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Homilía de Esteban Escudero, obispo de Palencia, en la festividad de San Juan de Ávila

 Homilía de esteban Escudero, obispo de Palencia, en la festividad de San Juan de Ávila

SAN JUAN DE AVILA, MAESTRO DE SANTIDAD [1]

1. LA SANTIDAD, CLAVE DE TODA REFORMA DE LA IGLESIA 

La reciente canonización de los Papas Juan XXIII y Juan Pablo II nos ha mostrado una vez más cómo la santidad de los pastores es imprescindible para todo intento de reforma de la Iglesia, como el que estamos viviendo con la llegada a la sede de Pedro del Papa Francisco. En la homilía del día de su canonización, dijo el Papa: «Juan XXIIIy Juan Pablo IIcolaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisionomía originaria, la fisionomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos. No olvidemos que son precisamente los santos quienes llevan adelante y hacen crecer la Iglesia». Como ya comentamos en la Misa Crismal, la preocupación del Papa por la vida espiritual de los pastores de la Iglesia, obispos y sacerdotes, es una constante en sus homilías y catequesis.

 

Tras la declaración de San Juan de Ávila como Doctor de la Iglesia universal, se nos presenta especialmente a nosotros, los sacerdotes, como un señalado maestro de vida espiritual. Él vivió en una época de relajación del ministerio de los obispos y de los presbíteros. Por eso, en uno de los Memoriales que dirigió al concilio de Trento, quiso advertir a los padres conciliares que, en orden a la reforma de la Iglesia, de nada serviría renovar estatutos y leyes eclesiásticas sin la reforma de la vida del clero: «Si quiere, pues, el Sacro Concilio -escribió- que se cumplan sus buenas leyes y las pasadas, tome trabajo, aunque sea grande, para hacer que los eclesiásticos sean tales que more en ellos la gracia de la virtud de Jesucristo».

 

2. NECESIDAD DE SANTIDAD EN LOS PASTORES DE LA IGLESIA.

 

Para San Juan de Ávila, la santidad de los pastores no es sólo conveniente, sino necesaria. Jesucristo asocia al sacerdote a su obra de salvación como un instrumento personal que está llamado a vivir en su vida aquello que representa. El ejercicio del ministerio sacerdotal, especialmente la celebración de los sacramentos, recibe ciertamente su eficacia salvífica por la acción de Jesucristo. Pero, igualmente hay que afirmar que la mayor o menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra, en la celebración de los sacramentos y en la dirección en la caridad de la comunidad que se le ha encomendado.

 

Para el bien espiritual de los fieles, no basta con que haya sacerdotes, sino que es necesario que le acompañe la santidad creciente de los ministros. En su Tratado del sacerdocio expone detalladamente las razones de la necesidad de la santidad. La principal razón tiene que ver con que Cristo es Cabeza de su Cuerpo místico, la Iglesia. El sacerdote representa a Cristo Cabeza en la predicación, en la caridad, en la donación de sí, pero especialmente en la celebración de la Misa. Nos dice San Juan de Ávila: «En el consagrar y en los vestidos sacerdotales representa al Señor en su Pasión y en su muerte, que le represente también en la mansedumbre con que padeció, en la obediencia, en la limpieza de la castidad, en la profundidad de la humildad, en el fuego de la caridad». Consiguientemente, si no hay suficiente caridad, humildad, castidad, obediencia, etc., no se celebra bien la misa, por mucho que se realicen los gestos y se pronuncien las palabras. Esta representación personal de Cristo, lógicamente, no puede limitarse al momento de la Misa, si la vida cotidiana del ministro no la precede ni la acompaña.

 

La oración del sacerdote también está llamada a ser prolongación y presencia sacramental de la oración sacerdotal de Jesucristo. La predicación de la Palabra divina igualmente requiere santidad, ya que no convierten las palabras sobre Cristo, sino las palabras de Cristo. Lo mismo, la dirección de la comunidad requiere un alto grado de santidad, pues sin ella, como dice San Juan de Ávila, el sacerdote «darme ha por consejo de Dios consejo suyo». Y respecto del sacramento de la confesión afirma: «ha de lavar los pecados con lágrimas; que esta agua es la que quita las mancillas del alma. El sacerdote que quita los pecados del pueblo ha de haber quitado y limpiado los suyos con esta agua».

