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Fray Salvador Rosas: «Nos esforzamos por evitar que los cristianos emigren de Tierra Santa»

Las estadísticas apuntaban récords. En 2019, más de 4,5 millones de turistas visitaron Israel y Palestina, la mayor afluencia de la historia. El porcentaje más alto de ellos aterrizó en Jerusalén, en gran parte peregrinando. El lugar más visitado para quienes buscan visitar espiritualmente la tierra en la que vivió, predicó, murió y resucitó Cristo hace dos milenios es el Santo Sepulcro, en cuya basílica diferentes confesiones cristianas comparten un delicado statu quo. Salvador Rosas nació hace 38 años en Guadalajara (México), y preside la Fraternidad Franciscana del Santo Sepulcro. Allí, una comunidad de frailes vive junto a la tumba de Jesús, en una presencia que se remonta ocho siglos: hasta san Francisco de Asís. A los católicos se suman cristianos armenios y ortodoxos en las habitaciones del complejo arquitectónico. También es antigua la colecta pro Tierra Santa, la primera que existió a nivel universal en la Iglesia, que se celebró este año el pasado 13 de septiembre. Normalmente tiene lugar el Viernes Santo, pero la pandemia obligó a posponerla. Mientras aquello sucedía, en Jerusalén se daba una situación inédita: la basílica del Santo Sepulcro estuvo cerrada del 25 de marzo al 25 de mayo, aunque la comunicación con el exterior nunca se interrumpió del todo, en parte gracias a Internet. Justo al cierre de esta edición, Israel volvía a esperar un nuevo confinamiento estricto que estaba previsto empezar el viernes 18 de septiembre. Ahora, «serenos», porque «en esta ocasion sabemos que son tres semanas», mientras que en marzo no se sabía cuándo podrían volver a abrir.

—¿Cómo ha sido este año?
—Atípico. Siempre había gente y la pandemia nos obligó a cerrar puertas. Eso sí, por mil restricciones que hubiera, nunca se abandonó la oración. Pensábamos que sería una situación transitoria, alguno esperaba que en verano la habríamos pasado, pero nos dimos cuenta poco a poco de que no sería así. En nuestra comunidad hay frailes de varios continentes: los primeros países en alarmarnos fueron Italia y España allá por marzo, cuando los americanos lo veíamos lejos. Pero al llegar a Estados Unidos, México o Colombia, ya a principios de abril, la preocupación era visible en nuestras caras.

—Siendo una comunidad internacional, ¿cómo han experimentado la evolución de la pandemia?
—Fuimos siguiendo la cronología y las preocupaciones cambiaban según la semana. Pronto empezamos, los americanos, a advertir a nuestros seres queridos. Yo llamaba a mi familia y decía: «Tómenselo en serio». Pasamos de hacer chistes en un principio e incluso pensar que podría viajar este verano a mi país, a que fuera imposible.

—¿Y allí, en Jerusalén?
—En Semana Santa lo experimentamos en primera persona: venía el obispo, abría la puerta y solo entraba con tres o cuatro personas del exterior, y celebraba con nuestra comunidad dentro del Santo Sepulcro. Una familia musulmana tiene la llave de la puerta exterior, y durante dos meses exactos estuvo cerrada «a piedra y lodo», como decimos en mi país («a cal y canto», como decimos en España). Nos tenían que pasar las provisiones por una ventanita. Cuando acabó lo más duro, podíamos salir, aunque cerraban la puerta exterior por las noches. Volvimos a recibir visitantes, pero no tanto peregrinos de otros países, sino turismo interior. Durante estos meses muchos de los que nos han visitado no son cristianos. Algunos creen incluso que esto es más bien un museo. Otra diferencia importante ha sido la afluencia, mucho menor: el máximo eran 100 personas al día cuando antes era habitual 500 personas a la vez.

—¿Qué le hace pensar o sentir ese contraste entre el bullicio habitual y la tranquilidad de este tiempo?
—En cierta manera ha sido una gracia y hemos disfrutado del silencio y del espacio. Antes de marzo, había jornadas en que celebrábamos 25 misas. Después de un día así, uno ya solo quiere su plato de sopa y a dormir. La oración personal o el estudio quedaban relegados y ahora hemos tenido más tiempo para eso.

—Hábleme de la experiencia espiritual que supone este cambio.
—Ha sido una oportunidad: poder sentarme, leer un libro, bajar a la capilla y rezar tranquilo mi rosario. Celebrar la santa Misa con más calma, meditar mejor la Palabra de Dios. He podido celebrar eucaristías de más de 35 minutos porque nadie me pisaba los talones esperando su turno en el altar. No diría que ha sido un «redescubrir» el aspecto espiritual, sino de perfeccionar lo que había hecho los 20 años anteriores de mi vida, orar. Cuando vivía en México predicaba todos los días, una tarea que incluía preparación previa de lectura, estudio, mirar algún documento del Papa… Ahora he tenido la oportunidad de saborear todo eso de nuevo.

—Si cuando la situación sea propicia quisiera peregrinar a Jerusalén y visitar la basílica, teniendo en cuenta su experiencia y conocimiento, ¿en qué lugar del Santo Sepulcro disfruta más la oración?
—La basílica es un complejo arquitectónico que incluye el monte Calvario y la tumba tal cual. Definitivamente, mi lugar es el sepulcro en sí. También te destacaría la capilla del Santísimo, en la que tenemos la memoria de cómo Jesús se apareció a los apóstoles, a María Magdalena y a la Virgen. No es un dato bíblico pero sí una tradición muy fuerte aquí, desde el siglo IV. Aun así, Dios habla independientemente de nuestros gustos, siempre donde uno menos lo va a imaginar.

