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Gil Tamayo: «O vivimos una globalización de la solidaridad, o nuestro mundo va a entrar en una situación muy difícil»

Ante el sufrimiento que está dejando esta pandemia, los miles de muertos, «me duele ver la desunión entre los políticos». Así ha reflexionado José María Gil Tamayo, obispo de Ávila, en una entrevista directora de la Oficina de Comunicación de su diócesis, Auxi Rueda, en la que han hablado del mes que pasó ingresado a causa del coronavirus. El prelado, que tiene el alta hospitalaria pero no médica, ha perdido más de diez kilos y se encuentra recuperándose poco a poco en su domicilio. Medios de comunicación, locales y nacionales, enviaron a través de la Oficina varias preguntas en las que Gil Tamayo ha profundizado sobre «el realismo de lo que es ser humano ante la enfermedad» o la necesidad de vivir unidos «en solidaridad con los más débiles».
El obispo ha querido agradecer a todos los fieles, en especial a los de su diócesis, las muestras de cariño y apoyo durante su convalecencia en el hospital así como la cercanía, entrega y servicialidad.

Lo primero, como es lógico, es preguntarle cómo se encuentra…

Me encuentro en recuperación. Los médicos me dicen que tenga paciencia porque esto va a costar. Pero yo me noto cada día mejor. Sobre todo, cuando miro para atrás y me veo en la situación en la que he estado. Ahora tomo distancia, y me hace ver con perspectiva la situación de debilidad en la que en algún tiempo he estado. Como por desgracia estamos viendo que hay gente que todavía lo está sufriendo, y pedimos por ellos.

Fue algo más de un mes su estancia en el hospital. ¿Cómo recuerda aquellos días?

Sentí una gran confianza, paz. Pero, al mismo tiempo, lo único que me preocupaba, por las circunstancias especiales que estábamos viviendo, de confinamiento e inmovilidad, era la situación familiar. Por la situación de mi madre anciana, con casi 90 años, con un hijo que había muerto hace poco más de un año. Mi preocupación era pensar en qué situación quedaba mi madre si a mí me pasaba algo. Pero insisto, con una paz inmensa, sabiendo que estaba en las manos de Dios, y en las manos de unos buenos profesionales, como después fui descubriendo con la entrega y la servicialidad.
Ha sido tiempo de soledad, de pensar, de rezar. Y esto hace que pase tu propia vida. Y yo decía: “Señor, si me has librado de tantas, por algo será”. En ese sentido de abandono en la Providencia. Pero no he tenido que hacer ningún esfuerzo especial. Sí veía que era una especie de montaña rusa. Me lo decía alguna médico: “Don José María, es que usted avanza, mejora, pero luego vuelve para atrás”. A veces me decían que hiciera esfuerzo, pero yo veía que ya no podía. Pero vuelvo a repetir, que sentía una paz y una tranquilidad que no era la de la comodidad, sino de decir que yo iba a hacer todo lo posible, que iba a luchar, pero que yo no tenía la última palabra.
Esto nos hacer recobrar el realismo de lo que es el ser humano. Yo me he visto muy dependiente, en manos de quienes me cuidaban con un cariño inmenso y una dedicación y competencia grande. Todo el personal sanitario, desde los médicos, las enfermeras, auxiliares, me cuidaban con primor y, al mismo tiempo, con una entrega y una exposición grande. Me veía que debía absolutamente a ellos. Esto da un realismo y una humildad sobrevenida sobre tu propia condición.

Tras haber vivido personalmente la Covid-19 ¿cree que la sociedad va a salir distinta? Si es que sí ¿en qué sentido? y ¿cómo cree que nos va a cambiar el coronavirus?

