Diócesis Iglesia en España

Homilía apertura del Año de la Fe en la diócesis de Bilbao

Queridos hermanos y hermanas.

1. Con esta celebración, en el día de Nuestra Patrona la Virgen de Begoña, queremos iniciar el año de la fe convocado por el Santo Padre para toda la Iglesia. Recordando a Pablo VI, el Papa afirma que con este acontecimiento queremos “adquirir exacta conciencia de la fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla”. Pretendemos impulsar una evangelización que sea nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión.

2. Este año de la fe se convoca con ocasión del quincuagésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II. Aquél acontecimiento de gracia supuso una profunda renovación para la vida de la Iglesia, que quiere ser en Cristo, en palabras del propio Concilio, “como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1). De aquí brota una primera propuesta para este curso y los venideros: releer personal y comunitariamente los textos conciliares con la madurez y la experiencia que han aportado estos cincuenta años de camino, con la seguridad de que descubriremos nuevas luces y un nuevo impulso para una perenne renovación y purificación de nuestra Iglesia y, así, suscitar un nuevo ardor y un nuevo impulso para la misión que se nos ha encomendado.

 

3.

El evangelio de hoy nos presenta a María como mujer plenamente creyente. Ella es modelo de fe. Así lo expresa su prima Santa Isabel: “Bienaventurada tú que has creído” (Lc 1, 45). María se fía y se abre al Misterio de Dios y pone en Él toda su confianza. También María nos enseña que, para creer, es necesaria la humildad y la sencillez. Como Ella misma proclama en el Magníficat, que es el canto de los pobres y los humildes: “Dios ha mirado la humildad de su esclava”. La humildad y la sencillez es la puerta de la fe y de la sabiduría. El Evangelio nos dice de que Jesús no pudo realizar signos entre los suyos porque les faltaba fe. (Cfr. Mt 13, 18). Por eso, también nosotros necesitamos pedir con humildad, como los apóstoles: Señor, auméntanos la fe (Cfr. Lc 17, 5-6), derríbanos de nuestros orgullos y autosuficiencia. Danos los ojos de los niños y el corazón de los sencillos para poder contemplarte presente entre nosotros.

 

4.

La fe es fruto del encuentro con Cristo. Por eso, el año de la fe está centrado en Jesucristo, en una vida de comunión con Él. La fe desarrolla todos los dinamismos de nuestra vida; es siempre operativa. Como hemos escuchado en el Evangelio, María se levantó y se puso en camino de prisa. Su fe está fundamentada en una intensa caridad que le mueve a servir a su prima Santa Isabel. También para nosotros la fe es servicio. Por ello, el año de la fe constituye, así mismo, una ocasión para testimoniar la caridad (Porta fidei, 14). Y esta sería una segunda propuesta para este año: intensificar el servicio a todos, de modo particular a los necesitados, a los que sufren por tantas causas, a los que no conocen a Dios, a quienes no encuentran sentido a la existencia.. Una vez más, el Concilio nos recuerda que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.” (GS, 1).

 

5.

“El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado… Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.” (GS, 22). El encuentro con Cristo produce una profunda renovación interior, una verdadera conversión, una nueva mentalidad, actitudes y capacidades. A nivel eclesial, exige una purificación y renovación de nuestra vida comunitaria. La Iglesia debe ser siempre acogedora, abrazo de Dios, como Jesús, que acogía a todos. Por eso, es preciso rehacer y fortalecer el tejido eclesial, para crear un lugar, un ethos, donde la persona humana pueda salir de su desierto interior y penetrar y ser acogido en el misterio vivificante de la comunión con Dios y con los hermanos. La evangelización constituye siempre un don precioso y una hermosa tarea sostenida por el Espíritu Santo.La Iglesia evangeliza cuando hace renacer a cada persona y genera una comunidad viva, una compañía, una “tierra de vivientes”. Como afirmaba San Agustín, “Quien quiera vivir, tiene en donde vivir, tiene de donde vivir. Que se acerque, que crea, que se deje incorporar para ser vivificado. No rehúya la compañía de los miembros”

 

6.

Para vivir, confesar y transmitir la fe, la Iglesia se ha servido de instrumentos pedagógicos que no han perdido su validez y utilidad. La expresión de las fórmulas de la fe, lo que habitualmente conocemos como Credo, constituye una expresión en la liturgia de los fundamentos de la fe. El mismo Papa Pablo VI, con ocasión de la clausura del año de la fe del año 67, formuló bellamente el Credo del Pueblo de Dios. Nosotros, en la Eucaristía dominical, profesamos el Credo apostólico o el niceno-constantinopolitano. De ahí que, como tercera propuesta, os animo a proclamar en las asambleas litúrgicas esta síntesis de la fe que es el Credo y a profundizar en su contenido en vuestras reuniones de formación, en vuestras familias y comunidades. Así mismo, como cuarta propuesta, os invito a acoger y utilizar el Catecismo de la Iglesia Católica, así como los documentos que se desprenden de Él, como instrumento catequético y pedagógico válido y actual para los procesos de transmisión y la profundización de la fe.

 

 

7.

El año de la fe interpela nuestra vivencia de fe y el modo en que acogemos, salimos y proponemos, en palabras de los objetivos del cuarto plan de Evangelización para este año. Adelanto, como última propuesta, una “lluvia de preguntas” y otras más que seguramente vosotros os hacéis, que debemos ir respondiendo juntos en humildad y verdad: ¿cómo es la persona contemporánea y la sociedad en la que debemos dar testimonio del Evangelio? ¿Es nuestra pastoral a nivel personal, comunitario o diocesano, realmente evangelizadora o sólo “de mantenimiento”? ¿Cómo evangelizaba Jesús? ¿Qué ámbitos urge evangelizar? ¿Qué perfil deben tener los agentes evangelizadores y sus comunidades? ¿Cómo realizar el primer anuncio en ambientes descristianizados? ¿Cómo reiniciar en la fe a quienes la han ido abandonando? ¿Cuál es la calidad evangelizadora de nuestras instituciones? ¿Cuál es la espiritualidad propia de la nueva evangelización? Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a dar respuesta a estos interrogantes para ser los evangelizadores que el mundo de hoy necesita.

 

8.

Que este año de la fe nos ayude a renovar el seguimiento de Cristo y a ser sus testigos humildes y audaces. Que María, modelo de fe, maestra en la entrega y el servicio, Madre nuestra, nos ayude a acoger, como Ella, la Palabra de Dios en nuestra vida para que de fruto al servicio de Dios, del Evangelio y de los hermanos. AMEN.

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