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Carta del Obispo Iglesia en España

Gracias, diócesis de Getafe, por su ya obispo emérito, Joaquín María López de Andújar

GRACIAS, DIÓCESIS DE GETAFE

Muy queridos hermanos y amigos: El pasado 13 de septiembre, al cumplir los 75 años, puse mi cargo de obispo de Getafe a disposición del Papa, como establece el derecho canónico. Y hoy, 3 de enero, se ha hecho pública la decisión del Santo Padre de aceptar mi renuncia y de nombrar obispo de esta Diócesis a Mons. Ginés García Beltrán, hasta ahora obispo de Guadix.

Su toma de posesión será, D.m., el próximo 24 de febrero. Hasta ese día, por decisión del Papa, yo seguiré al frente de la Diócesis como administrador apostólico.

Al llegar este momento, mi sentimiento más profundo es de inmensa gratitud a Dios y a vosotros, queridos diocesanos de Getafe.

El 12 de octubre de 1991 arrancó la apasionante historia de la Diócesis, que había sido creada el 23 de julio mediante Bula Pontificia por el entonces Papa, san Juan Pablo II, segregándola de la Archidiócesis de Madrid y nombrando primer obispo a Mons. Francisco José Pérez y Fernández Golfín, que en paz descanse.

Al día siguiente de su toma de posesión, el 13 de octubre, el nuevo obispo me nombraba vicario general. Era el primer nombramiento de la Diócesis. Desde entonces, toda mi vida ha estado dedicada a esta querida Diócesis. Ha sido un gran regalo de Dios.

El 6 de mayo de 2001 fui nombrado por san Juan Pablo II obispo auxiliar de Getafe y, en diciembre de 2004, tras la muerte repentina de Mons. Francisco José Pérez y Fernández Golfín, fui nombrado, después de varios meses de administrador diocesano, obispo de Getafe, cargo que he desempeñado hasta el día de hoy.

Han sido años intensos y admirables. Los primeros, junto a D. Francisco, fueron de una gran riqueza espiritual para mí. Él puso su confianza en mí, yo puse mi confianza en él y los dos pusimos nuestra confianza en Dios. Y juntos sufrimos y gozamos. Aprendí mucho de él. Él fue mi maestro, mi amigo y un ejemplo admirable de entrega apostólica.

Y así, unidos a nuestros sacerdotes, a nuestros consagrados y a nuestros seglares fuimos dando forma a la Diócesis. Conservando lo que ya existía, que era mucho y muy bueno, en cierta manera había que empezar de nuevo todo. Había que crear una Diócesis. Había que poner en marcha un seminario y había que establecer todos los organismos de gobierno, de comunión y de formación necesarios para que la Diócesis de Getafe fuera realmente, como dice el Concilio, una porción del Pueblo de Dios, confiada al obispo, para ser apacentada, con la cooperación de sus sacerdotes, de manera que, adherida a su Pastor y reunida por él, en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y de la eucaristía, constituyese una Iglesia particular, en la que se encontrara y operara realmente la Iglesia de Cristo, que es ‘Una, Santa, Católica y Apostólica’ (Cf. Vaticano II CD n. 11).

Tras la muerte repentina de D. Francisco y, siendo ya obispo auxiliar, el Papa me nombró obispo de Getafe. Era una gran responsabilidad, pero el Señor me ha concedido vivirla siempre, aun en los momentos más difíciles, con mucha paz, con mucha confianza en la gracia y con mucho gozo.

Siempre he estado apoyado por la oración de la Iglesia, que en todas las eucaristías ora por su obispo; siempre me he sentido acompañado, querido y auxiliado por mis sacerdotes, a muchos de los cuales he ordenado yo. Y siempre me he sentido confortado y conmovido por el ejemplo de santidad de muchas personas, tanto sacerdotes como consagrados y laicos.

Quiero destacar especialmente la ayuda de los dos obispos auxiliares. D. Rafael Zornoza, actual obispo de Cádiz, y D. José Rico, con el que comparto, en este momento, el ministerio episcopal. Han sido amigos, hermanos y consejeros con los que he vivido las preocupaciones más graves y las decisiones más difíciles de mi ministerio episcopal.

También quiero destacar la ayuda, la lealtad, la paciencia y el amor a la Iglesia de los vicarios generales y del canciller secretario, que han sido mis colaboradores directos en el gobierno pastoral de la Diócesis, y en muchos momentos han tenido que preparar el terreno, no sin esfuerzo, para importantes decisiones y eventos de la vida diocesana, fomentando siempre entre todos un auténtico espíritu de comunión.

Una institución esencial en la Diócesis ha sido su Seminario Mayor, que con gran sabiduría supo poner en marcha mi antecesor, D. Francisco, y que en la actualidad está regido por un extraordinario equipo de sacerdotes, a los que agradezco con toda mi alma su dedicación a los seminaristas, su fidelidad a la Iglesia y su ejemplo de vida sacerdotal.

Y, muy unido al Seminario Mayor, está nuestro Seminario Menor de Rozas de Puerto Real, que, admirablemente y gracias al esfuerzo de los diversos sacerdotes y profesores que lo han ido dirigiendo, ha ido adaptándose a los cambios sociales y convirtiéndose claramente en un espacio educativo, en el que los niños y adolescentes con indicios de vocación sacerdotal pudieran ser cuidados y acompañados en el desarrollo de su incipiente vocación.

A los seminaristas quiero decirles en esta carta de despedida que la llamada al ministerio sacerdotal es un gran don de Dios y que, si son fieles al Señor, aunque tengan que superar dificultades y renunciar a muchas vanidades que el mundo aprecia, su vida será feliz y vivirán experiencias muy hondas, en su encuentro personal con Dios y con los hombres, y una paz interior que nadie les podrá arrebatar.

