Cartas de los obispos Última hora

Grandeza y límites de la familia, por Fidel Herráez

El periodo de pandemia sanitaria que hemos vivido y seguimos padeciendo en sus múltiples consecuencias todavía, ha puesto de relieve la importancia de una realidad fundamental e insustituible para todos y cada uno de nosotros: la familia. Obligados a estar confinados en nuestros hogares, hemos experimentado que la familia ha sido la referencia y el centro de todo: ha sido cobijo, sustento, apoyo mutuo, lugar de trabajo, aula de colegio, espacio de ocio, cuidado de los más frágiles (mayores y pequeños), fortaleza en el sufrimiento… amor que todo lo ha hecho posible. Quiero compartir hoy con vosotros alguna reflexión sobre lo vivido, con el deseo de que esta experiencia no nos deje indiferentes, y nos ayude a mantener o recuperar, si es preciso, los grandes valores de la familia.

Para muchos ha podido ser una ocasión de reponer el tiempo que no habíamos dedicado a algo tan importante en nuestras vidas, como es la familia. Sin duda que ha supuesto una oportunidad para el diálogo, el encuentro, el mayor conocimiento, el refuerzo de esos lazos tan estrechos que nos unen… El ritmo de vida que llevamos a veces tan frenético, con problemas para la conciliación de lo familiar y lo laboral, nos dificulta la posibilidad de disfrutar y gozar de la presencia, de la compañía y del enriquecimiento mutuo. El Papa Francisco recuerda muchas veces la importancia de disfrutar del tiempo de familia como algo fundamental para el oportuno desarrollo de las personas. Cuenta que, cuando era Obispo de Buenos Aires, «a menudo preguntaba a los papás si jugaban con sus hijos, si tenían el valor y el amor de perder tiempo con los hijos. Y la respuesta, en la mayoría de los casos, no era buena: «Es que no puedo porque tengo mucho trabajo…». Y el padre estaba ausente para ese hijo que crecía, no jugaba con él, no, no perdía tiempo con él».

El confinamiento, así me lo habéis manifestado muchos de vosotros, nos ha ayudado precisamente a redescubrir la importancia y la grandeza de la familia. Sería bueno que, ahora, podamos fortalecer y apuntalar lo aprendido. A mí, personalmente, me ha gustado, por ejemplo, la capacidad que habéis tenido, durante estos meses, de orar en el seno de vuestras familias. A lo largo de este tiempo, especialmente los domingos y las fiestas de Semana Santa, se ofreció desde la Diócesis y desde las parroquias algún material para poder rezar en nuestras casas, ya que no era posible el culto público en los templos. Sé, y me alegra, que muchos de vosotros lo habéis acogido con empeño y gratitud. Rezando en familia, no lo dudéis, también se ha fortalecido vuestro amor y vuestra fe.

De esta manera, la familia se ha convertido durante estos días, de forma especial, en auténtica Iglesia doméstica. En efecto, así comenzó la Iglesia cuando, en los inicios, se reunían los primeros cristianos en las casas para orar, para escuchar la Palabra y para fortalecerse en la Caridad. Y así ha de sentirse cada familia, «pequeña Iglesia» o «Iglesia en miniatura»: un espacio privilegiado para la experiencia de fe, para el encuentro con Cristo, para el descubrimiento de la misión. Por desgracia, la secularización que nos inunda ha silenciado el hecho religioso en el seno de la familia, reduciéndolo únicamente al ámbito de los templos. Quizás la experiencia vivida nos pueda ayudar a recuperar esa vocación y a transformar nuestras familias en las Iglesias domésticas que el mundo necesita.

Pero no pretendo idealizar la realidad. Soy consciente de que, junto a estos aspectos positivos, la pandemia también ha supuesto un periodo de sufrimiento y de crisis en bastantes hogares. ¡Cuánto dolor se habrá acumulado en muchas de nuestras casas! Dolor por las ausencias, con la separación de algunos de sus miembros, como los ancianos que son los que más han sufrido estos días; sufrimiento por adiciones que se han manifestado en la convivencia, problemas derivados de la violencia de género; dificultades en las relaciones, desencuentros… No extraña que, según las noticias de estos últimos días, los niveles de divorcios y conflictividad familiar hayan aumentado, por desgracia.

La Iglesia es muy consciente de las limitaciones y crisis que se pueden vivir en el matrimonio y la familia. Es verdad que el Sacramento supone siempre una gracia que el Señor nos concede gratuitamente, una fortaleza en medio de la debilidad. Pero también se requieren el acompañamiento y apoyo de las ciencias humanas para fortalecer y acompañar los procesos de interrelación que superen los conflictos. Desde esa certeza, en nuestra Diócesis se creó hace veinte años el Centro de Orientación Familiar, que pretende ayudar en los posibles problemas de la convivencia familiar.

«Tener un lugar a donde ir, dice el Papa, se llama Hogar. Tener personas a quien amar, se llama Familia, y tener ambas cosas se llama Bendición.» Pido al Señor que nuestras familias cristianas respondan con fidelidad a sus planes y sean una bendición para la Iglesia y para la sociedad.

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