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Fruto maduro del Vaticano II al servicio de la misión y de la comunión – editorial Ecclesia

Fruto maduro del Vaticano II al servicio de la misión y de la comunión

         La frase que titula este Editorial no es ni lapidaria, ni recurrente, ni manida. Creemos que sintetiza con precisión y brevedad lo que son las conferencias episcopales. Nacieron, en efecto, como fruto y expresión del Concilio Vaticano II y, más allá de los siempre titubeantes primeros pasos, enseguida, desde su identidad, adquirieron la madurez precisa.

Y todo esto resulta igualmente innegable atribuírselo, en esta hora de su cincuentenario, a la Conferencia Episcopal Española (CEE). Y es que, además, en pocas naciones como en España  su fuerza irrumpió tan pronto y con tanta incidencia. Era en medio de aquella España que, en pleno desarrollismo  económico y social y asentamiento y fortalecimiento de sus clases medias, asistía al final de un régimen político autocrático y que había nacido como consecuencia de una victoria bélica, tras tres años de fratricida y desoladora guerra, que dejó, asimismo, tantas heridas sin cerrar. Y en aquellos años previos a la Transición y en los años centrales de la misma, si la CEE no hubiera existido, habría que haberla inventado.

         Desde la comunión y desde la colegialidad (las discrepancias fueron minoritarias y siempre eclesiales),  la CEE contribuyó entonces decisiva y extraordinariamente a la reconciliación y a la concordia. Y lo hizo como inequívoca misión pastoral de Iglesia, de Iglesia, para más señas, del Vaticano II.

         Pero, aun cuando esta aportación de la CEE ha sido uno de los grandes hitos de su historia, cincuenta años dan para mucho más. Así, es también innegable el servicio prestado por el episcopado español en su conjunto en la aplicación y desarrollo del Concilio. Fue un servicio -sin contar minoritarias excepciones- equilibrado,  sin banderías excesivas y contrapuestas, ni nostalgias beligerantes, ni rupturas traumáticas, como las que se dieron en otros países.

         Nacida para vivir, testimoniar y servir  la comunión y la unidad (que no la uniformidad) desde la pluralidad y el respeto a la justa autonomía de las diócesis y de sus pastores, la CEE ha prestado a lo largo de estos años otra magnífica contribución a la pastoral de conjunto, a la coordinación y, en definitiva, con esta formulación u otras, a la conversión pastoral y misionera. Valga recordar la marcha de los Planes Pastorales, los Congresos de ámbito nacional, las jornadas eclesiales, las asambleas pastorales sectoriales y tantas otras iniciativas, como, la edición en lengua vernácula de los libros litúrgicos, de los documentos del Concilio y de la completa Sagrada Escritura, amén de acciones particulares como las celebraciones conjuntas de beatificaciones de mártires del siglo XX, causas como las de la canonización y posterior doctorado de la Iglesia de san Juan de Ávila o la organización directa o estrecha colaboración, según casos, de las ocho memorables visitas  apostólicas que los Papas de estos años han realizado a España.

         La CEE fue también instrumento privilegiado para uno de los mayores logros de la Transición como fueron y siguen siendo los Acuerdos Iglesia-Estado de 1979. Gracias a ellos y a su plena inserción en la Constitución de 1978, la Iglesia católica en España vive en la libertad y autonomía precisas para el ejercicio de su misión y para la búsqueda continua de la colaboración y de la cooperación -independientemente de las ideologías de los Gobiernos de turno-  en pro del bien común de los católicos y de todos los españoles.  De ahí, la necesidad de preservar logros como este, y de hacerlo desde el respeto, el diálogo, la adecuada actualización y la promoción de los derechos de todos, incluidos, claro, también los de los católicos.

         La CEE, que nunca ha querido ser –porque sencillamente no lo es- una estructura superior a las diócesis, sino a su servicio, ha contribuido a presentar de modo más unívoco y representativo la voz de la Iglesia. Y su magisterio doctrinal y pastoral ha tenido eco y repercusión, se ha escuchado, haya gustado o no,  a lo largo de este medio siglo. Ha sido y es, en mayor o en menor medida, una instancia, un referente, un interlocutor, un agente social a tener en cuenta.

         Por todo ello y por tantas otras razones, este cincuentenario de la CEE ha de ser ocasión para dar gracias a Dios y para seguir apostando por ella y por su identidad y renovación, así como por su proyección e interpelación de Iglesia de comunión, de misión y de servicio.

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