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#FratelliTutti4de10: Ser buen samaritano

En esta segunda semana de la iniciativa conjunta entre la Conferencia Episcopal Española (CEE) y los medios de comunicación de la Iglesia (ECCLESIACOPE y TRECE), el tema para profundizar en Fratelli tutti es: «Ser buen samaritano». Nos llega la pregunta de quién es cada uno en esta parábola. La invitación de esta semana es hacerse cargo del dolor y la vulnerabilidad. El Papa Francisco reproduce el relato del buen samaritano al comienzo del segundo capítulo de la encíclica, y entresaca de ella varias enseñanzas y propuestas para no dejarnos indiferentes al dolor.

Ante la pregunta del maestro de la ley («¿Quién es mi prójimo?»), Jesús responde con esta parábola. La reflexión de Francisco nos cuestiona: «Enfrentamos cada día la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo. Y si extendemos la mirada a la totalidad de nuestra historia y a lo ancho y largo del mundo, todos somos o hemos sido como estos personajes: todos tenemos algo de herido, algo de salteador, algo de los que pasan de largo y algo del buen samaritano» (FT 69).

Por eso el Papa va más allá. Si vemos a la persona herida con amor no vamos a considerar si el hermano herido es de aquí o es de allá. El amor es el que rompe las cadenas que nos aíslan y separan, tendiendo puentes. El amor nos permite construir una gran familia donde todos podamos sentirnos en casa. El amor sabe de compasión y de dignidad (Cf. FT 62).

«La historia se repite hoy»

Y vemos cómo este mensaje ilumina nuestro mundo de hoy: «La historia del buen samaritano se repite: se torna cada vez más visible que la desidia social y política hace de muchos lugares de nuestro mundo un camino desolado» (FT 71). En su parábola, Jesús no plantea vías alternativas, como ¿qué hubiera sido de aquel malherido o del que lo ayudó, si la ira o la sed de venganza hubieran ganado espacio en sus corazones? Él confía en lo mejor del espíritu humano y con la parábola lo alienta a que se adhiera al amor, reintegre al dolido y construya una sociedad digna de tal nombre. Una sociedad que huya del desencanto y de la desesperanza no dejándose engañar por el «todo está mal» y «nadie puede arreglarlo» (Cf. Ft 75).

El Papa es contundente al escribir que solo hay dos tipos de personas: las que se hacen cargo del dolor y las que pasan de largo. Nuestras múltiples máscaras, nuestras etiquetas y nuestros disfraces se caen: es la hora de la verdad. ¿Nos inclinaremos para tocar y curar las heridas de los otros? ¿Nos inclinaremos para cargarnos al hombro unos a otros?

«Quitarse las máscaras»

Es un servicio que no espera gratitudes ni reconocimientos, pero al que todos estamos llamados, y que podemos. Puede traducirse en cuidar la fragilidad de cada persona que nos encontramos en el camino, sin importar si es parte de nuestro círculo de pertenencia (cf. FT 79-81).

«Para ello —así concluye Francisco el capítulo 2 de la encíclica—, es importante que la catequesis y la predicación incluyan de modo más directo y claro el sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada persona y las motivaciones para amar y acoger a todos» (FT 86).

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