Revista Ecclesia » Misionero español en Brasil: «Intentemos que el mundo sea una verdadera Casa Común»
Destacada Internacional Última hora

Misionero español en Brasil: «Intentemos que el mundo sea una verdadera Casa Común»

La charla de un misionero que llegó del alejado Brasil hasta el aula de su colegio le marcó su camino de vida. Con 20 años el jesuita Francisco Almenar SJ armó su mochila y, aún sin acabar los estudios (que finalizaría allí) se embarcó hacia Brasil. Era 1970. Lleva cuarenta años, salvo cuatro que pasó en Mozambique, acompañando a los pueblos de diferentes regiones del país. Aunque no le gusten las etiquetas, desde 1996 su corazón es amazónico. Vive en las fronteras de la selva, donde las injusticias se agravan. En Assís (Brasil), donde reside, está reciente la última crisis migratoria. Entre febrero y marzo, durante tres semanas, más de 400 migrantes haitianos y africanos bloquearon el Puente de la Integración, entre Perú y Brasil. Desesperados por la falta de empleo querían salir de Brasil con el sueño de llegar a Estados Unidos. Pero las fronteras, por la pandemia, están cerradas. El papel de la Iglesia, desde Perú y desde Brasil, ha sido clave para evitar violencia y hallar una salida a través del diálogo.

—Cuatro décadas en Brasil, gran parte acompañando a pueblos fronterizos, indígenas y migrantes. ¿Qué significan las fronteras?

—Nada. No veo ninguna línea dibujada en el suelo. Aquí está el río, que nos une con Perú y Bolivia, pero estas semanas nos ha separado con una muralla de militares y policías. ¿Por qué no significa nada para quienes vivimos aquí? Porque muchos están casados con gente del otro lado, algunos viven aquí y allí, todos los días vamos y volvemos ignorando la frontera… Igual pasa con las comunidades indígenas. Por ejemplo, hay manchineris (pueblo indígena amazónico) que viven en un lado del río Acre, y familiares del otro lado, a tres minutos. No tiene sentido, es el mismo pueblo que fue dividido por los grandes de este mundo, sin contar con las etnias, con las personas del lugar. Yo ignoro las fronteras, moverme entre estos tres países es estar con el mismo Pueblo de Dios.

—¿Cree en un mundo sin fronteras?

—Claro, aunque puede ser una utopía. Sé que cada uno necesita decir de dónde es. Decir «soy valenciano», o «soy brasileño». Pero yo, que vine a Brasil con 20 años, intenté siempre inculturarme. No traje una paella valenciana, nunca la he hecho. Voy a una comunidad indígena y como y duermo como ellos. Me encanta vivir como lo hace la gente con la que me encuentro, sentir con ellos. Soy jesuita, pero no para separarme, adoro a otras congregaciones, otros grupos, otras instituciones y otras iglesias. Aunque necesitemos pertenecer a un grupo más limitado, lo ideal es que eso nunca sea para cerrarnos, aislarnos o confrontar. Debe ser la riqueza que podemos dar y, abriendo nuestros oídos y corazones, también podemos recibir la de otros grupos humanos. Pero, ¿fronteras? No tienen sentido. Nadie, por ser diferente, es mejor o peor.

—Acaban de ser testigos de una crisis humanitaria con cientos de migrantes haitianos y africanos bloqueando la frontera Perú-Brasil, pidiendo transitar hacia Perú, donde las fronteras están cerradas. ¿Cómo se resolvió?

—Terminó de la mejor forma posible. Dos o tres días antes temíamos que la policía brasileña usase la violencia como había hecho la policía peruana cuando el 16 de febrero casi 400 migrantes lograron entrar a la fuerza a Perú, pero fueron reprimidos y devueltos a Brasil. Once personas acabaron en la posta de salud, se golpeó a mujeres embarazadas e incluso un niño recibió gas lacrimógeno. En todo momento nosotros estábamos ahí, en el puente que separa Brasil y Perú, tratando de dialogar y evitar más violencia. Finalmente, tres semanas después se alcanzó una solución pacífica gracias a dos cosas. Primero, porque con las cartas que escribimos mucha gente en Brasil, Perú y en el mundo abrió su corazón hacia los inmigrantes. Fue positivo, se difundió la noticia y se sensibilizó más a la gente para acoger, no desconfiar y tratar de ayudarles. Lo segundo fue que las autoridades brasileñas se comprometieron a ayudar y el Gobierno desembolsó un dinero a través del ayuntamiento. Aquí, en algún momento, hubo más de 600 inmigrantes en un pueblito de 4.000 habitantes. Menos mal que el alcalde se está comportando muy bien, incluso puso una lona enorme en el puente para que se refugiasen de la lluvia, les brindó comida y agua… Unas 30 o 40 familias no querían salir del puente, otras estuvieron acogidas en escuelas.

