Revista Ecclesia » Helena Maleno, fundadora de Caminando Fronteras: «La mentalidad que impera es la de que los migrantes son los culpables por echarse al mar»
GRAFCAN8312. OCÉANO ATLÁNTICO (ESPAÑA), 29/04/2021.- Caminando Fronteras ha comunicado a la Guardia Civil que una familia ha identificado a la superviviente del cayuco de El Hierro como una de las dos mujeres que partieron el 5 de abril desde Mauritania en una barca con otros 57 compañeros varones, lo que sugiere que hay 32 desaparecidos. En la imagen facilitada a EFE por el Ejército del Aire, el primer rescatador que descendió desde el helicóptero al cayuco, el sargento primero Fernando Rodríguez (d), camina hacia los tres supervivientes, sentados en la popa, entre ellos la mujer (de blanco). En el cayuco había 24 cadáveres. EFE/Ejército del Aire SOLO USO EDITORIAL/SOLO DISPONIBLE PARA ILUSTRAR LA NOTICIA QUE ACOMPAÑA (CRÉDITO OBLIGATORIO)
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Helena Maleno, fundadora de Caminando Fronteras: «La mentalidad que impera es la de que los migrantes son los culpables por echarse al mar»

«¿Puedes esperar un momento? Una compañera me está enviando algo». Helena Maleno (El Ejido, Almería, 1970), periodista, activista, investigadora social y cara visible de la ONG Caminando Fronteras, interrumpe brevemente su discurso. Es la mañana del viernes 30 de abril y el día se presenta intenso. Le acaban de avisar de la existencia de otra embarcación con 50 personas a bordo. Hasta hace unas horas su organización ha estado trabajando en la identificación del cayuco de la isla de El Hierro —solo han sobrevivido tres de sus 59 ocupantes— y esta misma mañana, antes de atender a ECCLESIA, ya ha avisado a la Guardia Civil sobre otra alerta: una mujer ha dado a luz en otra patera. «Hemos estado toda la mañana hablando con ellos», refiere.

Maleno es la cara visible del equipo de quince personas, casi todas mujeres, que trabajan en Caminando Fronteras, una ONG surgida en 2000 cuya labor ha sido reconocida hasta ahora con casi una veintena de galardones. Entre esos premios, el de la Fundación Amaranta por su defensa de los derechos de las mujeres víctimas de trata en 2017; el Mundo Negro a la Fraternidad de ese mismo año; y el Padre Arrupe 2019 de la Universidad Pontificia Comillas.

Maleno, sin embargo, ha sido actualidad en las últimas semanas no por los reconocimientos, sino por un motivo bien distinto: por haber sido expulsada de Marruecos, el país en el que vivía y trabajaba desde hace veinte años. El pasado 23 de enero, a la vuelta de uno de sus viajes, la policía marroquí la metió en un avión de vuelta a España sin darle ninguna explicación. Un mes después, y una vez supo que su hija había podido salir del país y estaba a salvo, compareció ante la prensa y denunció que desde abril de 2020 había sufrido 37 ataques —amenazas de muerte, agresiones, seguimientos, vigilancia policial, escuchas telefónicas y dos asaltos a su vivienda— debido a la labor de defensa de los derechos humanos de la población inmigrante que hace con su ONG.

—Empecemos por el principio. ¿Ya le han comunicado oficialmente por qué la han expulsado?

—No, no he tenido ningún tipo de comunicación. Ahora estamos trabajando con las abogadas para recurrirla por vía legal. Vamos a agotar todo lo que tengamos que agotar. Pero no solo por mí, sino para que no se violenten los derechos de otras personas. Yo tengo una posición de privilegio y gozo del acompañamiento de otras organizaciones, lo que me permite luchar y que a lo mejor pueda recuperar mis derechos. Pero se trata de sentar precedente para otras persecuciones.

—¿Por qué la mandaron a Barcelona, donde usted no tiene a nadie, si no había volado desde allí?

—No lo sé. Esa es otra violación en mi expulsión. La propia policía española me lo preguntó a mi llegada. Esta es la realidad de las expulsiones, donde no se respeta ningún derecho. Estoy esperando poder volver a mi casa a recoger mis cosas. Mi hija también ha tenido que salir huyendo, y no tenemos nada.

—Su ONG es conocida. sobre todo, por alertar a las autoridades marítimas de España y Marruecos cuando detectan embarcaciones a la deriva o en peligro. Supongo que son los propios inmigrantes los que les avisan.

—Sí, claro. Los comienzos los cuento en el libro Mujer de frontera (Ediciones Península), que publiqué el año pasado. Una noche, una persona a la que habíamos estado acompañando llamó para decir que iba camino de Almería y que necesitaban ayuda porque se estaban hundiendo. No sabía lo que era Salvamento Marítimo ni nada. Conseguí el teléfono de Salvamento de Almería y llamé. Pasé una angustia terrible y me dormí deseando que esto no me volviera a pasar jamás. Pero no, a partir de allí siguieron las llamadas. En la ONG nunca tuvimos un proyecto así —ahora hay otros que sí tienen teléfonos de alerta— pero la gente nos llamaba porque confiaba mucho en nosotras y porque los estábamos acompañando para que sus derechos no fuesen vulnerados. Pero no solo nos llamaban a nosotras: también a algún familiar, al 112, a Salvamento…

—¿Cuántas vidas han salvado ustedes hasta ahora? ¿Llevan algún recuento?

