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Grito interreligioso a favor de la paz y la acogida a los refugiados en Madrid

Grito interreligioso a favor de la paz y la acogida a los refugiados

  Este jueves por la tarde, la Mezquita Central de Madrid ha acogido un acto público impulsado por diferentes organizaciones, comunidades y colectivos representativos de las tradiciones religiosas de Madrid, a fin de «promover el cambio social y personal que permita reflexionar sobre la importancia del diálogo y colaboración entre las religiones y la sociedad civil, para frenar la violencia en el mundo, trabajar conjuntamente por la convivencia y construir entre todos una sociedad más justa y abierta a la acogida del refugiado y el diferente, en pro de la paz, a nivel local e internacional».

Tras las intervenciones de los distintos grupos presentes, se ha leído un comunicado conjunto en el que se señala que Europa vive una «crisis de solidaridad», que constituye un «gravísimo atentado contra los derechos humanos y es contraria a las enseñanzas que profesamos en favor de una humanidad comprometida con los necesitados, responsable de la justicia y de la paz, y favorecedora de la cultura de la hospitalidad».

Por ello, los firmantes defienden «una acogida digna de las personas solicitantes de asilo que huyen de la persecución religiosa, el hambre y de la guerra». Y piden el «cumplimiento europeo de sus compromisos con los derechos fundamentales y de la realización inmediata de la relocalización de refugiados desde tierras de Grecia e Italia», así como de «los compromisos de reasentamiento de la Ley española de Asilo, especialmente para personas vulnerables»; denunciando que «el Estado sigue sin gestionar la llegada a nuestro país de las personas que necesitan protección y refugio».

En la misma línea, muestran su rechazo al acuerdo suscrito con Turquía por parte de la Unión Europea «como estrategia para negar el derecho de asilo a las personas que huyen de la guerra», incidiendo en que «se basa en la afirmación de que Turquía puede ser considerado país seguro, en contra de lo que ha sido denunciado por numerosas organizaciones y el Consejo Europeo de Refugiados (ECRE)».

Estas denuncias, según subrayan, nacen del «compromiso de nuestra fe y enseñanzas proféticas». «Estamos comprometidos con la paz y rechazamos toda forma de violencia, en particular la de las guerras y el terrorismo, por eso, condenamos categóricamente la justificación de la violencia en nombre de Dios por ser contraria a la naturaleza de Dios y a todo acto verdaderamente religioso. Nuestro camino es la reconciliación y reclamamos de nuestros gobiernos el compromiso de abordar los conflictos bélicos y resolverlos de forma pacífica y duradera. Será la mejor manera de evitar que haya personas que tengan que huir de sus casas y de sus países», aseveran.

Firman la declaración conjunta la Comisión Islámica de España (CIE); el Arzobispado de Madrid de la Iglesia Católica Romana; la Iglesia Siro-Ortodoxa, la Iglesia Evangélica Española (IEE); la Comunidad Bahá’í; el Centro Budista Shambhala; la Asociación para la Conciencia de Krishna (Hare Krishna), y la Iglesia de la Comunidad Metropolitana. También se suman la Asociación Ecuménica Internacional (IEF); la Asociación Hispano-Turca Casa Turca; el Carmelo Ecuménico; la Comisión diocesana de Justicia y Paz del Arzobispado de Madrid; la Comunidad Sant‘Egidio; los Cristianas y cristianos de base de Madrid; ECUDIR (Institución Teresiana); Evangelio, Justicia y Derechos Sociales; el Movimiento de los Focolares, y Redes Cristianas.

«Paremos todas las guerras; no convirtamos Europa en una fortaleza cerrada y asfixiante»

En representación de la Iglesia católica, el vicario de Pastoral Social e Innovación del Arzobispado de Madrid, José Luis Segovia, ha leído un texto en el que recuerda que «en el ADN del hecho religioso está el que ningún sufrimiento humano puede sernos ajeno»; incidiendo en que «para nuestra tradición religiosa, Dios se ha volcado plenamente en Jesucristo y en su proyecto de felicidad para la humanidad» y en que «en Él descubrimos una radical apuesta por la vida, el cobijo más seguro de una inviolable dignidad que se enloda con la violencia, la guerra, el terrorismo, el fundamentalismo o la desigualdad». «Paremos todas las guerras; no convirtamos Europa en una fortaleza cerrada y asfixiante, ayuna de valores éticos, amnésica de sus raíces, relativista, y zambullida frívolamente en la lógica miope del miedo al diferente y el cálculo utilitarista», ha aseverado.

