Carta del Obispo Iglesia en España Nacional

Ginés García Beltrán se despide de Gaudix: homilía de la misa de acción de gracias

Ginés García Beltrán se despide de Gaudix: homilía de la misa de acción de gracias, sábado 17 de febrero de 2018

“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Salmo 115)

Estas palabras del salmo expresan muy bien lo que siente mi corazón en este momento. Realmente no sé cómo puedo pagar al Señor el bien que me ha hecho al elegirme  para ser vuestro Obispo durante estos ocho años. Dios, Padre bueno, me ha bendecido en la persona de Cristo para ser sacramento de su presencia entre vosotros, y me ha permitido anunciar la salvación en medio de este pueblo que es la diócesis de Guadix.

Vosotros, querido hermanos y hermanas, habéis sido una bendición de Dios para mí, lo que me ha permitido cada día experimentar el amor que Dios me tiene, que Dios nos tiene.

Aquel 27 de febrero de 2010, en la plaza de las Palomas, y en el marco de mi ordenación episcopal, os decía. “Vengo a vosotros contento y con ilusión, es el Señor quien me envía; vengo a esta querida Diócesis a hacer su voluntad. Estoy firmemente persuadido que en la voluntad de Dios está la realización plena del hombre. No busquemos nuestra gloria, busquemos y trabajemos por la gloria de Dios”. A lo largo de estos años, y en medio de mis debilidades, he buscado que Dios sea glorificado, y para eso que sea conocido y amado. Él se ha encargado de darme el ciento por uno con vuestra cercanía y afecto expresados en tantos momentos de estos años.

El evangelio de este sábado de Cuaresma nos ha hablado de la vocación de Leví, un publicano, un pecador.

Jesús lo mira y lo llama. La mirada del Señor en el Evangelio, siempre es una llamada que saca de uno mismo, que transforma, que llena de vida y es misión. Una palabra que escuchó Leví, que yo también escuché, como hemos escuchado muchos de nosotros: “Sígueme”.

Cuando Jesús mira, ama. En Jesús hemos descubierto y experimentado el amor de Dios, un amor que sana las heridas del mal y del pecado. Leví era un pecador, pero Jesús lo mira y queriéndolo, lo lleva consigo y lo agrega al grupo de sus amigos, de sus íntimos.

Que hermoso ejemplo que ha de marcar el camino evangelizador de la Iglesia. Estamos llamados a propiciar el encuentro de los hombres con Jesús; y no somos nosotros los que elegimos, ni los que hacemos la selección. Es Él quien llama, quien elige, quien mira haciéndonos experimentar la misericordia.

En estos años de mi ministerio entre vosotros he aprendido algo importante y hermoso: hemos de estar abiertos a las sorpresas de Dios, dejarlo a Él que marque el camino, que sea el protagonista de nuestra historia, el centro real de nuestra vida eclesial. Aunque a algunos les pueda sorprender, quiero confesaros que ser Obispo, y esta ha sido la gran riqueza, me ha hecho mucho más religioso, me ha introducido en el misterio de la fe, muchas veces en la noche oscura, de modo especial; he ido descubriendo que sin una vida intensa de intimidad con el Señor os servía de poco. No tengo muchas cualidades, ni soy tan fuerte como para cargar con el peso del ministerio, pero en Él todo lo puedo, es Él quien me conforta, y Él quien ha guiado mis pasos y mi vida. Ser orante por mi pueblo, vivir a los pies del Señor Eucaristía me ha hecho levantarme cada día con fuerzas e ilusión renovada. Muchas veces, como Mateo, el publicano, he experimentado la mirada de Jesús que me sostenía y renovaba su llamada: “Sígueme”.

Cuántas veces he pensado y me han ayudado las palabras del Papa: “Para entender la realidad hay que acercarse con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar”.

Los escribas y los fariseos del Evangelio se escandalizaban de la actitud de Jesús porque en Leví veían un pecador. Jesús, sin embargo, veía un hombre, alguien al que hay que salvar, porque no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores.

En la evangelización, como hace Jesús, hay que poner rostros, hay que llegar a lo más interior de las personas, santuario donde habita Dios.

Podríamos describir y levantar estadísticas de la diócesis de Guadix, podríamos hacer diagnósticos y establecer terapias para avanzar en la construcción de una buena diócesis, pero este no es, no puede ser, el camino de la Iglesia. La Iglesia tiene rostro, y vive en la casa de sus hijos y de sus hijas. No se conoce a la Iglesia hasta que no se quiere a los que la formamos.

El ministerio episcopal es, según san Agustín, un officium amoris, por eso, sólo puede pastorear bien quien ama a su pueblo como hace Cristo, al que le duele su gente, el que sufre y goza con ellos. Sólo cuando se ama puede haber entrega. Los pastores de la Iglesia no nos pertenecemos, pertenecemos a Dios para el servicio de su pueblo santo. Nuestras personas, nuestras cualidades, lo que poseemos, y hasta nuestro tiempo son suyos.

