Carta del Obispo Iglesia en España

“Habrá que decirlo”, carta semanal del arzobispo de Mérida-Badajoz, Santiago García Aracil, correspondiente al domingo 29 de julio de 2012

Monseñor Santiago García Aracil
Mons. Santiago García Aracil

Sí, habrá que decirlo. Y no porque al decirlo sentemos las bases de nuestra sabiduría o de nuestros derechos; ni  porque algunos reclamen de nosotros una palabra iluminadora; ni porque nos desafíen desde su inmutable seguridad de que los creyentes no tenemos una palabra válida sobre el misterio del hombre. La razón por la que debemos hablar del don de la fe que hemos recibido del Espíritu de Dios, y acerca de los contenidos de esa fe que son, en definitiva, la Verdad revelada por Jesucristo, está en que cometeríamos una grave injusticia si guardásemos silencio respecto de lo que constituye la razón de nuestra existencia y respecto de lo que da sentido a cuanto acontece y nos acontece a lo largo de nuestra existencia.

Nuestra realidad personal, esencialmente unida a nuestra dimensión social, se manifiesta en abundantes ocasiones como un verdadero misterio. Ante los interrogantes que provoca todo misterio, y sobre todo ante los que afectan directa y profundamente a nuestra misma identidad, a nuestro presente y a nuestro futuro, el hombre se siente perdido y, en cualquier caso, inquieto e incluso molesto. Su deseo de hallar la luz que necesita vitalmente lleva a unas personas a buscar la respuesta en la reflexión sobre sí mismas, sin otro punto de partida y sin otras referencias que su propia experiencia de vida y sus mismas percepciones, queriendo hallar una respuesta satisfactoria sólo con la ayuda de sus limitadas luces. Por eso, aunque los hallazgos, fruto de este esfuerzo, han gozado algunas veces de una aproximación a la íntima verdad de la persona humana, sin embargo han quedado todavía lejos de ofrecer una respuesta completa y satisfactoria sobre los interrogantes que plantea el propio misterio. Sólo a partir de estas respuestas puede el hombre encontrar la paz y la esperanza. Sin la paz interior y sin la esperanza, capaz de superar toda prueba, la persona carece de suficientes razones para vivir; la única solución es la evasión o la angustia; ambas son terriblemente destructivas.

En esta situación, la persona humana se ve abocada a la oscuridad,  al sinsentido, a la evasión, a un cínico egoísmo, y, en algunos casos, incluso a la desesperación. Y esto sume a las personas en un estado que le impide su verdadero desarrollo, el disfrute constructivo de cuanto le rodea y de cuantos hechos y elementos positivos va encontrando en su vida.  Podemos decir que las personas que viven así, aún volcándose en el disfrute de lo que pueda satisfacer sus necesidades afectivas, instintivas, materiales e inmediatas, no logran un verdadero crecimiento integral; no llegan a ser auténticas protagonistas de su propio desarrollo integral; no pueden asomarse a la felicidad posible en esta vida.

Ante estas situaciones, verdaderamente abundantes en nuestra sociedad  ampliamente gobernada por un secularismo laicista y creciente, los cristianos no podemos olvidar o minusvalorar el hecho de que hemos recibido del Señor la luz de la verdad. Gracias a ella, podemos penetrar progresivamente en el misterio de Dios y del hombre, que nos desborda y nos embarga. Los cristianos hemos recibido e inmenso don de la fe y, por ella, el acceso a la verdad que ilumina el misterio y que constituye la razón de nuestra existencia y el sentido de nuestra vida.

Por todo ello, queridos hermanos en la fe, no podemos callar. Tendremos que proclamar la verdad que Jesucristo nos ha revelado; habrá que proclamar que, muy por encima de nuestra razón está la verdad que ilumina la realidad más profunda de cuanto existe, y el sentido de nuestra relación con todo ello. Habrá que decir que Dios, manifestado en Jesucristo, nos ofrece la oportunidad de reconocernos como hijos infinitamente queridos por el Padre Dios, de saber que nuestra limitación para la gran tarea de vivir con intensidad y creciendo en la verdad, la justicia, la fraternidad y la paz, es superable con  la gracia de Dios. Habrá que decir que Dios  nos quiere infinitamente y, por tanto, infinitamente más que podamos querernos cada uno a sí mismo; que nos ha redimido del pecado y de sus consecuencias, humanamente insalvables, y nos ha constituido herederos de la vida eterna y feliz, junto a Él por toda la eternidad.

Habrá que decirlo. Y habrá que repetirlo. Habrá que acercarse a la palabra de Dios y al Magisterio de la Iglesia, fiel transmisor de la verdad revelada. Habrá que pensar bien lo que debemos hacer y cómo debemos hacerlo, para no andar confusos ni cometer equivocaciones evitables. Pero, junto a todo ello, habrá que pedir al Señor la luz y la fuerza necesarias para  no desistir en el empeño y mantenernos fieles al mandato de Jesucristo que nos envía como luz del mundo, aunque de la impresión de que esa luz les molesta o les parece vana e ilusoria. Sabemos que quien se acerca a Jesucristo y conoce logra conocer su santo Evangelio, termina diciendo como S. Agustín: “Tarde te conocí, hermosura tan antigua y tan nueva. Tu estabas dentro de mí, y yo fuera te buscaba abalanzándome sobre las cosas por ti creadas, sin darme cuenta de que sin ti nada serían”.

+ Santiago García Aracil. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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