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Francisco: unidad y pluralidad, por Felipe Arizmendi, obispo de San Cristóbal de las Casas

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Francisco: unidad y pluralidad, por Felipe Arizmendi, obispo de San Cristóbal de las Casas

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Acercándose la visita del Papa a nuestro Estado, han vuelto a aflorar los conflictos internos que hay en algunas comunidades, por problemas agrarios y políticos no resueltos, por la inconformidad con las reformas hechas en el país, por las diferencias religiosas. Unos, que se declaran evangélicos, alegan haber sido expulsados por católicos, por motivo religiosos, lo cual hay que matizar mucho. Hay incidencias religiosas, pero el fondo es de otra índole. Se saca a relucir lo religioso, para sobredimensionarlo. Y como saben que el Papa estará en la Catedral, abundan los plantones y las manifestaciones, no contra el Papa ni contra la diócesis, sino para aprovechar los reflectores mediáticos que están a la caza de cualquier situación que empañe la visita pastoral del Papa.

PENSAR

El Papa Francisco nos ha invitado de muchas maneras a construir la unidad dentro de la legítima pluralidad; a procurar la armonía y la convivencia entre personas, grupos, creencias y culturas. Es decir, que es sano y enriquecedor que haya diferencias, que haya diversas formas de ser, de pensar y de vivir la fe, no para enfrentarnos y destruirnos, sino para complementarnos. Nos ha dicho:

“Descubrir a Jesús en el rostro de los demás, en su voz, en sus reclamos. Vivir juntos, mezclarnos, encontrarnos, tomarnos de los brazos, apoyarnos, participar de una verdadera experiencia de fraternidad. ¡No a la guerra entre nosotros! ¡Sí a las relaciones nuevas que genera Jesucristo! ¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno! ¡No nos dejemos robar la comunidad!

Hay que construir puentes, en vez de levantar muros. La unidad es saber escuchar, aceptar las diferencias, tener la libertad de pensar diversamente y manifestarlo con todo respeto hacia el otro, que es mi hermano. No tengan miedo de las diferencias.

Que el diálogo entre nosotros ayude a construir puentes entre todos los hombres, de modo que cada uno pueda encontrar en el otro no un enemigo, no un contendiente, sino un hermano para acogerlo y abrazarlo. Dejar el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices.

Las religiones tienen el derecho y el deber de dejar claro que es posible construir una sociedad en la que un sano pluralismo que respete a los diferentes y los valore como tales, es un aliado valioso en el empeño por la defensa de la dignidad humana y un camino de paz para nuestro mundo tan herido por las guerras. Dios bendiga a quienes trabajan por el diálogo y la unidad de los cristianos”.

El Papa nos entregará un decreto que autoriza el uso de las lenguas indígenas en la liturgia. Esto es un gran paso para vivir la catolicidad, la universalidad, la legitimidad de recibir la Palabra de Dios y de celebrar el culto cristiano no sólo en la diversidad de idiomas, sino también en las formas diferentes de expresar y vivir la fe católica:

“Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio. El cristianismo no tiene un único modo cultural. Una sola cultura no agota el misterio de la redención de Cristo. La uniformidad no es católica, no es cristiana. La unidad católica es diversa, pero es una. La unidad no es uniformidad.

La diversidad cultural no amenaza la unidad. La unidad nunca es uniformidad, sino multiforme armonía. Sólo el Espíritu Santo puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad.

La visión consumista del ser humano, alentada por los engranajes de la actual economía globalizada, tiende a homogeneizar las culturas y a debilitar la inmensa variedad cultural, que es un tesoro de la humanidad”.

ACTUAR

Aprendamos a convivir, a escucharnos, a respetarnos, sabiendo que no tenemos toda la razón, que no somos dueños de toda la verdad, que no son malos todos los demás. Dialogar es expresión de sabiduría, de que somos personas sensatas y de mente abierta. Condenar todo y a todos los que piensan en forma diferente, a los que viven su fe en modo distinto, a quienes son de otros grupos, partidos, organizaciones y religiones, es tener una mente muy reducida y un corazón muy chiquito.

Fuente: Conferencia del Episcopado Mexicano

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