Cómo no recordar, queridos hermanos y hermanas, mi visita pastoral a la Diócesis. Una experiencia de gracia que me ha permitido conoceros y quereros con todo el alma, poneros rostro, visitar vuestras casas y vuestros trabajos, compartir vuestra vida, desde cerca, sin prisa, escuchando. La visita pastoral, lo he repetido muchas veces, ha supuesto para mí y para mi ministerio una verdadera conversión personal y pastoral.

El Papa Francisco acuñó una expresión que se ha hecho común en el lenguaje eclesial y que es mucho más profunda de lo que puede parecer: ser una Iglesia en salida.

Ser Iglesia en salida exige salir de la modorra que produce la acomodación. Tenemos mucha historia, y en ella muchos testimonios de santidad. La gente viene a nosotros, pide el servicio de la Iglesia y de sus ministros, ¿qué podemos pedir más?. Vivimos en medio de un pueblo todavía creyente en su mayor parte. Pero esto no basta para la pasión evangélica. Como dice san Pablo: “Ay de mí si no anuncio el Evangelio”. No podemos quedarnos tranquilos en los recintos de nuestros templos, hemos de salir, de buscar, de proponer la salvación, de anunciar a Cristo en medio del mundo.

Hemos de celebrar, porque “la evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo” (EG, 24).

Quiero volver a repetir: la Iglesia que camina en Guadix es también responsable del progreso y del futuro de esta tierra y de esta gente. La evangelización tiene una dimensión social que le es esencial. Las generaciones cristianas que nos han precedido nos enseñan que la Iglesia ha de colaborar en la creación del tejido social en actitud de diálogo con todos, sin protagonismos, pero con un empeño decidido en trabajar por el bien del hombre y su dignidad, y por el bien común. Los pobres son una parte esencial de la comunidad, y a ellos hemos de ir. Nuestras Cáritas y demás instituciones de caridad han de ser lugar preferente en la vida de nuestras comunidades, porque sólo así seremos creíbles.

Los cristianos estamos llamados a vivir con ilusión y a generar ilusión a nuestro alrededor. Os pido que creamos en las posibilidades de esta tierra y de sus gentes; y no dejemos que se impongan los que piensan y juzgan como los fariseos y los escribas del Evangelio, pero no son capaces de comprometerse, aunque hacer siempre conlleva riesgos y sin sabores; recordemos en este sentido las palabras del Papa: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida” (EG, 49)

La diócesis de Guadix es una gran familia, una familia que nos hace experimentar que no estamos solos, al menos yo así lo he sentido, y por eso doy gracias a Dios.

Gracias a Dios por vosotros, querido hermanos sacerdotes, por haber sido mis colaboradores más cercanos en estos años. Sin vosotros el Obispo no puede nada. Gracias por los cinco sacerdotes que han recibido el ministerio por la imposición de mis manos, y por el diácono; gracias por la vida de los sacerdotes que durante mi ministerio  entre vosotros han muerto esperando la paga de los buenos pastores; gracias por cada uno de vosotros, queridos sacerdotes, que cada día gastáis vuestras vidas en el pueblo que el Señor os ha encomendado.

Gracias por el Seminario, por los jóvenes que en él se forman y por sus formadores. Sois, queridos seminaristas, no sólo las pupilas de los ojos del Obispo, sino su corazón y su esperanza. Rezo por vuestra perseverancia.

Gracias, queridos consagrados, porque habéis sido y sois el testimonio precioso del seguimiento de Cristo cuando ora, enseña, cura. Gracias por lo que sois y lo que hacéis.

Gracias pueblo santo de Dios. Los niños y los jóvenes; las familias y los mayores; los enfermos y los que pasáis por cualquier tipo de dolor y sufrimiento; gracias a los profesores, especialmente a los profesores de religión; a las Hermandades y Cofradías, a las asociaciones y movimientos eclesiales. Gracias a los que colaboráis en la caridad de la Iglesia; gracias a los que en silencio, sin protagonismos, me habéis cuidado para que pudiera dedicarme a la misión.

Gracias a las autoridades y a los representantes de la vida pública; gracias a los que colaboráis con el bien y el progreso de todos.

No quiero terminar sin pedir perdón por mis pecados, por mis errores y omisiones, por las veces que no me he entregado como estaba llamado a hacerlo, o por si a alguno he escandalizado con mis palabras o mis acciones. Os pido perdón de corazón.

Unas palabras del Evangelio expresan mi interior en este momento: “Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc, 17,10). He querido ser un siervo vuestro por Jesucristo, he hecho lo que tenía que hacer.

Ahora me despido de vosotros con agradecimiento y puestos los ojos en Jesucristo, mi Señor, y confiado en su gracia que me acompañará como hasta ahora en el nuevo oficio que se me confía en la Iglesia de Getafe.

Me uno ahora a vuestra oración para pedir por el nuevo Obispo, para que sea un Pastor según el corazón del Señor.

Pidamos la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, para que nos muestre siempre el fruto de sus entrañas, Jesús, y nos lleve a Él, nuestra vida y salvación, la delicia de nuestro corazón.

 

 

+ Ginés, Obispo electo de Getafe y AD de Guadix

 

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