Editoriales Ecclesia

Gastarse y desgastarse por la misión  – editorial Ecclesia

Anastasio-Gil

Gastarse y desgastarse por la misión  – editorial Ecclesia

            El 7 de septiembre falleció Anastasio Gil García (ver páginas 10 y 11).  Tenía 72 años y durante un año ha luchado titánicamente ante la enfermedad. La animación misionera en estas dos últimas décadas de la Iglesia en España, y desde ella para el mundo entero, encuentra en su figura una referencia luminosa y aleccionadora. Anastasio Gil, como escribió certeramente en su cuenta en Twitter el secretario general de la CEE, ha sido un “sacerdote y evangelizador ejemplar, trabajador infatigable, entregado plenamente al anuncio misionero, un incansable misionero y un hombre de Dios”. De él, bien podría decirse y aplicarse aquella máxima paulina del “gastarse y desgastarse” por Cristo y por la misión (2 Cor 12, 15).

Y este gastarse y desgastarse por Cristo y por la evangelización ha de ser ahora tanto más apremiante para nuestra Iglesia cuanto más arrecian la secularización, el envejecimiento y muerte de nuestros evangelizadores y la tan acusada sequía vocacional.

Pero es más, el gastarse y el desgastarse por Cristo y por la misión ha de ser asimismo referencia y guía inexcusable para la Iglesia misionera y en salida, que con palabras del Papa, tanto necesitamos todos, tanto necesita la humanidad. Una Iglesia misionera y en salida, una Iglesia evangelizadora y samaritana, en la que la misión compete, quizás más que nunca, a la entera comunidad eclesial, pastores y fieles.

Gastarse y desgastarse por Cristo requiere, en primer lugar y de nuevo con palabras de Francisco, ser discípulos misioneros. Requiere hondura de vida interior, requiere –como el Papa ha recordado a los obispos recién nombrados para territorios de misión (ver páginas 43)- oración, anuncio y comunión. Y requiere también humildad, pasión, ilusión, generosidad, entrega, audacia y perseverancia.

Gastarse y desgastarse por Cristo y por la misión significa igualmente que este no es tiempo de lamentos, nostalgias y desánimos ante la pérdida del peso social de nuestra Iglesia y ante la realidad de sus más menguados recursos humanos. Todo lo contrario: precisamente porque estos son tiempos recios, es más necesario todavía este gastarse y desgastarse, este no ahorrarse esfuerzos, fatigas y cansancios, en pro de la misión. Y todo ello, siendo muy conscientes los evangelizadores –esto es, la entera comunidad eclesial- de que su misión es servir, sembrar a manos llenas, a tiempo y a destiempo (2 Tim, 4, 1), con aires a favor o con tempestuosos vientos contrarios. Y hacerlo, como san Pablo señala, de todos los modos posibles y a través de todos los medios posibles, muy especialmente, mediante los clásicos y modernos –cada vez más inmensos y decisivos, en cualquier caso- medios de comunicación. Y hacerlo siempre con amor y con paciencia.

Comienza un nuevo curso. Despedimos a un extraordinario evangelizador, a quien encomendamos a la misericordia de Dios. Y no se nos ocurre mejor homenaje a él y a tantos otros misioneros que ya han partido a la casa del Padre que reclamar para toda nuestra Iglesia este gozoso, esperanzador y hasta agotador gastarse y desgastarse por Cristo y por la misión. No hay otro camino, no hay otra alternativa.

 

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