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Gaudí y el centenario teresiano, por Lluís Martínez Sistach, cardenal arzobispo de Barcelona

“El cristiano del futuro o será místico o no será”, dijo el gran teólogo Karl Rahner. He recordado este pensamiento, citado muy a menudo en los diálogos organizados por las instituciones cristianas, cuando nos disponemos a iniciar el centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús.

Teresa de Cepeda y Ahumada (Ávila, 1515 – Alba de Tormes, Salamanca, 1582) es una figura poliédrica, con muchas facetas. Maestra de oración, gran escritora, doctora de la Iglesia, fundadora y reformadora del Carmelo con san Juan de la Cruz, fue de un lugar a otro fundando conventos, formando monjas y tratando con personajes importantes. Un nuncio la calificó como “fémina andariega”. También fue una defensora de la mujer, con términos de una tal viveza – “que el mundo nos tiene muy acorraladas”, decía- que la hacen una feminista de primera hora.

Con motivo de este centenario, se confía que el papa Francisco visite España; la invitación ya ha sido formulada por las instancias eclesiales y estatales correspondientes. El Santo Padre ha concedido para todas las diócesis del país un Año Jubilar Teresiano, que se prolongará desde este 15 de octubre, festividad de la santa, hasta el 15 de octubre de 2015.

En cuanto a Cataluña, este centenario es una ocasión oportuna para recordar a un gran apóstol del mensaje teresiano: el sacerdote tortosino san Enrique de Ossó y Cervelló (Vinebre, 1840- Gilet, 1896), fundador de la Compañía de Santa Teresa de Jesús. El santo fue amigo de Gaudí, y éste dejó en Barcelona, a petición de Ossó, una obra de gran significación teresiana, el edificio del Colegio de las Teresianas de la calle Ganduxer, inspirándose precisamente en la que está considerada la obra cumbre de la mística abulense: Las moradas o el castillo interior. Gaudí tenía 38 años cuando terminó el colegio teresiano; la obra ya estaba empezada cuando él la cogió a petición de Enrique de Ossó.

Como hizo en la Sagrada Familia, Gaudí le dio una nueva orientación y creó una construcción de gran ligereza, que parece elevarse hacia el cielo sin esfuerzo aparente. Todavía hoy -dicen los estudiosos de Gaudí- impresiona la armonía entre la materialidad arquitectónica y su adecuación a la inspiración mística de la santa abulense. Toda la construcción es una verdadera sinfonía de misticismo hecha con pocos medios. Gaudí sabía muy bien que su cliente, en este caso, no tenía mucho dinero y le decía a Ossó que no se preocupara por eso. El edificio se articula materialmente alrededor del famoso arco parabólico, que da tanta luminosidad a los espacios interiores, y está presidido por el número siete como pauta, reproduciendo así las siete estancias (o “moradas”) del alma en su avance hacia la unión espiritual con Dios.

Gaudí, en la mitad de su vida, sabía pasar en la técnica constructiva de la opulencia a la pobreza, y con su originalidad dejaba en Barcelona un original monumento arquitectónico a la mística teresiana.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona



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