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Hacia una efectiva Pastoral Escolar

Seguramente tenga críticas por estas líneas. Las asumo y encantado de rebatirlas. Me atrevo porque creo que toca dar un paso grande sobre esta cuestión: los colegios.

Llevo varios años observando los frutos que están dando las escuelas católicas en materia de fe y religiosidad. No solo en mi ciudad, si no también en otros puntos de la geografía española. Seré claro: no hay transmisión ni divulgación de la fe en Cristo en la inmensa mayoría de centros de enseñanza cristianos. Preguntando sobre las ‘Primeras Comuniones‘ o sobre las ‘Confirmaciones‘, son cada día menos los que se forman para estos sacramentos en las aulas de los colegios religiosos. Preguntando sobre grupos de fe, en muchos no hay ni uno y en otros son más bien grupos de tiempo libre donde no hay nada que haga pensar en formación espiritual. Preguntando sobre la importancia que se da cuando se acercan fechas señaladas –Navidad, Semana Santa, San José, etc.– me percato que ello es solo sinónimo de vacaciones, no de aprovecharlo y adentrarse en el misterio y la significación de esos días. Preguntando por la identidad del centro, veo que muchos de ellos sus equipos directivos están formados ya por laicos que relegan la identidad católica de sus alumnos a un ultimísimo lugar, en el mejor de los casos. Estas y otras muchas obviedades hacen que no haya distinción entre un centro de enseñanza católico y el que no lo es. Los popularmente conocidos como colegios de curas o colegio de monjas tristemente han perdido sus orígenes y con ello, su identidad.

No quiero que se me malinterprete. El cristiano madura su fe con una experiencia personal con Jesús. Y esta se inicia en la familia, o en la parroquia y crece en libertad. Los padres de los alumnos que optan por matricular en colegios católicos a sus hijos deben saber que, además de matemáticas, inglés, o literatura, también compartirán la fe. Esos centros católicos han de ser espacios donde favorecer encuentros personales con Jesús, donde hacerles ver a Cristo en los pobres, enfermos y necesitados, y donde familiarizarse con la Eucaristía y la oración. También deberían inculcarse el valor de la comunidad, la pertenencia a la gran familia que es la Iglesia y la importancia a los sacramentos. En definitiva, un lugar donde los alumnos puedan engancharse al Evangelio. ¿No debería ser esto lo que define a un colegio católico?

Imaginémonos un colegio que se defina como ‘ecologista‘. ¿Alguien vería normal que no se enseñaran prácticas medioambientales, que no se dedicaran horas a todo lo que envuelve el cuidar del planeta, que no se les hablara a los alumnos de los retos y los principios que rigen el respeto a la naturaleza? Ningún padre o madre se escandalizaría si a su hijo se le forma en esto si se le apunta a este colegio. Pues llevemos este ejemplo a cualquier colegio católico. ¿Por qué han perdido su ADN? ¿Qué justifica este vacío? ¿Acaso es incompatible enseñar materias curriculares con crear conciencia de ser cristiano? Un colegio católico es un trampolín para hacer íntegra a la persona, cargada de esos valores que hoy escasean en el mundo; un ciudadano lleno de razones por las que vivir y defender toda vida. Un futuro adulto responsable, que sea capaz de trabajar por la justicia social y que vea en la Doctrina Social de la Iglesia una guía para su día a día. Necesitamos reforzar la pastoral escolar, que no deje a nadie fuera, que no se conforme con ser un grupo marginal y que apueste decididamente por robustecer en todo joven su derecho de conocer a Dios.



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