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Gente Mayor y Vida Creixent

Los creyentes no tenemos un tope temporal para la formación y el crecimiento personal en nuestra vida cristiana. La fe en Jesucristo permanece siempre en nuestro interior y tratamos de hacerla visible con las buenas obras. Aprendemos los elementos básicos de la fe en los primeros años de nuestra existencia y nos acompaña siempre, con certezas y dudas, con alegrías y tristezas, con diálogos y con silencios… hasta la etapa final de nuestra vida. Necesitamos de manera cotidiana reflexión, revisión de vida y oración.

El objetivo del movimiento apostólico de Vida Creixent, tan extendido en nuestra diócesis, desea conseguir una atención especial a las personas mayores que son una fuente de sabiduría y un pozo de experiencia y afecto para toda la sociedad. Una atención a su vida cristiana que conservan con esmero y con ilusión; a veces no terminan de comprender la reducida aceptación de su herencia espiritual en los hijos y nietos pero ello no obsta para practicar con constancia los principios básicos de la fe y el intento tenaz de darlos a conocer.

Hemos hablado mucho durante los últimos meses de la gente mayor en general y de nuestros abuelos en particular. La pandemia que estamos sufriendo ha puesto delante de nuestros ojos la vulnerabilidad de los mayores. El porcentaje de fallecimientos ha sido elevadísimo, la preocupación en las residencias ha subido mucho, la soledad de los ancianos en sus domicilios ha puesto en guardia a todos los familiares. El miedo y la incertidumbre han sido moneda corriente en la realidad y en los comentarios referidos a los mayores.

Con este planteamiento no contaban los equipos de Vida Creixent. No han podido reunirse para conversar, para reflexionar y para rezar. Ha habido una parálisis en las actividades previstas y un teléfono cercano para interesarse por la salud y por su situación personal y ambiental. Es cierto que se ha producido el efecto positivo de alertar sobre sus condiciones de vida y sobre sus necesidades más inmediatas. En el ámbito eclesial se ha respondido con escritos, programas y dedicación personal en las residencias para aliviar algunas penalidades. En concreto el último lema de la Jornada de la Familia tenía como referencia a los ancianos, a quienes se les describía como tesoro de la Iglesia y de la sociedad. El afecto, la experiencia, la sabiduría y la espiritualidad que atesoraban eran motivo suficiente para una respuesta cálida y decidida por parte de toda la sociedad. Por supuesto por parte de la Iglesia y de todas las comunidades cristianas donde conviven y celebran su fe.

Aunque cada año tengo un recuerdo para este movimiento con motivo de su fiesta anual del día 2 de febrero, en esta ocasión lo hago con un cariño especial al que ruego que os suméis todos. Estamos obligados a una mayor atención a los ancianos en todas las dimensiones, desde la física a la espiritual; estamos obligados a devolverles lo mucho que han hecho por nosotros; estamos obligados a agradecerles su enorme servicio a la familia y a la sociedad; estamos obligados a ayudarles a eliminar los miedos y las incertidumbres para que puedan volver a encontrarse en el templo con Dios y con la comunidad.

La fiesta de Vida Creixent gira en torno a dos figuras entrañables, los ancianos Simeón y Ana, que se encuentran con el Niño Jesús cuando lo llevan a presentar al templo. Ese mismo día celebran su fiesta anual los miembros de la Vida Consagrada. Una oración por ellos, sobre todo por los abundantes ancianos de las comunidades de nuestra diócesis.

 

+ Salvador Giménez Valls
Obispo de Lleida



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