar es anterior a la ciudad y es lo único que permanece después de la destrucción de la misma. El hogar pertenece sólo a la familia, lugar de la privacidad y espacio de la gratuidad (se valora a cada uno por ser miembro de la familia, no por las funciones que desempeña) También es el espacio del trabajo sin ningún tipo de competitividad (al hijo enfermo se le atiende aunque no produzca). Todo es para todos por igual. Los hogares se abren a la calle y estas desembocan en la plaza.

En cambio, la calle es el lugar medido, trazado, construido por nosotros, y es donde reside la vida pública. Es el espacio del encuentro con los otros. La calle es el espacio de la correspondencia (acotado, con leyes y normas de convivencia, porque todos debemos ser iguales ante la ley y todos debemos respetarnos en nuestra singularidad). La tendencia del cristiano es intentar reflejar el hogar en la calle, para que también sea espacio de familias, camino de hermanos, lugares de encuentro y no de paso, ni de huida.

Pero gracias a Dios (¿por qué no?) vivimos en una sociedad plural. Y si nos empeñamos, posiblemente una sociedad en derrumbe, porque la pluralidad debe ser escuchada para poder construir, edificar, unir. Y escuchar, hermanos, es acoger, abrazar en el corazón. Es la primera actitud de María: escuchaba la palabra del Señor y los acontecimientos y los guardaba en su corazón. Y es que la escucha tiene esa profundidad de la que carece el simple: “te estoy oyendo”. Además, sin la escucha que acoge tampoco existe tolerancia. La tolerancia, que es un término de la arquitectura, significa el equilibrio necesario en la tensión de las fuerzas del edificio. Una buena parábola. (Y esto no va dirigido, aunque lo parezca, a los políticos, sino a todos, a la Iglesia y a cada uno de nosotros que formamos parte de ella). Pues si os dais cuenta el nerviosismo, la desconfianza, el desprecio, e incluso el rencor (no me atrevo a decir odio) está brotando ente todos nosotros como la mala hierba: en las redes sociales, en las familias, en los grupos de amigos, en los lugares de trabajo y, cómo no, en las tertulias, en los artículos de los medios de comunicación, en toda la sociedad. ¿Pensáis que es posible construir desde la desconfianza? ¿Pensáis que seremos capaces de hacer una sociedad nueva desde la creencia de que el otro actúa con perversidad o que está fuera de la realidad? ¿Y si creemos que el otro, con el que me encuentro irremediablemente, es malvado? ¿Qué hacer? ¿Cómo escuchar? … Sólo nos queda la misericordia.

Por eso hoy me atrevo a pedir a Nuestra Señora de la Calle, -¡qué hermoso nombre!- lo que desde hace más de mil doscientos años imploramos los cristianos en la Salve: “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”, tú que eres “de la calle”.

Las palabras que dirigió el Papa a los religiosos y religiosas al comienzo del Año de la Vida Consagrada, resuenan aún hoy, dirigidas a todos: no hagamos de nuestra vida cristiana “una caricatura en la que se da un seguimiento sin renuncia, una oración sin encuentro, una vida fraterna sin comunión, una obediencia sin confianza y una caridad sin trascendencia”.

Que el Señor envíe a nuestra diócesis un obispo que nos aliente y conforte en estas palabras programáticas, fundamento tanto de la conversión del corazón como de la conversión pastoral. Tenemos tarea para todo un año y una vida.

Madre de la Calle, vida, dulzura, esperanza nuestra, ruega por nosotros.

Antonio Gómez Cantero

Administrador Diocesano

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