En este sentido, Segovia ha pedido que los gobiernos europeos «miren a los ojos de las personas que piden asilo y refugio, cumplan con holgura los compromisos internacionales, eleven los estándares de protección efectiva y apuesten de una vez generosamente por la acogida y la solidaridad»; detallando posibles medidas recogidas en el texto conjunto como que se faciliten «corredores humanitarios hacia nuestro país, para impedir el abuso de las mafias» o «que se replantee el acuerdo firmado con Turquía que contiene la contraproducente pretensión de externalizar los problemas».

Manifiesto conjunto íntegro

Reunidos como personas de fe y de convicciones religiosas, pertenecientes a distintas tradiciones religiosas con presencia en Madrid, nos pronunciamos a favor de una acogida digna de las personas solicitantes de asilo que huyen de la persecución religiosa, el hambre y de la guerra. Nos pronunciamos a favor del cumplimiento europeo de sus compromisos con los derechos fundamentales y de la realización inmediata de la relocalización de refugiados desde tierras de Grecia e Italia. Nos pronunciamos a favor del cumplimiento de los compromisos de reasentamiento de la Ley española de Asilo, especialmente para personas vulnerables.

Rechazamos la idea extendida de hablar de una crisis de refugiados, cuando lo que no estamos cumpliendo es la solidaridad y la justicia requeridas por nuestros compromisos internacionales como españoles y europeos. Nos encontramos ante una crisis de solidaridad. Numerosos municipios, personas individuales y comunidades de fe han puesto a disposición sus hogares y plazas de acogida, que se encuentran vacías mientras el Estado sigue sin gestionar la llegada a nuestro país de las personas que necesitan protección y refugio.

Rechazamos el acuerdo suscrito con Turquía por parte de la Unión Europea, que entró en vigor el pasado 20 de marzo, como estrategia para negar el derecho de asilo a las personas que huyen de la guerra. El citado acuerdo se basa en la afirmación de que Turquía puede ser considerado país seguro, en contra de lo que ha sido denunciado por numerosas organizaciones y el Consejo Europeo de Refugiados (ECRE). La determinación de Turquía como país seguro y las devoluciones masivas de personas solicitantes de asilo no están amparadas por la legislación internacional ni corresponden a los tratados suscritos por la Unión Europea en materia de asilo y refugio.

Consideramos un atentado contra los derechos fundamentales la aplicación de políticas contrarias a nuestra legislación y al derecho internacional, como la devolución de personas, la detención de solicitantes de asilo y la consideración de país seguro a Turquía, mientras que los acuerdos de relocalización y reasentamiento se prolongan en el tiempo sin soluciones efectivas a las necesidades de las familias refugiadas entre las que numerosos niños se encuentran en situación de vulnerabilidad.

Como comunidades de fe y convicciones religiosas, consideramos que esta crisis de solidaridad constituye un gravísimo atentado contra los derechos humanos y es contraria a las enseñanzas que profesamos en favor de una humanidad comprometida con los necesitados, responsable de la justicia y de la paz, y favorecedora de la cultura de la hospitalidad.

Apoyamos con rotundidad iniciativas en el Estado español que faciliten el paso seguro de inmigrantes a través del Mediterráneo, como los corredores humanitarios, evitando las mafias que trafican con la vida humana y desarrollando la colaboración con las entidades locales, tal y como se está realizando en Italia gracias a comunidades cristianas.

El compromiso de nuestra fe y enseñanzas proféticas nos llaman a denunciar lo que consideramos una falta de humanidad y de justicia. Estamos comprometidos con la paz y rechazamos toda forma de violencia, en particular la de las guerras y el terrorismo, por eso, condenamos categóricamente la justificación de la violencia en nombre de Dios por ser contraria a la naturaleza de Dios y a todo acto verdaderamente religioso. Nuestro camino es la reconciliación y reclamamos de nuestros gobiernos el compromiso de abordar los conflictos bélicos y resolverlos de forma pacífica y duradera. Será la mejor manera de evitar que haya personas que tengan que huir de sus casas y de sus países.

