Hiroshima y Nagasaki: el fruto de la guerra
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Hiroshima y Nagasaki: el fruto de la guerra

Hiroshima y Nagasaki: el fruto de la guerra

Hace 73 años, las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, en Japón, fueron, una tras otra, destruidas por dos bombas atómicas. Revivimos este trágico aniversario con las palabras y gestos de los Papas

 

“Hiroshima y Nagasaki se destacan como las primeras víctimas de la guerra nuclear. Los nombres de muchos – demasiados – lugares son recordados sobre todo porque han sido testigos del horror y el sufrimiento producido por la guerra”. Con estas palabras Juan Pablo II, durante su visita en 1981 al “Memorial de la Paz” de Hiroshima, recordó los terribles acontecimientos de las dos ciudades japonesas que el 6 y el 9 de agosto de 1945 fueron destruidas por las primeras bombas atómicas de la historia. Las explosiones, que de hecho habrían puesto fin trágicamente a la Segunda Guerra Mundial, mataron a un número aún no especificado de personas, sin duda cientos de miles.

La memoria, un compromiso con el futuro y por la paz

Y la memoria es un “bien” porque, como explicó el Papa en Hiroshima, significa “comprometernos con el futuro”, “por la paz” y “renovar nuestra fe en el hombre, en su capacidad de hacer el bien, en su libertad de elegir el bien”. Una memoria que debe pertenecer a todos, pero sobre todo a “los que aman la vida en la tierra” y que “deben instar a los gobiernos a actuar en armonía con las exigencias de la paz”. La paz debe ser siempre el fin, la paz debe ser perseguida y defendida en todas las circunstancias”.

Un peligro siempre actual

Recordar también sirve para evitar que la guerra siga causando daños porque, decía San Juan Pablo II en 1981, la presencia de armas atómicas y su continua producción indican “que existe el deseo de estar preparados para la guerra y de estar preparados para poder iniciarla; también significa que existe el riesgo de que en cualquier momento, en cualquier lugar, de cualquier manera, alguien pueda poner en marcha el terrible mecanismo de la destrucción general”.

Tinieblas que interpelan a quienes se preguntan sobre la vida

Un miedo que el Papa Emérito llamó “oscuridad”. “Después de las dos guerras mundiales, Hiroshima y Nagasaki, nuestro tiempo se ha convertido cada vez más en Sábado Santo”, dijo Benedicto XVI, durante su visita pastoral a Turín, el 2 de mayo de 2010. Las “tinieblas de este día”, dijo entonces el Papa, “interpelan a todos los que se preguntan sobre la vida, de una manera particular a nosotros los creyentes. Nosotros también tenemos que lidiar con esta oscuridad.

Los llamamientos de Francisco

El Papa Francisco, como sus predecesores, ha mostrado repetidamente su preocupación por el uso de armas nucleares y ha hecho un fuerte llamamiento al “desarme integral”. “Hace setenta años -dijo el 9 de agosto de 2015- tuvo lugar el terrible bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki. Mucho tiempo después, este evento trágico sigue causando horror y repulsión. Se ha convertido en el símbolo del inmenso poder destructivo del hombre cuando hace un uso distorsionado de los avances de la ciencia y la tecnología, y constituye una advertencia perenne a la humanidad para que rechace la guerra para siempre y destierre las armas nucleares y todas las armas de destrucción masiva”.

Y nuevamente en el 2017, el 2 de diciembre, en el vuelo de regreso de Bangladesh, denunció con preocupación los riesgos actuales: “Hoy estamos en el límite de la legalidad de tener armas nucleares. ¿Por qué? Porque hoy, con un arsenal nuclear tan sofisticado, corremos el riesgo de destruir a la humanidad, o al menos, a una gran parte de la humanidad”.

Francisco y el niño de Nagasaki

Pero aún más fuerte que las palabras del Papa Francisco, vuelve a la memoria un gesto suyo. En el mes de enero de este año, en el vuelo hacia Chile, primera etapa de su vigésimo segundo Viaje Apostólico, el Papa habla a los periodistas expresando su temor de que un accidente pueda desencadenar una guerra nuclear y comparte una foto simbólica. Se trata de una foto instantánea, tomada por el estadounidense Joseph Roger O’Donnell, enviado después de las explosiones nucleares a las dos ciudades japonesas, Hiroshima y Nagasaki. Aparecen dos niños: uno parece adormecido sobre los hombros del otro. En realidad está muerto. “Es un niño con su hermanito muerto en sus espaldas”, dice Francesco, “esperando su turno frente al crematorio de Nagasaki después de la bomba. Me conmovió cuando la vi y me atreví a escribir: “El fruto de la guerra”. Y pensé en imprimirla y dársela a ustedes, porque una imagen así conmueve más que mil palabras”.

Más allá del dolor, la esperanza de la paz

A pesar de tantas atrocidades y muertes, siempre hay esperanza por un mundo de paz. El mismo San Juan Pablo II, alabando la decisión de Japón de transformar el monumento del bombardeo en un monumento de paz en Hiroshima en 1981, dijo: “No puedo dejar de rendir homenaje a la sabia decisión de las autoridades de que el monumento en memoria del primer bombardeo nuclear sea un monumento a la paz. Al hacerlo, la ciudad de Hiroshima y todo el pueblo del Japón han expresado enérgicamente su esperanza por un mundo pacífico y su convicción de que el hombre que hace la guerra también es capaz de construir con éxito la paz. A los que creen en Dios les digo: hagámonos conscientes de que el amor y la participación no son ideales lejanos, sino el camino hacia el fortalecimiento de la paz, la paz de Dios”.

Luisa Urbani – Ciudad del Vaticano, 6-8-2018

 

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