—Mis compañeras hablaban el otro día de más de 100.000 desde 2007.

GRAFCAN4610. LA LAGUNA (TENERIFE), 31/01/2021.- Carpas instaladas en el Centro de Acogida Temporal de Extranjeros de Las Raíces (La Laguna), al que esta semana serán trasladados inmigrantes alojados en hoteles de Gran Canaria y Tenerife y que tiene una capacidad para 2.000n personas. EFE/ Miguel Barreto

—Los inmigrantes son conscientes del peligro que corren, ¿verdad?

—Claro. Saben que ir al mar supone la posibilidad de morir. La sociedad española y las europeas han normalizado que una persona muera por cruzar una frontera, y la persona migrante lo sabe. Y ante esta normalización han buscado sistemas de protección para sus vidas. Lo que están haciendo los estados es perseguir estos sistemas de protección. Perseguirlos y perseguirnos. Es terrible.

—Ustedes salvan vidas y, sin embargo, esa labor humanitaria elemental, la de avisar de que alguien necesita ayuda, no está bien vista por los gobiernos. ¿Por qué?

—Porque en la frontera operan unos intereses económicos brutales. Y eso pone en riesgo a los propios inmigrantes y a quienes los acompañamos en la defensa de sus derechos. En Europa se persigue la solidaridad, se persigue dar comida a personas migrantes, o dar asistencia médica… Y eso hay que decirlo. Y hay que explicar que se persigue y se justifica a través de un manto de racismo que es aceptado. Es terrible. Hay empresas de venta de armamento que han invertido en control migratorio. Que muera gente en la frontera da dinero a los lobbies armamentísticos. (…) Lo que hay aquí es un negocio. Y el racismo es el instrumento terrible que se utiliza para tapar este negocio. No es solo una cuestión de ideología, aunque el racismo sea el sostén ideológico de estos intereses económicos que son, repito, muy importantes. Es vital que todos alcemos la voz: desde el Papa, cuyas palabras tienen un eco muy grande, hasta los que estamos en el terreno.

—A usted le han abierto hasta ahora dos procedimientos judiciales y en ambos los jueces han fallado que en su labor no había delito alguno. 

—Sí. Y esos dos fallos han sido muy importantes porque sientan jurisprudencia. Conmigo quisieron hacer un caso ejemplarizante. La policía española en sus informes pedía a Marruecos que me condenase a cadena perpetua. ¡A cadena perpetua! Imagínate el impacto que habría tenido en otros compañeros que trabajan sobre el terreno (en Nador están, por ejemplo, la delegación diocesana de Migraciones, el Servicio Jesuita al Migrante, el Servicio Jesuita a los Refugiados, la Cáritas de Rabat…, y eso solo en cuanto a labor de Iglesia) si yo hubiese sido condenada a cadena perpetua. E imagínate también la impunidad policial después frente a la persecución de todas estas personas.

—En su informe la policía la consideraba una «traficante sin ánimo de lucro». ¿Qué clase de traficante es ese?

—(Risas) Sí, reconocía que yo no tenía ánimo de lucro, que no ganaba dinero con lo que estaba haciendo. Era, por tanto, la traficante más estúpida del mundo.

—¿Tiene protección?

—Sí, yo tengo mucha suerte. Soy una privilegiada en mi persecución porque cuento con un equipo de protección formado por entidades internacionales defensoras de derechos humanos que conocen muy bien los peligros que se corren y que me han acompañado tanto a mí como a mi familia. (…) Yo pensé que cuando se cerró el procedimiento judicial ya había terminado todo, pero no. Me advirtieron que ahora empezaba un momento de riesgo porque seguramente iban a utilizar otras vías. Y, efectivamente, la situación se recrudeció a raíz de la publicación del libro, donde explico cómo se organizan esos dosieres policiales contra mí y donde cuento el día a día en la frontera. Le hemos pedido a los gobiernos de España y de Marruecos que frenen esa persecución. Y al gobierno español, que nos proteja.

—Lo ocurrido el pasado 21 y 22 de abril, cuando 130 inmigrantes se ahogaron frente a las costas de Libia tras esperar en vano socorro durante varios días, ¿es una excepción o algo más frecuente de lo que llega a los medios de comunicación y estos transmiten a la opinión pública?

—Lo ocurrido obedece a unas dinámicas pervertidas que se han normalizado. Es decir, en las fronteras se ha instalado que los derechos de las personas migrantes no son iguales a los de los demás; que el derecho a la vida de una persona migrante en el mar no es igual al derecho a la vida de un europeo. Si esa llamada de socorro hubiese provenido de un yate, se habrían puesto en marcha todos los resortes de colaboración de los países que comparten aguas y todos los medios. (…) Como hay control migratorio, la defensa de la vida queda en un segundo plano. En las fronteras hay una lucha constante entre la vida y la muerte, por eso es tan importante que estemos del lado de la vida.

 

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GRA284. TARIFA (CÁDIZ), 30/08/2017.- Esperan en el puerto de Tarifa (Cádiz) algunos de los 125 inmigrantes rescatados hoy por Salvamento Marítimo en el Estrecho de Gibraltar, la mayoría de los cuales viajaban en pateras, aunque uno de ellos lo hacía en tabla de surf y dos en un kayak. EFE/A.Carrasco Ragel


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