Es cierto que a lo largo de la historia, en numerosas ocasiones, los miembros de las distintas religiones no siempre hemos sabido resolver o evitar los conflictos bélicos. En nombre de la religión se han justificado guerras y barbaries, se han fomentado odios o simplemente no se ha hecho lo necesario por evitar tales conflictos. Pero no es menos verdad que los valores sobre la familia humana y la dignidad de todas las personas también tienen una inspiración religiosa. Desde las religiones hemos contribuido en muchas ocasiones a la reconciliación y a la paz, siendo mediadores a través del diálogo y acciones conjuntas. Unidos, hombres y mujeres de todos los credos religiosos, experimentamos que nuestra fe es un motor imparable para superar los prejuicios y convivir pacíficamente. Encontramos en la religión la fuerza para promover una cultura de la acogida y la hospitalidad, de la mediación, el diálogo y la reconciliación, en la que la paz sea el fruto perenne de una justicia que anhelamos junto con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que sueñan para sus descendientes un mundo mejor.


Manifiesto de la Iglesia católica de Madrid íntegro

Las religiones, rectamente vividas, reclaman de por sí una actitud de descentramiento y radical apertura a lo diferente, y de acogida a la alteridad más absoluta. Constituyen un apremiante llamamiento a la compasión. En el ADN del hecho religioso está el que ningún sufrimiento humano puede sernos ajeno.

La fe en Dios, garante incondicionado de fraternidad universal, lejos de blindarnos el corazón, nos regala la certeza de que constitutivamente somos don, creaturas suyas, hechura de su designio amoroso, ámbito apasionante de libertad, y apremiante convocatoria para transformar la realidad según su sueño de justicia y de paz. También nos recuerdan lo elemental: que no somos propietarios de la tierra sino usufructuarios, que sus recursos están al servicio de todas las mujeres y hombres que la pueblan, que las rayas nada inocentes que dividen el mapamundi con fronteras, y las más sangrantes que separan con muros, espinos y concertinas, no tienen nada de divinas y son muchas veces profundamente inhumanas.

La Iglesia católica quiere ser, en fidelidad al Evangelio de Jesucristo, la mano larga y siempre abierta al dolor ajeno de parte del buen Dios, el creador amoroso del cosmos, el que nos sobrevuela con infinita ternura, el que alimenta nuestro anhelo insobornable de justicia. Para nuestra tradición religiosa, Dios se ha volcado plenamente en Jesucristo y en su proyecto de felicidad para la humanidad. En Él descubrimos una radical apuesta por la vida, el cobijo más seguro de una inviolable dignidad que se enloda con la violencia, la guerra, el terrorismo, el fundamentalismo o la desigualdad. En Él se funda nuestra pasión por la libertad frente a toda coacción y frente a la miseria. La fe nos enseña que el amor es más fuerte que la muerte, que la fraternidad rompe muros y tiende puentes; que no podemos pasar de largo ante el caído y apaleado en el camino sin recibir un salivazo de indignidad. El Evangelio es, por tanto, un factor fecundante de todo lo humano, que es afirmado rotunda y radicalmente.

Por eso, unidos a todas las confesiones religiosas, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, proclamamos con toda la fuerza de que somos capaces: En el nombre de Dios, del Altísimo, del Compasivo, paremos todas las guerras; no convirtamos Europa en una fortaleza cerrada y asfixiante, ayuna de valores éticos, amnésica de sus raíces, relativista, y zambullida frívolamente en la lógica miope del miedo al diferente y el cálculo utilitarista.

Queremos que los gobiernos de la UE, y en particular el español, miren a los ojos de las personas que piden asilo y refugio, cumplan con holgura los compromisos internacionales, eleven los estándares de protección efectiva y apuesten de una vez generosamente por la acogida y la solidaridad. Aspiramos a que se protejan con exquisito cuidado los derechos humanos, sin olvidar la libertad religiosa, como hitos en el lento éxodo de la barbarie hacia la civilización del amor y la fraternidad universal. La Iglesia católica de nuestra diócesis de Madrid, de manera unánime, pide que se faciliten a los refugiados corredores humanitarios hacia nuestro país, para impedir el abuso de las mafias sobre las personas vulnerables y, asimismo, que se replantee el acuerdo firmado con Turquía que contiene la contraproducente pretensión de externalizar los problemas.

Las personas desplazadas, los migrantes y refugiados son para nosotros el rostro doliente de Cristo. Constituyen para todos, creyentes y no creyentes, la prueba del algodón de nuestra fibra moral y son el juicio último sobre la dignidad con que afrontamos la vida. Los pobres, los refugiados e injusticiados son en nuestra tradición religiosa portadores de gracia para quienes ejercen obras de misericordia y de justicia con ellos. Que el Dios de la paz, el que nos habrá de juzgar desde la ética del cuidado y la hospitalidad, nos ayude a todos a ser justos y compasivos como es Él. Que Su fuerza y coraje nos regalen la audacia que reclama este singular momento de la historia. Amén.



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