Misa Crismal en Ávila. / Gonzalo González de Vega
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Gil Tamayo, tras pasar el COVID: «No somos nada, lo he comprobado al ver de cerca la muerte»

El obispo de Ávila,  José María Gil Tamayo,  aprovechó la solemnidad del Sagrado Corazón para tener un encuentro con la mayoría de los sacerdotes de la diócesis y celebrar la misa crismal. Tamayo recordó sus peores momentos como enfermo de coronavirus. «No somos nada, lo he comprobado cuando he visto de cerca la muerte», aseguró.

Normalmente, la consagración de los santos óleos se realiza durante la misa crismal en Semana Santa, como una renovación de las promesas sacerdotales. Ante la imposibilidad de haberla celebrado en esas fechas, muchas diócesis han optado por suspenderla hasta el próximo año, pero algunas la han celebrado. Es el caso de Ávila, sí se ha celebrado. Tamayo estuvo afectado por el COVID-19, llegando a precisar hospitalización. Tras su recuperación, en esta misa ha querido enviar un mensaje de agradecimiento. «Gracias, hermanos sacerdotes, porque os he sentido como mi familia en estas circunstancias tan especiales», expresaba.

«Voy a hablaros con el corazón». Así comenzaba la homilía de Tamayo, en una Eucaristía a la que ha asistido una buena parte del presbiterio abulense, y que ha servido tanto para bendecir los óleos y consagrar el Crisma, como para la renovación de las promesas sacerdotales. Una celebración en la que se han tenido en cuenta también las medidas de seguridad necesarias, tanto de distanciamiento, como de uso de mascarillas. Pero también, siguiendo el guión litúrgico cada sacerdote con su propio teléfono móvil, evitando así el uso de papeles y minimizando el riesgo de contagio.

Unas citcunstancias en las que a la humanidad se le han caído todos sus esquemas de poder. «Todo se ha venido abajo. Hemos recuperado la conciencia de nuestra finitud. Porque hemos visto que nos podemos ir en cualquier momento, y este obispo os lo dice con conocimiento de causa”, confesaba Gil Tamayo. Un mundo en el que «no podemos conformarnos con números fríos, con asistir a la catalogación de quien es útil y quien es desechable a la hora de atenderles, del descarte de los más pobres». Un mundo en el que, sin embargo, vemos «la mano tendida del que ayuda, del enfermero para cuidar enfermos hasta la extenuación, aunque hubiera terminado su jornada de trabajo, del trabajador de la administración, que se desvive en su trabajo para ayudar a salvar vidas; del farmacéutico, del voluntario, de vosotros, sacerdotes; de quienes trabajan por proporcionar servicios esenciales. Podíamos seguir así hasta completar una Letanía de buenas obras. Y es que todos ellos han desafiado al miedo para tender la mano. Hay muchos Santos de la puerta de al lado. Esto nos tiene que dar esperanza. Nos tiene que ayudar a no dejarnos invadir por la tristeza y el pesimismo, a no dejarnos arrastrar por la confrontación». Unas palabras del  obispo que hacían además referencia al mensaje de la Jornada Mundial de los Pobres que acaba de publicar el Papa Francisco, y en el que habla de una nueva normalidad basada en la solidaridad, y en la necesidad de salir del pesimismo para centrarnos en estos gestos de esperanza.

La comunión, esencial

Sobre el ministerio sacerdotal, José María Gil Tamayo hablaba una vez más de unión, de comunión. «La nuestra no es una profesión, un sindicato. Vamos a recuperar el sentido evangélico de lo que es la Iglesia, que no hagamos la distinción entre jerarquía y base, sino comunión. Dejemos las lógicas de poder, porque no van con nosotros. Así seremos nosotros verdaderos administradores de los misterios de Dios. Yo no soy el patrón. Estoy aquí porque el Señor me ha escogido. Mi lógica no es la de fastidiar la vida a nadie, sino la de servir. Algo que he escogido además como lema episcopal. Tenéis que ayudarme a cumplirlo. Todos somos colaboradores, debemos confirmar nuestra unión como iglesia diocesana, y de nosotros con la cabeza de la Iglesia».

El obispo confesó dos preocupaciones que tienen actualmente presentes: «la primera, las dificultades que nuestro pueblo puede sufrir por la enfermedad y la pobreza. Por eso, hemos de redoblar todos los esfuerzos de la caridad para poder atender a todos cuantos nos necesiten. La colecta de hoy se destinará a Cáritas, pero también es necesario que lo animemos en nuestras parroquias a nuestros fieles».

«La segunda preocupación son las vocaciones. Os anuncio que el 13 de septiembre será la ordenación sacerdotal de Javier Calvo, y el 27 de junio la ordenación de diácono del carmelita Luis Carlos en la Santa. Pero tenemos que espabilarnos, ser vocantes. Orar. Sin agobios ni angustias, pero teniendo esta intención presente, poner esta oración en nuestras intenciones cada jueves en la Liturgia de las Horas».

Terminaba José María de nuevo confesando que tenía ganas «de abriros mi corazón», en una celebración en la que se notaba la felicidad de los sacerdotes por estar de nuevo con su Obispo tras su convalecencia por COVID-19, y en la que se ha tenido muy presente a los enfermos y fallecidos por este virus, especialmente en el momento de bendecir el óleo que se ha destinado en no pocas veces al Sacramento de la Unción.

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