Nos deja una gran lección. La gran lección es que somos poca cosa. Que somos deudores de Dios y de los demás. Para un creyente, esto supone saber y tomar conciencia de que está en las manos de Dios. Esto que nuestra Santa Teresa decía en el Libro de la Vida: «Lo muy nada que somos, y lo muy mucho que es Dios». Esto nos hacer recobrar el realismo de lo que es el ser humano. Yo me he visto muy dependiente, en manos de quienes me cuidaban con un cariño inmenso y una dedicación y competencia grande. Todo el personal sanitario, desde los médicos, las enfermeras, auxiliares, me cuidaban con primor y, al mismo tiempo, con una entrega y una exposición grande. Me veía que me debía absolutamente a ellos. Esto da un realismo y una humildad sobrevenida sobre tu propia condición.
Y luego, como sociedad, a mí me duele, después de haber salido de esta situación, cuando veo a la clase política. Cuando los veo enzarzados, en desunión, cuando tenemos un enemigo común, una pandemia que está dejando tanto sufrimiento, unos muertos que son más que números (que se contabilizan cada semana como si fuera un simple dato). Y vemos que tenemos ante nosotros un horizonte donde los indicadores económicos y sociales nos están hablando de crisis, y estamos entretenidos en imposiciones ideológicas, en réditos electorales o partidistas. Estamos como anestesiados ante unas dificultades que vamos a tener, y donde por desgracia, quienes más las van a padecer, son los más débiles de la sociedad.
Esta crisis nos enseña que, o estamos unidos, o vivimos esa globalización de la solidaridad, o nuestro mundo va a entrar en una situación muy difícil, en la que los pobres y los países más desfavorecidos van a sufrir más.

¿Qué lección le ha dado esta pandemia de cómo ha de ser la Iglesia a partir de ahora?

Esto nos tiene que hacer volver más a Dios. Tener más en cuenta la Providencia y nuestra relación con Dios. Yo espero que de esta crisis salgamos más fortalecidos en fe, en confianza en Dios. El Señor nos puede parecer dormido en esta tempestad, pero Él nos dice: «No tengáis miedo». Está con nosotros. «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estoy en medio de ellos», nos dice.
Tenemos que vivir de una manera más plena el gran argumentario cristiano que es la caridad. No sólo estamos en una lucha cultural por mostrar los valores del Evangelio frente a una civilización contraria. Nuestra manera de convencer es, como nos está diciendo el Papa Francisco, siendo servidores, siendo hospital de campaña, siendo samaritanos. Ante ese argumentario, las ideologías se caen. Ante ese argumentario, no vale simplemente el recurso a unas ideas que imponer, o con las que convencer al otro, sino mostrar que el ser humano es necesitado y es dependiente uno de otro. Y eso, como Iglesia, mostrarlo en esas Bienaventuranzas, en esas Obras de Misericordia que tanto nos ha insistido el Papa.

¿Ha notado que con esta crisis sanitaria, nunca antes vivida, los abulenses se han abrazado en mayor medida a la fe?

Creo que en Ávila hay un profundo sentido religioso. Tierra de santos y cantos. Hay una impronta religiosa que yo estoy descubriendo cada vez más como obispo. En la manera de ser castellana hay un ADN por tradición, por familia, hay una cercanía. Yo lo he experimentado como obispo, en el tiempo que llevo, en mi trato con la gente, en las celebraciones. Y en la enfermedad. A mí me han cuidado como al Señor. Yo no era en ese momento José María Gil Tamayo para ellos. Y esto, en gente anónima. Esto, si no sabemos aprovecharlo los Pastores, estamos perdiendo una oportunidad. Ávila tiene filón, tiene espiritualidad en sus místicos, para dar respuesta. Hay una tradición religiosa que hay que poner en primer plano, más allá de las costumbres. Porque las costumbres, incluso religiosas, cuando se vacían de profundidad espiritual y de compromiso con los demás, se quedan simplemente en algo folclórico.

¿Qué diría a aquellos que se preguntan que dónde está la Iglesia en esta crisis?, ¿Cómo les explicaría la importante labor que en estos momentos se está realizando con los colectivos más vulnerables en Ávila?

