Editoriales Ecclesia

Frente a la barbarie terrorista y la indiferencia e insolidaridad, Ignacio Echeverría – editorial Ecclesia

Frente a la barbarie terrorista  y la indiferencia e insolidaridad, Ignacio Echeverría – editorial Ecclesia

Tenía 39 años. Era abogado y trabajaba en un banco en Londres. En la aciaga noche del sábado 3 de junio, regresaba en bicicleta de hacer deporte con un monopatín. En el Puente de Londres, en Borough Marke, se encontró con la tragedia de un nuevo ataque yihadista, ahora en un restaurante. No pasó de largo, no huyó, sino, en un heroico gesto de valentía, al ver que un terrorista iba a apuñalar a una mujer, apeándose de la bici, se interpuso, y golpeó con su monopatín al agresor. Mientras tanto, otros dos terroristas le apuñalaron mortalmente por la espalda. Durante cuatro días, las autoridades británicas no reconocieron oficialmente su cadáver y su nombre aparecía entre los desaparecidos. Dos de sus hermanos viajaron a Londres y finalmente, el jueves 7 de junio, se hizo pública la noticia de su asesinato.

La historia la conocemos todos. La historia nos ha conmovido a todos o casi todos (el ayuntamiento de El Ferrol, su ciudad, gobernado por una de las confluencias de Podemos, se ha negado, al menos de momento, a tener, ni tan siquiera, un gesto de reconocimiento hacia Ignacio…). Todos conocemos también el extraordinario testimonio ofrecido por su familia y la conmoción y solidaridad ciudadanas, singularmente en Las Rozas, donde vivía desde hacía años.

Quizás no tan conocido sea el hecho de Ignacio fue un católico practicante (era una “persona asidua a la misa de los domingos”, “pertenecía a un grupo de Acción Católica de adultos, donde se enseña a ser fermento en la masa” y donde “se ofrece testimonio cristiano en el ámbito en que cada uno esté”, ha declarado su párroco, Daniel Sevillano, cura de San Miguel en Las Rozas). Se había formado con los jesuitas y un tío fue misionero en Perú, de cuya diócesis de  Chachapoyas fue obispo y que falleció, con 90 años, en 2006. Ignacio era también profundamente solidario con un acendrado sentido de la justicia social, que no solo transmitía de palabra, sino que intentaba poner en práctica, como, por ejemplo, denunciando y alertando acerca de cualquier operación o episodio de lavado de dinero. Sus padres y sus hermanos son también sincera y coherentemente católicos.

El párroco de Las Rozas recuerda así a Ignacio: “Era una persona tímida y profundamente cristiana”, que “con la mirada te decía muchas cosas”. Quienes ahora han rastreado sus cuentas en las redes sociales, se han encontrado con que, por ejemplo, en 2012, a través de ellas,  expresó su malestar por la decisión de la Unión Europea de obligar a Eslovaquia a retirar sus monedas de dos euros con la cruz eslava de su bandera y la imagen de san Cirilo y san Metodio (compatronos de Europa y creadores del alfabeto cirílico).

Algunos de sus amigos lo han definido como “una persona especial, una buena persona. Tenía un alma pura, era como un lago azul, no conocía la maldad ni la mentira, ni el cinismo, ni le hipocresía, ni la falsedad”.

Al hacer pública su muerte, el arzobispo de Madrid, adonde pertenece Las Rozas, escribió en su cuenta en Twitter: “Ignacio Echeverría, DEP. Gracias por tu testimonio de amor y entrega frente a la barbarie. Rezo por ti y por tus familiares y amigos”. El cardenal Osoro presidió, días más tarde, su misa de corpore in sepulto en Las Rozas y un segundo funeral, en elocuente gesto y reconocimiento. También empleó la misma red social el obispo de Mondoñedo-Ferrol, la diócesis natal -ya se dijo- de Ignacio, para transmitir a la familia su cercanía y oración y concluir con un bien expresivo «Stop barbarie». Y, por referir un nuevo testimonio representativo de la Iglesia en España, el secretario general de la CEE escribió: «Expresamos a su familia el pesar por la muerte de Ignacio Echeverría en #atentadolondres y la seguridad de nuestra oración y solidaridad. DEP».

Cuando el 7 de junio las autoridades británicas confirmaban a Joaquín y a Ana, dos de los hermanos de Ignacio, el fatal desenlace de la historia, estos declararon: «Algo muy triste se está convirtiendo en algo muy bonito y grandioso, que hace que queramos más a nuestro hermano y a nuestro país».

No es necesario abundar más, ni explicitar las evidentes conclusiones y lecciones que este relato conlleva. Es la hora de agradecer en el alma y subrayar debidamente testimonios como el de Ignacio.

 

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