—¿Aceptaron no poder pasar hacia Perú?

—Pocos días antes de la desocupación final del puente vinieron representantes de los Ministerios de Ciudadanía y de Derechos Humanos. Les dijeron que no se sabía cuándo las fronteras abrirían, se habla de septiembre. Se les prometió cobijo y comida si querían quedarse aquí en Assís y acompañamiento en salud, porque aquí empleo no hay, es un pueblo muy pequeño. Para quienes deseen volver a las ciudades de donde salieron, como Sao Paulo o Curitiba, el Gobierno les aseguraba el viaje en avión y cierta acogida allí, ayuda para buscar trabajo. Ellos han vendido lo poco que tenían para poder viajar, y si regresan lo más probable es que se queden en medio de la calle sin empleo ni poder pagar un alquiler.

—¿Qué caminos han tomado?

—Algunos no quisieron ninguna de las dos opciones, hicieron sus planes y lo intentaron por otros medios. Sabemos que por otra frontera del norte entre Colombia, Perú y Brasil hubo gente que logró pasar. Me comentan que una de las líderes ya está en Colombia. Otros rehicieron el camino y otros están aún aquí. Hay de todo.

—¿Qué papel ha tenido la Iglesia en esta crisis?

—Es la institución más comprometida, de ambos lados, con los migrantes. El Gobierno tiene más dinero, pero no es cuestión de dinero, sino de apoyo, de denuncia, de procurar que no haya violencia y de diálogo. Del lado peruano monseñor David Martínez de Aguirre rápidamente envió un comunicado del Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado al Gobierno, proponiendo hacer una especie de corredor para dejarles pasar por Perú. Ellos sueñan con llegar a México pensando que Estados Unidos está abierto. Se decía que, legal o ilegalmente, iban a pasar porque están desesperados y no iban a regresar. De hecho, estuvieron 23 días en el puente sin querer volver.

Del lado de Brasil, desde el 2011 que los haitianos empezaron a llegar por aquí, que en esa época eran 40 a 60 haitianos diarios, la Iglesia con sus laicos se organizó para acogerles, para brindarles una merienda, un café. Era la primera vez que se sentían acogidos, porque hasta llegar a la frontera habían sido explotados y sobornados por los coyotes, los policías… Y esa generosidad continúa diez años después. Al inicio de la pandemia ya tuvimos tres meses difíciles, pues había aquí también 200 a 300 haitianos. Querían pasar legalmente pero como no se les dejó la mayoría terminó arriesgando su vida y cruzando el río. Luego llegaron venezolanos que habían cruzado desde Perú, incluso se les dejó dormir dentro de la iglesia, en los bancos, y se consiguieron cestas de alimentos para ellos. Siempre estamos acompañando a los migrantes y haciendo incidencia ante las autoridades.

Nadie, por ser diferente, es mejor o peor.

—¿Qué les dice cuando su ilusión es llegar a Estados Unidos?

—Por honestidad les digo la verdad, aunque la mayoría no la cree. No debemos engañar ni incentivar. Se les advierte que las fronteras están cerradas. Sabemos que el nuevo presidente, Biden, al menos está legalizando a quienes ya estaban en Estados Unidos, pero las fronteras siguen con leyes muy estrictas. Aquí en Brasil insistimos a la gente del Gobierno que difundan en televisión y en redes sociales sobre la verdad, que todo está cerrado, que no vengan para aquí porque van a sufrir más. No quiero imaginarme cómo estará la frontera con Estados Unidos, allí sí debe haber gente muriendo de hambre. Aquí en la última semana yo ya asumí que no se adelantaba nada bloqueando más el puente y, al final, lo creyeron porque se hizo una videoconferencia con un juez y su mensaje les convenció.

—¿Qué tanto de responsabilidad tiene, en estas crisis, la gestión de la pandemia del Gobierno?

