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Hablar de Dios, ¿un derecho o una obligación?, por el arzobispo de Mérida-Badajoz, Santiago García Aracil

En un país donde se presume de haber conquistado la libertad de expresión parecería lógico que hablar de Dios fuera considerado como un derecho. Pero da la casualidad de que, en estas sociedades positivistas, se entiende por derechos aquellos que han sido establecidos por la ley, defendidos por quienes sienten vinculados a ellos sus intereses particulares, o constantemente proclamados por quienes ven plasmados en ellos los principios de su ideología.

Cuando ocurre esto y nada más que esto nos encontramos con ciertos e injustos recortes de la proclamada libertad de expresión. Así ocurre muchas veces, por ejemplo, cuando no gustan las posturas o las manifestaciones de la Iglesia, sobre todo si aluden críticamente a determinadas  leyes, a las actuaciones políticas concretas,  o a las campañas establecidas y apoyadas por determinadas ideologías cercanas o identificadas con el poder.

Paradójicamente, estas mismas voces, que con sus prácticas injustas están negando a la Iglesia el derecho a la libertad de expresión, se lanzan con armas y bagajes a publicar falsedades o interpretaciones deficientes y sesgadas de la realidad. Con ellas, como saben muy bien sus autores,  merman la credibilidad de la Iglesia por parte de quienes no tiene otras fuentes de información que los medios de comunicación social tantas veces politizados o sujetos a intereses ajenos a la verdad. Quienes actúan de este modo lo hacen en nombre de la libertad de expresión  absolutamente necesaria en una sociedad plural.  Bien podríamos preguntarles: ¿aquí sí que vale la libertad de expresión? ¿es que esta libertad está reservada a unos pocos aunque estemos en una sociedad plural? ¿o es que la pluralidad es un accidente cuya definición está en manos de oligarquías de diverso tipo, aunque fundamentalmente monocordes?

 Yo  sigo pensando que la libertad de expresión, incluso para hablar de Dios y para

aplicar el Evangelio a las realidades temporales, es un derecho fundamental de quienes tenemos carta de ciudadanía, pagamos nuestros tributos directos e indirectos y emitimos un voto. No obstante cualquier persona sensata, que sabe de la debilidad humana, debe estar avisado de que las reacciones de las personas ante la realidad y los juicios y manifestaciones que de ella se derivan pueden ser, muchas  veces, un tanto peregrinas.

Hechas estas consideraciones, diré que hablar de Dios es un derecho fundamental de la persona, antes y más allá de las leyes y de las ideologías presentes en la sociedad. Otra cosa es que los que ostentan  y ejercen el poder, si carecen de objetividad, crean que el derecho es una concesión de quien legisla.

Desde una perspectiva cristiana sujeta a la lógica de la obediencia o de la gratitud, podría decirse que hablar de Dios es una obligación, porque es Jesucristo quien ha mandado que sus discípulos vayan por el mundo predicando el Evangelio y bautizando en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo a cuantos creyeran en su nombre. En verdad, negar a la predicación cristiana o a la responsabilidad de hablar de Dios el carácter de obligación moral sería olvidar la fuerza de verdad y de justicia y de salvación que tienen las palabras de Jesucristo. De hecho, refiriéndose al inmenso don que supone el conocimiento de Dios  para la ordenación y aprovechamiento de nuestra vida, el mismo Jesucristo nos ha dicho bien claramente que debemos dar gratis lo que gratis hemos recibido (cf. Mt. 10,8). Por tanto podemos afirmar con razón que hablar de Dios es, para los cristianos, una obligación en conciencia.

 

Sin embargo me gusta más y me parece más importante, que el hablar de Dios, además de un derecho y de una obligación perfectamente razonable e inteligible, lo sintiéramos como una necesidad interior e incontenible. Claro está que, para sentir y pensar así es absolutamente necesario haber experimentado la fuerza salvífica de la palabra y de la acción de Dios en favor nuestro. Este sentimiento y este convencimiento es lo que habitualmente se llama <experiencia de Dios>. Lograr esta experiencia es tarea que compromete la vida entera, porque el conocimiento de Dios es inagotable; y la experiencia de Dios puede estar creciendo cada día, porque cada día podemos experimentar la protección de Dios, la luz de Dios y, por tanto, la salvación de Dios.

Apoyados en el derecho de libertad de expresión, y urgidos por la obligación de fidelidad a Jesucristo que nos manda ser sus testigos con hechos y palabras, podemos lanzarnos a dar curso a esa necesidad interior que brota del ánimo de ofrecer a los hermanos aquello que tanto ha significado para nosotros. San Pablo nos comunica su necesidad de predicar a partir de su encuentro con el Señor. Y no entendiendo su vida sin dar curso a esta necesidad que brota del amor a Dios y al prójimo por Dios, exclama “Ay de mí si no evangelizare”.

 

+ Santiago García Aracil. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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