 

3. EN QUÉ CONSISTE LA SANTIDAD DE LOS PASTORES

 

Lejos de caer en el moralismo, para San Juan de Ávila, la santidad no es realización humana, sino divina; no equivale a bondad, sino a divinidad: «Divino ha de ser -nos dice- quien trata con la divinidad». La santidad es participación de la vida divina y, por tanto, de las actitudes divinas. Por ello, no es ni puede ser logro de las fuerzas y acciones humanas, sino don de la gracia de Cristo por la acción del Espíritu Santo. Solamente lo que procede de Dios, lo que tiene al Espíritu Santo como autor, es lo que comunica «vida eterna», es decir, vida divina.

 

La Fe. El fundamento y la raíz de la santidad es la fe. Por lo tanto el sacerdote debe cuidarla continuamente; haciendo brotar de ella sus actitudes y sus acciones. De ahí la importancia que San Juan de Ávila da a la preparación interior del sacerdote de cara a las actividades ministeriales: dice que hay que subir al púlpito encendido en la fe y en la caridad; pide que se celebre la Misa habiendo considerado a la luz de la fe la grandeza de lo que se va a hacer, habiendo avivado la reverencia, la contrición, la gratitud, para que el sacerdote se acerque sobrecogido a la celebración de la Eucaristía, al perdón de los pecados, a la predicación de la Palabra divina, a la intercesión por los hombres, a fin de que no sean actividades rutinarias.

 

La esperanza. La fe en el amor de Cristo llena al hombre de esperanza; ésta no se apoya en las capacidades propias, sino en la gracia de Dios, en el sacrificio sacerdotal de Cristo. Es por el amor con el que Cristo nos ama  por el que podemos esperar los bienes que el Señor nos tiene prometido.

 

La caridad. El santo es hombre divinizado, movido plenamente por el Espíritu Santo, dócil a Cristo Cabeza que vive en él y le comunica sus mismas actitudes divinas. La principal actitud divina es la caridad, porque «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). En la caridad resume San Juan de Ávila la santidad auténtica, pues es la prueba de todo lo demás. En primer lugar, el amor a Dios: «¿Conoces a Dios, hermano? Di, ¿Ha topado Dios contigo? La señal principal que Dios está en uno es cuando menosprecia todo lo que hay en la tierra que no es Dios y sólo trata de amar y agradar a Dios, como bien único suyo». E, inseparablemente, el amor al prójimo: «Rezas mucho, pero no amas a Dios, no amas al prójimo, tienes el corazón seco, duro, no partido con misericordia; no lloras con los que lloran; y si esto te falta, bien puedes quebrarte la cabeza rezando y enflaquecerte ayunando; que no puso Dios en eso la santidad principalmente, sino en el amor».

 

Las virtudes morales. Además de las tres virtudes sobrenaturales, menciona San Juan de Ávila también algunas virtudes morales, necesarias para la santidad de los sacerdotes. Así dirá de la virtud de la humildad: sin ella «son caídos todos los edificios que parecían buenos, y adonde ella está tiene Dios puestos sus ojos». Pero la humildad incluye además la obediencia, «porque la humildad que no es obediente no es humildad. Y no se engañe nadie con color de virtudes, que si es porfiado en ellas, si las hace por su propia cabeza contra la obediencia de su superior, no tendrá parte en Cristo». A la humildad y la obediencia debe acompañar la austeridad de vida y la castidad. En efecto, el celibato y la castidad no son para San Juan de Ávila cuestiones meramente morales, sino expresión de la caridad pastoral y de la intimidad con Cristo. Todas estas virtudes morales son, en definitiva, participación en la misma vida de Cristo como Buen Pastor.

 

Terminamos. La llamada de San Juan de Ávila a la santidad sacerdotal brota de la tradición de los santos que él leyó y recomendó. Durante su vida fue maestro de muchos hombres y mujeres que alcanzaron la santidad. De ahí la importancia de conocer los escritos que nos ha legado. Su enseñanza para nosotros, los sacerdotes, se suma a la de muchos santos posteriores y a la del Magisterio de la Iglesia, particularmente del concilio Vaticano II (Capítulo V de la constitución Lumen Gentium y decreto Presbyterorum Ordinis) y de los últimos papas, especialmente Juan Pablo II (Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis), Benedicto XVI (Homilía en la Misa Crismal el pasado Año sacerdotal) y del mismo papa Francisco en múltiples ocasiones. Un buen compendio de esta constante enseñanza de la Iglesia es el Directorio para la vida y el ministerio de los presbíteros, publicado por la Santa Sede en Febrero del año 2013, que se distribuyó a todos los sacerdotes de nuestra diócesis hace unos meses. Haríamos bien de tener en cuenta este documento en los retiros espirituales para el año próximo.

 

[1]Resumen de la ponencia de Felix del Valle Carrasquilla, La santidad sacerdotal en San Juan de Ávila. Congreso sobre San Juan de Ávila. Córdoba, 2013.



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