—Uno de los aspectos que más tensiones generan es el statu quo en el que conviven las diferentes confesiones cristianas.
—Además de las tres comunidades con derecho a habitación, los coptos y sirios tienen también derecho a celebración, con sus capillas y horarios. El aspecto humano es el que más influye; con mayor buena voluntad por parte de todos, seguramente evitaríamos mil problemas. Somos imperfectos y habrá quien piense que merece más tiempo o espacio. El statu quo no es estático, en los últimos 200 años ha ido variando y algunos derechos se han ganado o perdido, de buena o mala gana. Las diferencias culturales también influyen. En Occidente, si el gobierno quiere hacer una carretera y te ofrece un terreno mejor y más grande, casi cualquiera lo acepta. Aquí en Tierra Santa, el sentido de pertenencia es muy marcado: «Aquí está mi familia desde el siglo XV», y el sentimiento de eso es fortísimo. Habría que añadir el idioma: unos nos comunicamos más en inglés o italiano, otros en griego… todo ello hace más difícil el diálogo y el encuentro.

—¿Cómo ha visto Israel, Palestina y Jerusalén en estos meses?
—He salido muy poco, aunque haya mayor libertad ahora. Hace poco vinieron unos amigos judíos y fuimos a comer, es una de mis pocas experiencias en el exterior. El noventa por ciento de la gente iba con mascarilla, y en cada local había que lavarse con gel al ingresar. Cierto es que no falta el irresponsable que anda escupiendo en la calle. Lo poco que he visto de Israel es que sigue abierto pero con restricciones y respeto de las normas… aunque los números dicen que somos de los peores países en nivel de contagio.

—El golpe económico en el país ¿se ha notado también en la Custodia de Tierra Santa?
—No estamos aún en el colapso, pero sí muy lejos de las mejores condiciones. El padre custodio nos escribió al comienzo de la pandemia invitando a la sobriedad. Afortunadamente no hemos pasado hambre, ni frío por el verano. Por ahora, seguimos pagando las facturas, para ello hemos tenido que apretarnos el cinturón. Al mismo tiempo, ha habido mucha gente generosa durante este tiempo. En México, por ejemplo, me escribieron para ver qué podían hacer y desde un grupo de una casa sacerdotal nos enviaron dinero para hacer la compra. Desde España nos han llegado también donativos por banca electrónica.

—La custodia franciscana de Tierra Santa abarca varios países, también Siria, Jordania, Egipto, Chipre y Líbano.
—En Beirut hay frailes, y a causa de la explosión se han visto con dificultad. Ellos no tienen habitualmente peregrinos, como en Israel, y viven de ayudas. Nos enviaron fotos y como estaban lejos del puerto, la onda expansiva solo provocó destrozos materiales: ventanas rotas, muros agrietados… por suerte, no hubo daños humanos.

—Además de los frailes, de la Custodia dependen muchas personas. ¿Cómo les ha afectado?
—Depende de países. En Israel, inicialmente el gobierno subvencionaba un porcentaje del sueldo del trabajador. En Palestina no fue posible, y la Custodia lo asumió. Al principio nadie quedó en la calle. Pero con el paso del tiempo el Estado dejó de dar el subsidio y no tuvimos más remedio que despedir a algunas personas. Hablamos de personal de santuarios, sacristías, cocineros, profesores, albañiles… Mantuvimos todos los que pudimos y, conforme ha ido volviendo la actividad, estamos reintegrando a los trabajadores, con la condición de que estén sanos y mantengan las distancias de seguridad.

—¿Qué porcentaje de la economía de la Custodia depende de la colecta?
—No sabría decirlo exactamente, pero se sitúa por encima de la mitad. El Santo Sepulcro es muy visitado, pero peregrinar a otros lugares requiere logística más complicada. Por ejemplo, para ir a Betania o Emaús hay que atravesar el muro con Palestina, y algunos renuncian. Nuestra basílica, sin embargo, no se excluye de estos viajes. Nosotros lo agradecemos y somos conscientes de la responsabilidad que supone. Afortunadamente, en años normales, nuestra comunidad tiene un pequeño superávit con el que nos podemos solidarizar con otros lugares de Tierra Santa. Hay que tener en cuenta, en la colecta, que no solo hablamos de santuarios, también de obras de caridad, y de muchos esfuerzos para evitar la emigración de cristianos fuera de estos lugares, por ejemplo ofreciendo alquileres subvencionados.

—¿Cómo es la situación de los cristianos en Israel?
—El Estado distingue según tu confesión religiosa, no tanto si eres consagrado, sacerdote o laico, ni cuántas veces vayas a la Iglesia o a la sinagoga. Los cristianos y musulmantes tenemos algunas complicaciones respecto a los judíos. Y si una universidad, por ejemplo, ofrece aquí menos posibilidades de acceso por ser cristiano, un joven se irá a estudiar a Ámsterdam si puede permitírselo. Allí se casará con una holandesa y hará su familia, su vida, y será muy difícil que regrese.

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