Cartas de los obispos Última hora

«Hacia un renovado Pentecostés», por Francisco Cerro

El mensaje de la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida con motivo del Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar que celebramos el 31 de mayo de 2020 nos interpela y nos pide mantener la hermosa experiencia vivida en el Congreso Nacional de Laicos Pueblo de Dios en Salida, celebrado el pasado mes de febrero. Nos recuerda, citando palabras de la Exhortación Evangelii Gaudium, que “Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos «discípulos» y «misioneros», sino que somos siempre «discípulos misioneros» (n. 120)”. En efecto, el Espíritu Santo, infundido en nuestros corazones por los Sacramentos de la Iniciación Cristiana, nos configura como discípulos misioneros, enviados por el Resucitado desde el Cenáculo al mundo entero. 

El envío misionero no es un añadido peculiar a nuestra vida cristiana, sino algo que pertenece a su esencia, a su propia razón de ser. Somos discípulos de Aquel que ha derramado el Espíritu Santo y nos ha enviado al mundo bajo su acción eficaz que se renueva cada día. La Iglesia se va edificando cuando nos ponemos “manos a la obra en la misión evangelizadora desde el primer anuncio, creando una cultura del acompañamiento, fomentando la formación de los fieles laicos y haciéndonos presentes en la vida pública para compartir nuestra esperanza y ofrecer nuestra fe”.

La situación en la que actualmente navega la barca de la Iglesia nos exige ser mejores católicos y no caer en la tentación de paralizarnos a causa del miedo. La experiencia de comunión eclesial vivida en el Congreso “nos ha servido para tomar conciencia de que no solo a nivel de Iglesia, sino también de sociedad, todos nos necesitamos, porque de la conducta de uno depende el destino de los otros”. El fuego evangelizador que hemos recibido no es para guardarlo o para protegernos en un consuelo espiritual individualista. Todos estamos llamados a navegar juntos en la barca de la Iglesia, guiados por el Papa Francisco. El estado de alarma nos ha recluido en nuestros hogares; nos hemos visto obligados a cerrar los templos, pero no la Iglesia. Esta situación nos ha permitido caer en la cuenta del verdadero sentido de las palabras de mis hermanos Obispos, animándonos a no vivir asustados y a hacer de nuestras casas auténticos cenáculos familiares donde el Espíritu Santo renueva sus dones en cada uno de los miembros de la familia.

Si la seguridad de nuestros pueblos depende de cada ciudadano, la vida de la Iglesia también depende de la acción y de la responsabilidad de cada bautizado. Así lo ha sido siempre, pero el momento que nos está tocando vivir pide que evidenciemos esta verdad radical aún con más fuerza; nos exige vivir responsablemente nuestra vocación de manera personal y comunitaria, ayudando a hacer crecer a la Iglesia parroquial y diocesana y a anticipar el Reino de Dios. Ello requiere, en vuestro concreto caso, queridos fieles laicos, que comprendáis que vuestra vocación laical es una auténtica vocación, una llamada a hacer presente a la Iglesia en medio del mundo como parte fundamental del Pueblo de Dios que sois; una llamada, propia y específica, a mostrar a Jesucristo entre nuestros coetáneos, a acompañarles en sus anhelos y necesidades, a formarse en la fe para compartirla con otros, a trabajar por cambiar la realidad en la que estáis inmersos a la luz de la misma. 

Nuestra Archidiócesis de Toledo lleva un largo camino andado en esta tesitura. El gran número de laicos comprometidos y el afán evangelizador que he podido apreciar en no pocos de ellos en estos primeros meses de mi pontificado es la mejor prueba. A todos vosotros os quiero enviar mi agradecimiento personal como Obispo, reconociendo el excelente trabajo que habéis realizado a lo largo de los años en los que el actual Plan Pastoral lleva desarrollándose. Estoy descubriendo en él un Plan Pastoral con corazón, que parte del deseo de promover una pastoral no depresiva, sino compasiva y esperanzadora, pues así ha de ser siempre la acción de la Iglesia y también vuestras concretas propuestas evangelizadoras como laicos.A todos los que, de una u otra manera, trabajáis intensamente en las delegaciones diocesanas, secretariados y comisiones, a cuantos estáis implicados en las diversas iniciativas pastorales a nivel parroquial, a aquéllos que formáis parte de los movimientos y asociaciones presentes en nuestra Archidiócesis, mi más efusivo agradecimiento por vuestro trabajo y mi aliento para seguir por el camino que aún debemos recorrer. 

Queridos diocesanos: debemos seguir intensificando con la oración y el compromiso la labor eclesial que hacéis como laicos comprometidos y responsables. Os ruego que os impliquéis aún más y que os unáis con más fuerza a los distintos proyectos pastorales que están en marcha; también que ayudéis a promover otros nuevos que respondan a los desafíos que surgen constantemente y nos interpelan como Iglesia. Pensad que la fe crece cuando se comparte, como tantas veces nos decía san Juan Pablo II. Esa fe y compromiso eclesial compartido en la comunión, os hará crecer como personas y como cristianos, llenando vuestra existencia de la alegría y del gozo de ser evangelizadores enviados a todos los rincones de vuestra vida diaria. Estoy seguro de ello. Ésta es mi esperanza y mi alegría: que el Espíritu Santo derramado en Pentecostés sea siempre una fuente fresca que renueva vuestro esfuerzo y vuestro compromiso.

Reiterando mi agradecimiento, os envío mi bendición.

✠ Francisco Cerro Chaves

Arzobispo de Toledo y Primado de España

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