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Opinión

Gestos, palabras, obras: la encíclica de Lampedusa – sumario Ecclesia

Lampedusa, el territorio italiano más meridional, es la mayor y la única habitada de las islas del archipiélago de las Pelagias en el mar Mediterráneo. Se halla a 205 kilómetros al sur de Sicilia y a 113 kilómetros de Túnez. Geográficamente, la isla se encuentra ya en África, pues el lecho marino entre ambas no excede los 120 metros de profundidad. Esta cercanía con la costa africana ha convertido a la isla en uno de los principales puntos de entrada –o de frustración…- para los inmigrantes indocumentados que buscan acceder al espacio Schengen de la Unión Europea. Con una población de apenas 5.500 habitantes, Lampedusa y Linosa –el nombre oficial del municipio- es testigo privilegiado y condolido, junto a la vida cotidiana de sus ciudadanos y turistas, de hacinamientos humanos, de muertes silenciosas y anónimas en las profundidades de sus aguas y de todo el inmenso y complejo drama de la inmigración.

Y Lampedusa ha entrado ya y para siempre en los anales de la historia de la Iglesia y del pontificado romano con la tan emotiva y memorable visita del Papa, el lunes 8 de julio. Y es que Francisco, que desde primera ahora expresó alto y claro su deseo de una Iglesia pobre y para los pobres, que nos ha familiarizado ya e interpelado con su opción y predilección en pro de quienes viven en las periferias de la existencia humana, eligió precisamente Lampedusa, la isla de los inmigrantes irregulares, para realizar su primer viaje, su primera visita apostólica fuera de Roma.

Como ya hemos recordado y analizado en distintas ocasiones en esta misma página editorial, el Papa Bergoglio, desde su elección pontificia,  va entrelazando espléndidos gestos y palabras con  valientes decisiones  y obras. Y al respecto, su viaje a Lampedusa creemos que es un emblema de esta prodigalidad, de este inequívoco don que nos llega a través suyo. El Santo Padre en Lampedusa comunicó de todos los modos y por todos los medios posibles, aunando, proverbial y evangélicamente, gestos, palabras y obras: su ofrenda floral silente en alta mar en memoria de los fallecidos en las pateras, su encuentro con inmigrantes, la misa penitencial sobre un viejo bote de remos y la cruz, el cáliz y el atril de la celebración fueron elocuentes testimonios de todo ello, para después trenzar una sobrecogedora homilía (ver páginas 44 y 45), repleta de la mejor humanidad y de Evangelio.

Tras cuatro meses, el Papa Francisco atesora y destila extraordinarios quilates de autenticidad y de renovación. Su brillo es el de un Papa pobre para una Iglesia pobre. Un brillo que se ha de reflejar y que ha de interpelarnos a todos para mostrar, iluminar y seguir el camino de la Iglesia en medio de nuestro mundo.



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