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Iglesia en España

“He pecado”, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez

“He pecado”, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez

Cristo muerto y resucitado, nombrado por el Padre juez de vivos y muertos, es el centro y la meta de la fe cristiana. Esta verdad central de nuestra fe no sólo la confesamos con los labios, sino que la celebramos y actualizamos cada día cuando participamos en los sacramentos de la Iglesia. Por medio de la acción del Espíritu Santo y por el ministerio de la Iglesia, en cada sacramento, especialmente en la Eucaristía, Dios nos habla por medio de su Hijo, sale a nuestro encuentro y nos regala su cuerpo y sangre como alimento de vida eterna.

Esta confesión de fe hoy ha perdido vigor para algunos bautizados que, arrastrados por los criterios culturales y por las modas del momento, incomprensiblemente confiesan ser cristianos pero niegan la resurrección de Jesucristo, su triunfo sobre el poder del pecado y de la muerte. ¿Cómo será posible seguir a Cristo hoy, si no ha resucitado? ¿Cómo esperar la propia resurrección, si Jesucristo permanece muerto para siempre?

Ante el confusionismo cultural y religioso sobre este aspecto fundamental de nuestra vida cristiana, todos deberíamos repensar nuestra fe en el Dios vivo y verdadero, manifestado en Jesucristo, atento y preocupado por la suerte de sus criaturas, que las ama con amor incondicional, que cuida de ellas con misericordia infinita y les sigue regalando su vida. No podemos quedarnos con la creencia en un Dios confesado como una idea espiritual o como algo indefinido e impersonal.

Si Dios no tiene que ver con el ser humano, tampoco tiene sentido la idea de pecado. No es posible imaginar que una acción u omisión del ser humano puedan ofender a Dios. Hoy muchos rechazan la misma palabra “pecado” pues, el afirmar que existe pecado supone una visión religiosa del mundo y del hombre. Por lo tanto, si se elimina a Dios del horizonte del mundo y del hombre, ya no se puede hablar de pecado.

El papa Benedicto XVI, al referirse a este tema, proponía un ejemplo que puede ayudarnos a descubrir la necesidad de redescubrir al Dios vivo y verdadero, salvador y redentor, para tomar conciencia de la realidad del pecado. Decía él: “Al igual que cuando se oculta el sol desaparecen las sombras –la sombra sólo aparece cuando hay sol-, del mismo modo el eclipse de Dios conlleva necesariamente el eclipse del pecado, que se alcanza redescubriendo el sentido de Dios”.

De acuerdo con lo dicho, podríamos afirmar que para aquellos hermanos que niegan la resurrección de Jesucristo no sólo no tiene sentido el pecado, tampoco lo tiene la oración. Cuando nos preguntamos a quién invocamos en la oración, tendríamos que clarificarnos antes, pues si Cristo no ha resucitado, no puede ser Dios y, por lo tanto, no puede escuchar nuestras oraciones. Tampoco tiene sentido rezar, por ejemplo el “Padre nuestro” o el “Yo confieso”. ¿Para qué vamos a pedir el perdón de nuestros pecados, si no reconocemos la existencia del pecado o afirmamos la fe en un Dios que en la práctica no lo es?

El Dios cristiano, muerto y resucitado, vivo para siempre, nos ha dejado la posibilidad de recibir su perdón, misericordia y salvación por medio de la Iglesia y del ministerio de los sacerdotes. Acudamos confiadamente a su encuentro. Experimentaremos la alegría del perdón, la paz en el corazón y el gozo de sabernos amados por Él.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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