Cartas de los obispos Última hora

Hasta setenta veces siete

El perdón es posible si sabes amar de verdad; si no se ama, no es posible el perdón y si no hay perdón, ¡pobres de nosotros! Volvamos a escuchar cómo termina el Evangelio de este domingo: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano» (Mt 18, 35). Esta es la condición que nos pone Dios, que nos perdonará si perdonamos de corazón. Esto es duro, pero es el camino, así nos lo enseñó Jesús y así lo repetimos cada vez que rezamos el Padrenuestro. No es verdad que solo perdonan los débiles, porque es todo lo contrario, ya que el que es capaz de decir «lo siento» es el que va con la bandera de la paz por delante.

La Palabra de Dios nos ha enseñado el nuevo estilo y a lo que lleva amar de verdad, a perdonar siempre, las veces que haga falta, porque lo necesitamos, aunque la gente no lo haga. Una comunidad de hermanos no se sostendrá en pie si cada uno tiene que vivir pendiente de defenderse, levantar barreras o abrir fosos, porque no termina de fiarse de los que tiene alrededor, eso es agobiante e imposible de sostener. Hay que mirar a Jesús, ¿qué nos ha enseñado el Señor? Algo sencillo, a ser lentos a la ira y ricos en clemencia, nos ha perdonado siempre todas nuestras culpas y nos ha curado todas nuestras enfermedades. Este estilo de vida te pide que seas paciente, que pongas la otra mejilla, que sepas esperar. Nuestro Señor es el Maestro y su pedagogía es ir por delante para que puedas ver que es posible aprender lo que predica y su estilo está impregnado en la Iglesia: «La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio» (EG, 114).

La misericordia y el perdón de Dios es nuestro modelo, nuestro estilo de hacer las cosas, no se trata de ir contando las veces que uno ha metido la pata, sino de aprender bien la lección de Dios. Cuando Dios perdona borra, lava y limpia al pecador y llega a transformarlo en una criatura nueva, de espíritu, lengua, labios y corazón transfigurados, como nos sugiere el salmo 50 y el profeta Isaías: «Aunque vuestros pecados sean como la escarlata, quedarán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana» (Is 1,18). La razón del perdón de Dios es la potencia de su amor, que es capaz de detener el terremoto destructor del mal. Por eso san Pablo nos puede asegurar que, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5,20).

El Papa Francisco nos resume la grandeza del perdón: «Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar “setenta veces siete” (Mt 18, 22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez» (EG,3).

Roguemos al Señor que fortalezca nuestro amor al prójimo, que los discípulos de Cristo sepamos promover la justicia y la paz; que anunciemos a los pobres la Buena Nueva y que la madre Iglesia haga sentir su amor de predilección a los pequeños y marginados con un corazón capaz de perdonar, ayudado por la Santísima Virgen María.

+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

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