Siempre el cristianismo se ha movido en el dilema entre «que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre del cielo», y «que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha». Incluso el propio Jesús impone los silencios mesiánicos (que no cuenten que los ha curado). Creo que tenemos que huir de la espectacularización.
En mi opinión también como comunicador, creo que no se ha tenido en cuenta otra cosa. El hecho religioso en una sociedad secularizada es un hecho marginado en las paginaciones de los periódicos o en las agendas informativas. Porque piensan que es un hecho privado que no tiene una relevancia social. Y después, esa cultura, tocada de secularismo, hace que el hecho religioso, en la realidad que pretenden manifestar los medios, queda obviado; de manera tendenciosa, pero queda obviado en lo que es la información general. O, todo lo más, reducida a todo lo que es una información especializada. Creo que obedece a una tendencia ideológica que pesa en la comunicación.
La gente de Iglesia tenemos que trabajar en mostrar una buena comunicación. Pero sin obsesionarnos por querer estar en los rankings. Porque no estamos en igualdad de condiciones. Porque la receptividad a la procedencia religiosa o al etiquetado religioso de nuestras acciones queda mal. Como se despoja a determinadas organizaciones de Iglesia de su carácter católico, o se silencia. Y esto es lo que hay en el transfondo de esa falta de percepción de lo que son las acciones de la Iglesia en esta crisis.
Yo no me inquieto por esto. Ni quiero estar en igualdad, como están los políticos, que tienen además sus terminales mediáticas. Yo creo que hay que recuperar sencillez evangélica, hacer lo que se debe, porque después el pueblo sencillo sí se percata de lo que está haciendo la Iglesia. Prueba de ello lo vemos a la hora de la contribución al sostenimiento de la Iglesia. Yo no me inquietaría tanto por no aparecer en los listados diarios de los informes de prensa, cuanto sobre todo en el corazón de la gente sencilla, que sí se percata que la Iglesia está a su lado, su parroquia, una congregación religiosa, Cáritas o Manos Unidas. Estamos a su lado.

En esta crisis, Cáritas está teniendo un papel relevante en la ayuda a los más necesitados.

Está Cáritas, con sus programas. Y especialmente con la atención primaria, la atención a las personas que hasta ahora con el sueldo, aunque fuera limitado, podían llegar a fin de mes, podían pagar la luz. Todo esto va a ser más difícil en el futuro, de cara no sólo a una pobreza de recursos, sino también en el sentido de desahogo para poder afrontar dificultades. También la pobreza energética, en una provincia donde el invierno es duro. La pandemia no la hemos superado, y esto va a exigir que Cáritas y la comunidad cristiana esté detrás, apoyando esta realidad de Iglesia como hospital de campaña y de ayuda a los más necesitados. Cáritas es una de las tareas prioritarias para la diócesis de Ávila. Lo es siempre la caridad, pero ahora, en los tiempos que nos llegan, mucho más.

¿Qué le diría a los enfermos?, ¿y a quién ha perdido a un ser querido? ¿Cómo explicamos que Dios está ahí?

Yo me veía a mí mismo en el hospital y pensaba: «la parafernalia del entierro de un obispo de Ávila se la van a perder con éste» [bromea]. Sí, es algo que inevitablemente se piensa. Es un dolor muy grande. Y yo lo he sentido de manera especial cuando me decían cuánta gente moría en el mismo hospital. Porque me ponía en la situación del final de ese enfermo. Y me ponía también en la situación de sus familiares. Y esto me da dolor como obispo.
Yo sí quisiera decirles que Dios no está lejos. Que la Cruz es una señal de que Dios nos está bendiciendo. Desde la Fe lo entendemos. Cuando la Fe se nos apaga, nos viene la desesperación. Pero yo sé que la gente de Ávila, detrás de las lágrimas, tiene una Fe profunda. Y el Señor no les ha dejado.
Estamos rezando por ellos, y seguiremos rezando por ellos. Quiero manifestarles mi cercanía. De hecho, cada día estoy ofreciendo la Misa por los difuntos del coronavirus, especialmente de Ávila, y por todos los enfermos.

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