Coronavirus

Francisco, dos meses confinado en un centro para personas sin hogar: «El albergue ahora somos una familia»

Dos meses de confinamiento. Dos meses prácticamente sin salir a la calle. Dos meses que han sido de adaptación a este nuevo mundo para todos. Dos meses difíciles para todos, y más complicados todavía para aquellas personas que una vez se vieron obligadas a vivir en la calle y a no tener hogar. Así lo han vivido en el Centro de Personas sin Hogar-Albergue «Cardenal González Martín» de Toledo, donde Francisco, nacido en un pueblo de Toledo, nos cuenta cómo está viviendo esta crisis, que todavía acentúa más su situación.

Ante la pregunta ¿Cómo lo estás viviendo? La respuesta ha sido: «pues con mucha, mucha, mucha paciencia». Y es que Francisco llegó a este centro el día 17 de marzo. Ese día fue el último en el que entraron beneficiarios al albergue de Toledo, tal y como establecía el estado de alarma. Desde entonces en este Centro de Cáritas Diocesana de Toledo se han seguido estrictamente las medidas sanitarias y de aislamiento.

Francisco tiene 41 años y vino a Toledo procedente de la Comunidad Valenciana. Antes de llegar al albergue —en el que ya estuvo en 2017— intentó la convivencia con sus padres, pero «me resultó realmente imposible. Yo tengo problemas y la adaptación no era buena», por lo que decidió ir al albergue. Tiene una hija de 7 años, a la que espera ver «una vez que podamos movernos, que es lo que estoy deseando en estos momentos». 

Este toledano se quedó sin hogar tras un desahucio y una separación, «obligándome a emprender esta nueva vida, difícil en todos los sentidos».

En estos dos meses de confinamiento en el que la estancia en el albergue ha sido también complicada «porque convivir con 25 personas que no estábamos acostumbrados a estar quietos» pues a veces «surgían roces de convivencia pero que no han llegado a más». «Con los cuidados de los profesionales del centro —afirma Francisco— estamos muy bien y ahora somos una familia. Quizás más unidos».

Francisco es carpintero-ebanista y junto a otros compañeros que están en el albergue han decidido «echar una mano» y realizar algunos trabajos de  rehabilitación del Albergue, que es un edificio antiguo, con un patio toledano con mucho encanto. «Voluntariamente pensamos que cómo podíamos ayudar, si cada uno sabía hacer algo, por qué no hacerlo.  Nos pusimos manos a la obra y de momento muy bien porque ya vemos los resultados», señala Francisco, que «aunque no podemos salir nos sentimos realmente útiles, y sabemos que así  devolvemos gran parte del bien que nos está dando en Cáritas. Tenemos dos manos para trabajar y muchas ganas de hacerlo».

Hoy, 6 de mayo, (cuando hablo con él), Francisco está contento porque por primera vez en estos casi dos meses va a ver por videoconferencia a su hija «y estoy hasta nervioso».«No tenía móvil ni datos y  una amiga me consiguió uno para que pudiera hablar haciéndome muy feliz», y aunque reconoce «parece una tontería para mí es realmente importante, poder ver cómo está».

El futuro le ve con esperanza, consciente de que ahora es todo tan incierto. «Sé que aunque me caiga me tengo que levantar», confiando en que pueda encontrar un trabajo que le permita estar cerca de su hija. De momento «con paciencia».

Por Mónica Moreno,  responsable de comunicación de Cáritas Diocesana de Toledo

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