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Hay que detener la barbarie en Irak, hay que ayudar a los cristianos perseguidos – editorial Ecclesia

Hay que detener la barbarie en Irak, hay que ayudar a los cristianos perseguidos

No recordamos en los últimos años un mes de agosto tan intenso –y hasta tan duro en algunos casos; en otros, repleto también de esperanza y de interpelaciones- en la vida de la Iglesia y de la humanidad. A los conflictos bélicos abiertos, supurantes y lacerantes en Gaza, Siria y Ucrania, se han sumado otros destacadísimos  y numerosos acontecimientos. No desdeñamos la importancia de la dolorosa, a la par que ejemplarizante, lucha contra el ébola (ver nuestra página 17 de hoy y otras tres la próxima semana), del espléndido viaje apostólico del Papa Francisco a Corea del Sur y su carta de presentación a toda Asia (páginas 6 y 7 y 39 a 59), de los relevantes nombramientos episcopales en Madrid y en Valencia (páginas 8 y 9 de hoy y tema al que volveremos la semana que viene) o de los 25 años de la JMJ 1989 Santiago de Compostela (página 9 de nuestro anterior número).

Con todo, creemos que el tema informativo principal y más grave de agosto de 2014 ha sido y sigue siendo la barbarie yihadista en el norte de Irak con el denominado “restablecimiento” del Califato de Irak  o Estado Islámico de Irak y Siria (ver páginas 60 a 63 de este número de ecclesia, páginas 54 y 55 de nuestro número 3.740-41 y páginas 17 y 45 de nuestro número 3.738-39) y el más del millón de personas damnificadas –muchas de ellas asesinadas- ya por él.

Y es que, en efecto, esta cuestión, con su intrínsecamente anexa e impune violación de los más elementales derechos humanos, ha copado también el activo interés y la dolorida preocupación del mismo Papa Francisco, quien ya ha enviado un millón de dólares para socorrer a los cientos miles de personas obligadas a exiliarse y a refugiarse en las montañas del Kurdistán y quien encomendó al cardenal Fernando Filoni la misión de visitar en su nombre a estos ciudadanos perseguidos por sus credos religiosos, entre ellos muchos miles de cristianos. Y como otra muestra del interés y del dolor del Santo Padre por este drama humanitario de primera magnitud, baste también citar que de los treinta mensajes emitidos en agosto en su cuenta en Twitter, catorce han tenido la crisis en Irak como protagonista

¿Qué es lo que está ocurriendo en el norte de Irak? Muy sencillo y muy terrible y lamentable: prácticas indignas del hombre como matanzas, imposición de optar entre la conversión al islam, el pago de un tributo (“jizya”) o el éxodo y expulsión forzada de decenas de miles de personas,  secuestro de chicas y mujeres, destrucción de lugares de culto y de mausoleos cristianos, ocupación forzada y desacralización de iglesias y monasterios. ¿Y cómo es posible que esto esté ocurriendo en pleno siglo XXI, cuando tanto invoca y hasta se pavonea nuestra civilización de sus logros en materia de derechos humanos? ¿Y cómo explicar que lo que está aconteciendo en el norte de Irak y sur de Siria se esté haciendo blasfemamente por parte de los yihadistas en el nombre de su religión y de su dios?

¿Qué es lo que hay que hacer, qué respuesta merece esta barbarie? En primer lugar, la comunidad internacional, comenzando por la ONU, debe despertar y debe hacerlo no solo cuando son asesinados –y hasta con espeluznantes y atroces imágenes- periodistas. Al respecto, el Papa Francisco ha dirigido una carta abierta al secretario general de Naciones Unidas y, en su rueda de prensa en el vuelo de regreso de su viaje a Corea, ha avalado y pedido una intervención para frenar y detener al agresor injusto. Una intervención que no significa “bombardear”, ni invasión por parte de un solo país y en plan de colonización o conquista, sino que se habría de inscribir en lo que se entiende en derecho internacional como “injerencia humanitaria”, tan sobradamente justificada en este caso.

Todos los líderes religiosos, y sobre todo los musulmanes, deben ser unánimes en condenar sin ambigüedad alguna estos crímenes y denunciar la invocación de la religión para justificarlos. Hemos de orar asimismo por los cristianos y otros creyentes perseguidos –de quienes hemos de sentirnos orgullosos- y, además, hacerles llegar también nuestra ayuda material concreta, solidaria y generosa, como el mismo Papa ha hecho ya y seguirá haciendo. Porque de lo contrario, si no se detiene esta barbarie, todos seremos, de un modo  u otro, corresponsables de ella.

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