Iglesia en España Internacional

Gianni La Bella:«La Compañía de Jesús está cambiando a sur-sur»

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La historia de la Compañía de Jesús en la segunda mitad del siglo XX es la de un cambio que, en varias ocasiones, se produce un poco antes que la propia transformación de toda la Iglesia en la recepción del Concilio Vaticano II. Después de atreverse a coordinar la biografía del padre Arrupe, el historiador italiano Gianni La Bella ha recogido los principales hitos de los jesuitas en el siglo XX en un libro en el que se analiza con especial cuidado las relaciones entre los diferentes papas y esta orden religiosa.

El libro se llama Los jesuitas. Del Vaticano II al papa Francisco, y está publicado en España por la editorial Mensajero.La Bella firma la historia de lo que él, y otros, llaman «la Tercera Compañía», queriendo remarcar el cambio tan profundo que se dio en el ser  jesuita de la segunda mitad del siglo XX. Con él hemos tenido la ocasión de charlar ampliamente sobre la actualidad de los jesuitas y del papado.

—En la contraportada del libro afirma que «ninguna orden religiosa como los jesuitas ha dejado un sello tan indelebre en la historia de la Iglesia Moderna». ¿Tanto es así?

—Para mí, más. Hablamos de cuatro siglos de presencia en el mundo. Po­demos decir que es una de las órdenes que más ha transformado el cristianis­mo, de una religión europea a una uni­versal. En muchos lugares del mundo la Iglesia sale de una misión jesuita.

—Como en Japón, por ejemplo…

—Es muy importante ver Silencio, de Scorsese, una obra maestra. Es una película que te da la idea de la extremi­zación de la inculturación. Llegar a una cultura en el sentido profundo del ki­mono, hasta la comida. Arrupe cuando llega a Japón, lo primero que hace es un curso de caligrafía. Se va a distintos monasterios para entender a fondo la tradición cultural japonesa. La idea de que el trabajo de la evangelización no es llegar y decir «voy».

—En su libro, Arrupe tiene gran protagonismo. ¿Hasta qué punto se deja sentir hoy su influencia en los jesuitas?

—Podemos decir que para la Com­pañía de hoy, esta «Tercera Compañía», el padre Arrupe, todo. Hoy, en el mun­do, hay más o menos 250 obras de la Compañía con el nombre Padre Arru­pe. La mayoría de jesuitas tienen una devoción privada y pública muy fuerte. Entendiéndolo bien en el sentido his­tórico espiritual, es un segundo funda­dor. De modo místico y profético, pero también histórico y concreto, produce un cambio radical de la Conmpañía, juntando lo nuevo y viejo. Sin quemar todo, pero quemando algo del pasado.

Una posible segunda intervención

—Usted afirma que no habría tolerado una segunda intervención en 2008, ¿es posible con el voto la obediencia al Papa?

—Es mi opinión de historiador, esta afirmación tiene su fundamen­to. Entre muchas comillas, la primera intervención tuvo su sentido. Pero la segunda no, porque sale de un mo­mento en el que no se vive esa con­flictividad con la Santa Sede. Por su­puesto, por el voto de obediencia, la Compañía estaba dispuesta a vivir la decisión papal: la imagen del jesuita rebelde pertenece a la iconografía romántica. Esta segunda intervención es idea de un grupo de eclesiásticos romanos que mira a los jesuitas como un peligro. Pero esto es una miopía, ¿no? En 2008, es un cuerpo sano.

—En ese episodio intervino Bergo­glio, ¿cuál fue su papel?

—El Papa, creo que puedo decir con la documentación que tengo, se puso en contra, rechazó la idea. Por­que bueno, los jesuitas podían tener problemas como todas las familias religiosas, pero esta solución habría sido un desastre para su futuro. El Papa Francisco, aún arzobispo de Buenos Aires, piensa que comisariar­la no es la solución. Cuando Bergo­glio se transforma en Francisco, uno de los primeros actos es responder a una carta de enhorabuena que le ha­bía enviado el padre Adolfo Nicolás. Esta cita entre los dos, que se hace el día después de su elección, es muy importante. En este diálogo, el Papa pide explícita y cariñosamente ayuda. Pide a los jesuitas ser compañeros del Pontificado. Bergoglio tiene corazón ignaciano. El discernimiento espiri­tual personal y comunitario es la me­todología de gobierno que Bergoglio pone en el Pontificado.

—Bergoglio ha sido un hombre de gobierno siempre. Tenía algunas diferencias con Kolvenbach, era visto como cercano a la dictadu­ra también a cuenta de su papel como arzobispo de Buenos Aires… ¿cómo interpreta ese periodo?

—La incomprensión no se da tanto entre Bergoglio y Kolvenbach. El con­flicto era con una parte de sus herma­nos de la provincia argentina. El Papa ha dicho varias veces que fue elegido muy joven como provincial, y alguna vez actuó con fuerza, él lo reconoce claramente. Esto produce, podemos decir, un conflicto con un grupo de la provincia argentina, que entiende una idea más radical y política del compro­miso fe-justicia. Y este grupo pinta a Bergoglio, podemos decir, como hom­bre de derechas. Esta imagen se va también fuera. Pero Bergoglio ayuda a los refugiados políticos argentinos para salir del país, por ejemplo. Para mí es como la novela Patria, de Aram­buru, que nos ha dado otra visión sobre ETA. Para mi generación, no es que los vascos tuvieran razón, pero a dos mil kilómetros uno es un luchador por la libertad, y si lo tienes cerca, es un terrorista. Con Bergoglio, se produce este cortocircuito informativo.

Los jesuitas, una orden global

—Ahora, por primera vez, la Compañía con Sosa ha elegido un general nacido fuera de Europa.

—Sosa es muy internacional. Llega de una familia muy acomodada. Para ponerte un ejemplo, en Venezuela en los años 30 había cinco suscripciones al New York Times, una de su padre, que fue director general del Banco de Venezuela. En su casa se hablaba in­glés, se viajaba… Sosa es mucho más europeo e internacional que Bergoglio, que es un emigrante.

—Mirando las cifras, a día de hoy la mayor parte de los jesuitas son asiáticos. ¿Vería un general, por ejemplo, filipino?

—Creo que podría ser Indio. Aho­ra, la Compañía se está transformando en «sur-sur», de Venezuela a Filipinas. Va con la transformación global de la Iglesia. Un general no europeo puede ofrecer una mirada más internacional, viviendo el desafío de ser una orden verdaderamente globalizada, no en la teoría sino en la carne: no es fácil vivir en la misma casa dos congoleños, un chino, un italiano y un polaco. Pero creo que se vive con mucho entusiasmo, con un aporte de simpatía, de Iglesia servidora, orientada a la Laudato Si’ y verdaderos compañeros de Francisco en el sentido profundo del término.

—Al hablar de las tensiones en el papado, usted afirma que la historia nunca se repite. ¿Qué hay de viejo y qué hay de nuevo en la situación actual?

—De viejo, con frecuencia en la Igle­sia se habla mal del Papa. Se habló mal de Pablo VI, de Juan Pablo II… es algo viejo. Creo que hoy hay un verdadero peligro. Para mí, es poner en crisis la idea de la unidad. Al Papa se le ama, independientemente del nombre que tiene. De nuevo hay para mí una falta de vergüenza, la mayoría de los ataques son de mala palabra, de prejuicios y de ofensas que no tienen sentido.

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