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Francisco Cerro, en el Año Jubilar Guadalupense: «El amor de una madre es el único amor que nunca está en crisis»

«En esta vida hay muchos amores, como el de familia, el de pareja, el de hermanos o el de amigos, que pasan por épocas difíciles, pero el amor de una madre es el único amor que nunca está en crisis». Se acerca el medio día en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe (Cáceres) y monseñor Francisco Cerro me abre su corazón con sosiego, prendido a una sonrisa que se forja en el rosario que acaricia entre sus manos. La brisa destila plenitud y, en el eco de nuestros pasos, el Amor se funde emocionado sobre la voz de oraciones prestadas. Siento cómo, en cada uno de los pasos que recorremos el arzobispo de Toledo y yo, apenas queda sitio para la desesperanza.

Así comienza el repor que esta semana publica en nuestra revista Carlos González, profundizando en el Año Jubilar Guadalupense, que comenzó el 2 de agosto de 2020, fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles de la Porciúncula. Con el lema Y desde aquella hora la acogió, el discípulo la recibió en su casa (Jn 19, 27), se extenderá hasta el 10 de septiembre de 2022, en virtud de la ampliación concedida por la Santa Sede. El Año Santo se festeja cada vez que el 6 de septiembre cae en domingo, algo que sucede con la cadencia de 6-5-6-11 años, de manera que en cada siglo ocurre 14 veces. Es importante recordar que, aunque la celebración popular es el 8 de septiembre —fiesta de la Natividad de María—, la fiesta litúrgica se celebra 48 horas antes, el día 6, tal y como aprobó el Papa san Pío X. Un sueño que se haría realidad en 2005, cuando el Papa san Juan Pablo II determinó la celebración del año jubilar a perpetuidad cada vez que el 6 de septiembre coincidiese en domingo.

«¿Sabes, hermano? Una madre acoge a todos, quiere a todos, abre su corazón a todos. Y esa ternura la experimento yo aquí, ante la Virgen de Guadalupe, la morenita de las Villuercas», confiesa el primado de España, mientras mira la cruz que engalana el último misterio doloroso de la plegaria que, cada tarde, le dedica a su Madre. A medida que vamos recorriendo el santuario, el Señor va iluminando su mirada. Y también la mía. Con delicadeza, Él nos invita a la mesa humilde de la que brota la Vida para liberarnos del baile grotesco que el ego, a veces, nos ofrece a un alto precio. «Aquí solo vale la fe y dejarse caer en Sus brazos», le revelo, con mi mirada puesta en la de la Virgen. «Así es —responde el arzobispo—, y quien viene aquí a verla se siente en casa. En casa es donde uno se sana, se siente querido y acogido incondicionalmente, y estar aquí aviva la sensación de no tener orfandad. Ciertamente, quien tiene a María como Madre, no es un huérfano espiritual».

Testimonios

Peregrinar a Guadalupe supone adentrarse en el corazón de paisajes admirables, penetrar, poco a poco, en el espíritu, abandonarse a la espera habitada para encontrar el premio inmerecido de Su presencia.

En la plaza del santuario el goteo de peregrinos es, cada vez, mayor. Tras la Misa, llega el momento de hacer vida el sacrificio de Cristo, la resurrección, la acción de gracias. Por todo y por siempre. Allí está Mariví, catequista y voluntaria de Cáritas parroquial de Illescas. «Después de esta Misa del peregrino ante nuestra Madre, la Virgen de Guadalupe, me siento mejor para poder ir a colaborar con mi grupo de pastoral de Cáritas. Invito a todos a venir para que sientan la fuerza que necesitamos para poder trabajar con los más pobres», confiesa, con la emoción de quien sonríe bajo la lluvia porque se sabe enteramente a salvo. Muy cerca de ella está Alejandro, un joven que ha peregrinado desde Madrid porque la vida se ha afanado en trascenderse en lo más profundo de sus entrañas: «Es la primera vez que vengo, y lo hago en acción de gracias porque merced a la intercesión de la Virgen de Guadalupe, he podido saber que Dios quiere que sea cura. Por eso he venido. Y después de Dios, esto es lo más grande que ahí».

A escasos metros, los ojos de Silvia irradian una luz que se mezcla con los primeros rayos de luz que desprende el fastuoso cielo. «Esta peregrinación ha sido un regalazo», desvela la sonrisa de esta peregrina de la congregación mariana Mater Salvatoris. «Ha sido un encuentro cara a cara con Ella. Es un rellenar energías a tope y saber que, cuando te encuentras con Ella, te vuelve a abrazar, te toma de la mano y te dice: “No estás sola en esto, somos un equipazo de dos y para adelante con lo que venga”. Venir aquí es un acierto seguro porque siempre que vienes sales totalmente renovada». Un sentir que asiente, al pie de la letra, el padre Ernesto, sacerdote de Venezuela que ahora sirve en la diócesis de Ciudad Real… «Ha sido una bendición de Dios venir al santuario a rezar a los pies de nuestra siempre Virgen María. Allí el título que le damos es la Emperatriz de América». Y, en su alegría, desea enviar un mensaje de esperanza: «Os invito a todos a que tengáis esta experiencia de fe en estas tierras santas de España y experimentéis la bendición de esta Madre que nos acoge con el corazón cada vez que venimos a visitarla».

Con los enfermos en el corazón de la plegaria

Eloy ha peregrinado desde Puebla de la Reina (Badajoz) junto a su familia, con un deseo trascendental, el más importante de todos: «Vengo para pedirle a la Virgen por la salud de mi padre, que se encuentra enfermo. Merece la pena venir porque, verdaderamente, la Madre hace milagros», confiesa, rodeado de aquellos que le dieron la vida.
La alegría, a pesar de la pandemia, se reconoce desde lejos en un escenario tan sumamente bello. Enrique, peregrino de Úbeda (Jaén), es caballero de la Real Asociación de Caballeros de Santa María de Guadalupe. Su devoción, como su fe, conoce muy de cerca el buen olor de Cristo, la fragancia de la Comunión… «Aquí la Madre nos espera con los brazos abiertos para darnos su abrazo, su consuelo, su cariño y su protección: lo que da una madre. El Señor, en este año santo, derrama de manera especial su gracia y su misericordia en torno a este santuario a través de la Eucaristía y de la Santísima Virgen». Al fondo, sentada en actitud de plegaria, está Almudena, de Talavera de la Reina. Es profesora y catequista, y confía «a manos llenas» en la Reina de la Hispanidad: «El paraje, el paisaje y el viaje son preciosos. Una vez que estas aquí, te llenas de la paz de Jesús por medio de la Virgen, Él la llena de gracia».

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