Hago mías las palabras que san Juan Pablo II dirigió a los jóvenes en Cuatro Vientos, en su última visita a España: “Os doy mi testimonio: yo fui ordenado sacerdote cuando tenía 26 años (lo mismo que yo) y, al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida (en mi caso 49), os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!”.

Doy muchas gracias a Dios, por lo hermosa que es la Iglesia, con su variedad de ministerios y carismas. He disfrutado mucho, especialmente en mis visitas pastorales, con los niños, con los jóvenes, con los mayores, con las familias, con las comunidades de vida consagrada, visitando a los enfermos, escuchando a mucha gente y celebrando los sacramentos.

Me he sentido muy impresionado y agradecido por la presencia de la Iglesia a través de una multitud de voluntarios en los lugares donde se sufre mucho, como sucede en las cárceles, en los hospitales, en los despachos de Cáritas, en los albergues y comedores sociales, en las residencias de ancianos y en los talleres de formación profesional donde se forman alumnos expulsados de los centros de enseñanza oficiales.

Realmente he comprobado que el Espíritu Santo ha sido derramado en los corazones de los que sinceramente buscan el amor y la verdad, dando admirables frutos de santidad.

Jesucristo vive y actúa poderosamente en la Iglesia y es la luz que alumbra sin cesar las tinieblas de este mundo.

Doy especialmente las gracias a Dios por las comunidades de vida contemplativa. Su presencia silenciosa, su continua oración y la entrega de sus vidas son un regalo para todos y una fuerza misteriosa que llena de vitalidad a la Iglesia. Ellas me han acompañado en todo momento, han rezado continuamente por mí y han seguido con interés y mucho amor mis trabajos pastorales. La visita a sus monasterios ha sido siempre un descanso y una alegría.

Y quiero dar gracias a Dios por las familias. En primer lugar, por la mía, donde nací a la fe y donde el ejemplo y la piedad de mis padres me acompañaron siempre, hasta que el Señor se los llevó.

Y doy gracias a Dios por las familias de la Diócesis. La familia ha sido mi gran preocupación y mi gran amor. ¡Gracias, familias católicas de la Diócesis de Getafe! Gracias a todos los que ayudáis y acompañáis a las familias, en la Delegación de Familia, en el Centro de Orientación Familiar, en los colegios católicos, en las parroquias y en las comunidades cristianas.

Gracias, ‘Familias de Tortosa’ y ‘Familias del Camino de Santiago’. He gozado mucho con vosotros y también he sufrido y he llorado por las duras pruebas que algunas familias, muy queridas para mí, habéis tenido que soportar. He visto a Dios en vosotros, queridos matrimonios, queridos niños y jóvenes, queridos abuelos. Podéis contar siempre con mi oración y estoy seguro de que yo también podré contar con la vuestra.

Viene a vosotros, enviado por Dios, un gran obispo, Mons. Ginés García Beltrán. Mis primeras palabras después de saludarle y darle la enhorabuena han sido: “Vas a disfrutar mucho en esta Diócesis”.

Es verdad que las alegrías van siempre unidas a los sufrimientos, porque, cuando se ama, se sufre. Pero ver esta Diócesis tan llena de vida y de proyectos, con tanto futuro por delante, va a llenar de gozo el corazón del nuevo obispo, como ha llenado el mío, y este gozo compensará con creces los sufrimientos y los problemas que, sin duda, tendrá que afrontar.

Recibidle como un don de Dios, abridle vuestros brazos, vuestros corazones y vuestros hogares. Y ved siempre en él al mismo Cristo, que ha querido prolongar en el obispo y en sus sacerdotes el amor de su Corazón.

Pido a la Virgen María que cuide con amor maternal, como siempre lo ha hecho, a ésta mi querida Diócesis. Hemos sentido su presencia cercana en muchos momentos: en las fiestas patronales, en las coronaciones canónicas, en las preciosas vigilias de la Inmaculada, en las inolvidables peregrinaciones de los jóvenes a Guadalupe. Hay mucho amor a la Virgen en el Pueblo de Dios. El pueblo ha intuido que, teniendo a la Madre, se tiene también al Hijo.

Pido a la Virgen María que cuide al nuevo obispo y a toda la comunidad diocesana de Getafe, para que viva muy unido a esta Madre tan buena, la imite en su fe, en su disponibilidad para el servicio y en su humildad. Que ella alcance para sus hijos de esta Diócesis la gracia de seguir a Jesucristo, que, desde el Cerro de los Ángeles, donde el próximo año conmemoraremos el centenario de la consagración de España a su Sagrado Corazón, abra sus brazos a los hombres y a las mujeres de esta zona sur de la Comunidad de Madrid y de toda España para acogerles e invitarles a entrar en su Reino de verdad y de vida, de caridad y de gracia, de justicia, de amor y de paz.

Me voy a vivir, gracias a la hospitalidad de las Madres Carmelitas Descalzas, a la casa del capellán del Convento de La Aldehuela, hasta que Dios quiera, junto al sepulcro de santa Maravillas de Jesús, que tan unida ha estado siempre a nuestra Diócesis. Desde allí rezaré por vosotros, serviré a los sacerdotes de la zona y os llevaré con mucho cariño en mi corazón.

Con mi bendición y afecto, un abrazo muy grande para todos.

 

+ Joaquín María.

Administrador apostólico y obispo emérito de Getafe

Getafe, 3 de enero de 2018

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