—La pandemia, en Brasil, ha agravado los problemas que ya teníamos. Desde antes la política económica del Gobierno ha acabado con las leyes que los trabajadores habían conquistado, disminuyendo el poder adquisitivo del sueldo mínimo. Ahora son unos 175 euros al mes. La mayoría de los haitianos que tenían trabajo solo ganaban el sueldo mínimo, y son gente cualificada. ¿Cómo pagar el alquiler en Sao Paulo, alimentarse y mandar ayuda a los familiares en Haití? Cuando llegaron a Brasil un dólar era menos de dos reales, ahora es unos seis, el dinero les vale tres veces menos. Nos decían que salían de una situación insoportable, ya no podían ni comer. Con Bolsonaro ha aumentado mucho el desempleo, hay 15 millones de brasileños en paro y los haitianos y africanos no van a estar delante. La pandemia ha empeorado todo, pero el problema viene de raíz. Es una tristeza muy grande ver cómo un país tan abundante, que podría dar oportunidades para todos, cada vez concentra la riqueza en manos de unos pocos.

—¿Son los migrantes los más vulnerables?

—Sí, pero son, han sido y continúan siendo la gran riqueza. Con sus míseros sueldos han beneficiado mucho más a Brasil de lo que han recibido, económicamente hablando. Además de toda la riqueza cultural transmitida. Aquí, solo en estos días, los emigrantes han enriquecido a los coyotes, a la policía, al comercio… vinieron personas de la ONU y tuvieron que hospedarse en nuestra casa porque los hoteles estaban llenos. Los migrantes están enriqueciendo a todos menos a ellos, despojándose en el camino de lo poco que tienen.

—¿Qué se aprende escuchando al migrante?

—Es muy fácil ayudar con dinero, pero es difícil compartir nuestro tiempo. Cuesta más. Pero, cuando «gastas» ese tiempo yendo allá, es una alegría porque te cuentan sus historias y secretos, porque confían en ti. Te sientes feliz de que, por lo menos, confíen en alguien. Cuentan su sabiduría, lo que han pasado en la vida… y preguntan también. Es una riqueza que no se puede expresar con palabras, el sentirse amigos, hermanos. Además de ese profundo sentimiento de agradecimiento que nos transmiten. Me evangelizan mucho y nos enseñan mucha humanidad.

—En Fratelli tutti el Papa habla mucho de estos temas. ¿Fortalece sus convicciones?

—Claro, que lo diga el Papa tiene peso moral en todo el mundo, porque además este Papa no solo es respetado en la Iglesia, sino fuera también. Los valores que nos transmite son cien por cien evangélicos. Uno se siente apoyado, aunque llevamos décadas hablando y viviendo sobre esas realidades. Sientes que, gracias a Dios, el camino del Evangelio es por ahí, y vamos a tratar de hacer un mundo donde cada persona, esté donde esté, se sienta en casa, que el mundo sea una verdadera Casa Común. Yo quiero dar mi vida por eso.

—Y en Querida Amazonía Francisco nos regala cuatro sueños. Y a usted, ¿le gusta soñar? ¿Cómo sueña la Amazonía en la que vive?

—Sí, me gusta soñar. Soñar no es irreal si se hace con los pies en el suelo. El sueño nos hace caminar, y aquí intentamos ir viviendo ese sueño. Cuando el Papa estuvo por aquí, en Puerto Maldonado, dijo que había venido primero para escuchar a los pueblos indígenas. Y estuvo más de una hora sentado, escuchándolos atentamente. Bueno, hace más de 30 años, cuando llegué a Brasil el obispo me dijo: «Si has venido para enseñar no te queremos, pero si has venido a aprender juntos sí te queremos». Por eso, me hice agricultor, para aprender primero de la gente. Hay que escuchar lo que la gente vive, sentir con ellos, que digan lo que quieren y nosotros apoyarles en lo que podamos. Mi sueño es grande, pero en pequeñito va haciéndose realidad. Hace cinco años, cuando llegué a esta frontera, la gente no estaba tan abierta cuando venían los indígenas de sus comunidades. Siempre se les mira diferente, porque hablan otra lengua, tienen otras costumbres… pero ahora ya mucha gente simpatiza con ellos, los escucha, y lo mismo con los emigrantes, ya no les tienen temor, les saludan, se interesan por ellos. Se siente un ambiente más abierto a acoger a gente diferente. Son semillas de un mundo diferente. Mi sueño es que todos tengan lo suficiente para vivir.

 

Una entrevista para el número 4.070 de ECCLESIA de Beatriz García Blasco



O si lo prefieres, regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

HAZME DE ECCLESIA

Cada semana, en tu casa