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Francisco en la Jornada Mundial de los Pobres: «La mayor pobreza es nuestra carencia de amor»

«No hay fidelidad sin riesgo». Así se ha expresado el Papa Francisco en el homilía de la celebración de la IV Jornada Mundial de los Pobres. En ella ha recordado que «si no se invierte, se pierde; porque la grandeza de nuestra vida no depende de cuánto acaparamos, sino de cuánto fruto damos». En este sentido, el Santo Padre ha señalado que los pobres nos permiten enriquecernos en el amor, que es la mayor carencia que uno puede tener.

Este año bajo el lema «Tiende tu mano al pobre», el Papa ha destacado que el servicio es también «obra nuestra», el esfuerzo que hace «fructificar nuestros talentos y da sentido a la vida: de hecho, no sirve para vivir el que no vive para servir».

El Papa ha subrayado que si el bien «no se invierte, se pierde; porque la grandeza de nuestra vida no depende de cuánto acaparamos, sino de cuánto fruto damos. Qué vacía es una vida que persigue las necesidades, sin mirar a los necesitados! Si tenemos dones, es para ser dones».

«Los pobres nos garantizan el rédito eterno»

«¿Quiénes son los “prestamistas” para nosotros, capaces de conseguir un interés duradero?», preguntó Francisco. «Son los pobres: ellos nos garantizan un rédito eterno y ya desde ahora nos permiten enriquecernos en el amor. Porque la mayor pobreza que hay que combatir es nuestra carencia de amor».

Al final de la vida, en definitiva, se revelará la realidad:« la apariencia del mundo se desvanecerá, según la cual el éxito, el poder y el dinero dan sentido a la existencia, mientras que el amor, lo que hemos dado, se revelará como la verdadera riqueza».

Al concluir su homilía, Francisco ha agradecido a tantos fieles siervos de Dios, que no dan de qué hablar sobre ellos mismos, sino que viven así: «Pienso, por ejemplo, en D. Roberto Malgesini. Este sacerdote no hizo teorías; simplemente, vio a Jesús en los pobres y el sentido de la vida en el servicio. Enjugó las lágrimas con mansedumbre, en el nombre de Dios que consuela». El Papa ha concluido: «En el comienzo de su día estaba la oración, para acoger el don de Dios; en el centro del día estaba la caridad, para hacer fructificar el amor recibido; en el final, un claro testimonio del Evangelio. Comprendió que tenía que tender su mano a los muchos pobres que encontraba diariamente porque veía a Jesús en cada uno de ellos. Pidamos la gracia de no ser cristianos de palabras, sino en los hechos. Para dar fruto, como Jesús desea».

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