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Francisco: «Yo también me arrodillo en las calles de Myanmar y digo ¡que cese la violencia!»

«Yo también me arrodillo en las calles de Myanmar y digo: ¡que cese la violencia! También yo extiendo mis brazos y digo: ¡que prevalezca el diálogo!» Con estas palabras finalizaba el Papa Francisco su audiencia general de esta mañana, en la que ha hecho un llamamiento por la paz y el diálogo, a propósito de los últimos acontecimientos ocurridos en Myannmar y en Paraguay. «Recordemos que la violencia siempre es autodestructiva. Con ella no se gana nada, sino que se pierde mucho»

Durante la audiencia general, Francisco ha completado hoy sus catequesis sobre la oración como relación con la Santísima Trinidad centrándose en el Espíritu Santo, al que ha calificado como «el primer don de toda existencia cristiana». «El Espíritu Santo no es uno de muchos dones, es el Don fundamental» ha indicado el Pontífice.

Durante su intervención, que ha tenido lugar de nuevo en la Biblioteca del Palacio Apostólico, Francisco ha recordado el Catecismo, en cuyas páginas se afirma: «cada vez que en la oración nos dirigimos a Jesús, es el Espíritu Santo quien, con su gracia preveniente, nos atrae al camino de la oración. Por eso, la Iglesia nos invita a implorar todos los días al Espíritu Santo, especialmente al comenzar y al terminar cualquier acción importante».

«Sin el fuego del Espíritu las profecías se apagan, la tristeza suplanta la alegría, la costumbre sustituye al amor, el servicio se transforma en esclavitud» ha asegurado el Papa, a la vez que insistía en que «la primera tarea de los cristianos es precisamente mantener vivo este fuego, que Jesús ha traído a la tierra».

Francisco ha reconocido que «muchas veces sucede que nosotros no rezamos, no tenemos ganas de rezar o muchas veces rezamos como loros con la boca pero el corazón está lejos. Este es el momento de decir al Espíritu: “Ven, ven Espíritu Santo, calienta mi corazón. Ven y enséñame a rezar, enséñame a mirar al Padre, a mirar al Hijo. Enséñame cómo es el camino de la fe. Enséñame cómo amar y sobre todo enséñame a tener una actitud de esperanza”».

Y ha concluido asegurando que «es el Espíritu quien escribe la historia de la Iglesia y del mundo. Nosotros somos páginas abiertas, disponibles a recibir su caligrafía.Y en cada uno de nosotros el Espíritu compone obras originales, porque no habrá nunca un cristiano completamente idéntico a otro».

 



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