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¡Haga una locura, abrace a un extraño!

Hace seis años, Ignacio Pou publicó en Democresía un artículo que todavía hoy sigue resonándome por la historia que encierra.

En este texto se nos invitaba a hacer una locura: mirar a un extraño en el metro. Confirmale, de forma callada, que existe un consuelo para los dos.

En la vida hay momentos de una singularidad que hacen, que por un instante, te creas a pies puntillas eso de que eres verdaderamente único. Sí, una mota de polvo en el transcurso del tiempo, pero única en su forma; aunque compartas el 99,99% de parentesco con la mota de al lado. Igual que alguien pesó el alma en 21 gramos, hay espacios de unicidad que son inexplicables desde otro ámbito que no sea la teología, las matemáticas o la física. ¿Qué es ese recoveco, esa luz, esa inspiración que habilita alcanzar niveles de relación con el sentido de la existencia de una forma tan profunda? Hay momentos en los que ni el propio Laplace podría calcular el trillón de ceros que se requieren para que acabes un lunes por la tarde, en el corazón del Valle de las Batuecas, en plena pandemia, abrazado a un palentino del que no tenías ninguna referencia hasta aquella mañana.

Y que tenga sentido.

Porque abrazar a las personas que lo necesitan era algo que antes hacíamos.

Julián Barrio, arzobispo de Santiago de Compostela, hablaba en TRECE de la necesidad de hacer silencio interior durante esta Cuaresma. De buscar la fuente de la que emana el agua viva, «que limpia y calma la sed».

Una disposición hacia la vida como si esta fuera un misterio donde cada día, a pesar de nuestras circunstancias, pueda ocurrir algo extraordinario, es, para los aventureros, una oportunidad de experimentar en plenitud el hilo narrativo que va hilvanando nuestros pasos. A veces por cobardía, otras por pereza, se nos olvida que estamos hechos para algo más que para cumplir eficientemente en nuestro trabajo o con nuestra familia.

El juego tiene otras dimensiones, otras reglas. Porque en la mutabilidad constante de nuestra seguridad, hay que saber hacia dónde volteamos la mirada para llenarnos de sentido. Y el silencio es un buen aliado. Porque es en él, en la ausencia objetiva de ruido, cuando se empiezan a desvelar los anhelos del corazón, la paz del día a día. Sea desde donde sea, sino que se lo digan al Papa Francisco al marcharse a Irak, la belleza se escapa a nuestros credos y miedos y nos atraviesa no pudiendo quedar indiferentes ante el encuentro con ella.

No creo que esté de más repetirlo, pero en tiempos raros, conviene que los poetas recios se arrimen a la fuente de sentido. Y desde allí, descansar y respirar.



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