¿Ha perdido sentido la Cuaresma?, por Francisco Gil Hellín
Carta del Obispo Cuaresma 2015 Especiales Ecclesia Iglesia en España

¿Ha perdido sentido la Cuaresma?, por Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos  

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¿Ha perdido sentido la Cuaresma?, por Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos  

Mensaje del arzobispo de Burgos para el domingo 1 marzo 2015 

El papa Francisco decía en su última audiencia de los miércoles: “La ruptura de la unión entre hermanos es un desastre. Sin embargo, ¡cuántos hermanos litigan por pequeñeces, por una herencia, y dejan de hablarse, de saludarse. ¡Esto es desastroso!” Y añadía: “Todos conocemos familias cuyos hermanos están divididos, que han reñido. Pidamos al Señor por estas familias –quizás en la nuestra hay algún caso- que ayude a unirse los hermanos, a reconstruir la familia”.

Cuando leía estas palabras, me hacía esta reflexión: ¡Qué razón tiene la Iglesia para seguir celebrando la Cuaresma y llamarnos a todos a la reconciliación, al perdón, a la fraternidad! Es tremendo que, quienes hemos estado en el mismo seno materno durante nueve meses y hemos comido tantas veces en la misma mesa, luego podamos enfrentarnos y dejar de hablarnos. La Cuaresma es un tiempo propicio para deponer las enemistades y malquerencias y fomentar, en cambio, la misericordia y el perdón.

Por otra parte, unos más y otros menos pero todos mucho, tenemos la experiencia del hijo pródigo. Aquel muchacho lo tenía todo. Su padre era rico, tenía muchos criados y sentía por él una especial predilección por ser el más pequeño. Un día se cansó de estar en su casa y marchó a gozar de la libertad y a vivir la vida. Al principio todo iba sobre ruedas: tenía el dinero de la herencia que le había dado su padre por adelantado, tenía los amigos que nunca faltan en esas circunstancias y se sentía feliz. Sin embargo, la realidad no tardó en demostrarle su error. Se acabó el dinero, se acabaron los amigos y comenzó a experimentar qué es pasar hambre y qué supone no tener una cama para dormir. ¡Menos mal que recapacitó y volvió a casa, donde su padre le abrazó y le trató como lo que nunca había dejado de ser para él: como a un hijo! La Cuaresma es una oportunidad de oro para hacer de hijo pródigo y volver a Dios. Vale la pena ser un poco sinceros y un poco humildes y acercarnos al sacramento de la Reconciliación y hacer las paces con Dios y comenzar una vida nueva.

Aquí está, en última instancia, la razón última por la que la Iglesia invita y urge a sus hijos a confesarse y comulgar por Pascua. Ella sabe muy bien la verdad que encierran las palabras de Santa Teresa: “Quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta”. Palabras que, vueltas al revés, suenan tan realistas como las otras: “Quien a Dios no tiene, todo le falta, nada le basta”.

El Papa ha estado durante toda esta semana haciendo Ejercicios Espirituales fuera del Vaticano. Ha dejado todos sus compromisos y todas sus ocupaciones para dedicarse a escuchar con más asiduidad la Palabra de Dios, a dejarse interpelar con más sinceridad por ella y a dedicarse a una oración más intensa. El Papa procede así por coherencia. Él, en efecto, no deja de decirnos que hay que leer y meditar todos los días el Evangelio, que hay que rezar, que hay que vivir más metidos en Dios, que, en una palabra, hay que tratar de ser mejores discípulos de Jesucristo. En casi todas nuestras parroquias, los sacerdotes organizan charlas o ejercicios cuaresmales. Nos haría mucho bien seguir el ejemplo del Papa y asistir a ellas para escuchar la Palabra de Dios y avivar nuestra fe y nuestro amor.

Este encuentro con Dios nos llevará a querer más a los demás. Porque, cuando el encuentro con Dios es verdadero, siempre terminamos encontrándonos con quienes somos sus hijos, especialmente, con los enfermos, los pobres, los que lo están pasando mal por la causa que sea. Cuaresma nos lleva así a Cáritas, a Manos Unidas, al Banco de alimentos, a otras instituciones benéficas para ayudar a los hermanos.

La Cuaresma, por tanto, lejos de haber pasado de moda, es enormemente actual. ¡Ojalá escuchemos la voz del Señor y no endurezcamos nuestro corazón!

+Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos

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