Congreso de Laicos Coronavirus

Formarse para vivir y transmitir la fe, por Isaac Martín

El tercero de los itinerarios que han orientado los contenidos del Congreso de Laicos fue el referido a nuestros procesos formativos. Todos comprendemos que la formación resulta esencial en nuestra vida para identificarnos más con Jesucristo y para poder dar razones de la esperanza que tenemos depositada en Él. Sin embargo, con la misma claridad, vemos que la falta de formación en la fe constituye una de las principales carencias que tenemos los fieles laicos, lo que provoca en nosotros inseguridades, miedo a manifestarnos como católicos en público o, sencillamente, apatía y pasividad en la vivencia y en la práctica de la misma.
Como puso de manifiesto en el Congreso Gabino Uríbarri, encargado de la ponencia marco de este itinerario, ser Iglesia en Salida requiere formación, que se ha de unir a nuestra experiencia personal de Dios. Para ello, hemos de interiorizar una premisa sin la cual no es posible comprender ni su necesidad ni su utilidad: la fe es un tesoro que genera alegría, aliada de la verdad y de la razón, capaz de plenificar la vida de todos; precisamente por ello, nuestra misión es transmitirla. Pero no podemos hacerlo si no la conocemos.
En este sentido, el ponente nos daba tres claves que pueden ayudarnos no solo a comprender la imperiosa necesidad de formarnos, sino también a encontrar el modo adecuado de hacerlo en atención a nuestras concretas circunstancias.
La primera de ellas es, en expresión del Papa Francisco, que cada uno de nosotros es una misión y, a tal fin, somos ungidos por el Espíritu Santo; ello nos da algo especial, único, que hemos de poner al servicio de los demás. La segunda clave es que llevar a cabo esa misión exige una formación madura, ajustada a la propia vida en función de lo que somos y de lo que hacemos, pues esa misión de compartir la fe se concreta en un tiempo y en un espacio en coherencia con nuestras propias circunstancias (profesión, ámbito de relaciones, tareas que desarrollamos). La tercera es que nuestra formación específica ha de integrar en un todo coherente silencio, oración, revisión de vida y discernimiento, con carácter permanente y en el contexto de nuestro ser Iglesia.
El momento tan extraordinario que estamos viviendo a nivel mundial como consecuencia de la pandemia del COVID-19 suscita muchas dudas desde la perspectiva de la formación: ¿cómo leer este signo de los tiempos? ¿Cómo seguir creciendo en la fe sin poder recibir los sacramentos? ¿Cómo poder profundizar en ella si nos hemos visto forzados a interrumpir bruscamente todos nuestros encuentros formativos y nuestras reuniones de grupo? ¿Cómo poder transmitir la fe a quienes están a nuestro lado si no solo no hablan el mismo lenguaje, sino que ni siquiera dan la oportunidad al diálogo por su indiferencia ante cualquier sentimiento religioso, cuando no rechazo explícito, incluso en un contexto de excepción como el que estamos viviendo?
Son preguntas que hemos de hacernos. Pero a todas ellas ha de precederles una previa, primera y fundamental: ¿qué falta en mi vida para que mi formación —entendida como identificación con Jesucristo que aúna oración, sacramentos, profundización en la fe a través del estudio de la Palabra y el Magisterio y conocimiento de la cultura actual— sea plena y responda a la necesidad de transmitir la fe y cumplir con mi misión ante quienes me rodean?
Acabamos de celebrar la Semana Santa más singular de nuestra existencia. Hemos rememorado cómo Cristo, que había anunciado el Reino a sus contemporáneos, entregó su vida y recibió el desprecio y el rechazo de muchos, pero logró, con la Gracia del Padre, la conversión de no pocos. Esos primeros cristianos, fieles al mandato de su Maestro, comprendieron el significado de la nueva alianza que se establecía con la Cruz entre Dios y el hombre y lo que implicaban la Historia de la Salvación y las promesas del Señor para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.
En definitiva, como señalaba Uríbarri en su intervención, asumieron que «el cristianismo se presenta como una fe que merece la pena vivir porque es también una fe por la que merece la pena morir». Esa vivencia plena de la fe es la que llama la atención a quienes no han descubierto aún el tesoro que encierra. Para conocerla, resulta imprescindible la formación, integral y permanente, adaptada a nuestra concreta realidad. Para compartirla, hace falta experimentarla. Quien es auténtico cristiano, seguidor de Jesucristo, se muestra como cristiano, con naturalidad, allá donde esté y ante aquéllos con los que comparte su vida. El resto escapa de nuestro alcance, porque no depende de nosotros, sino de la voluntad de Dios y de la libertad de nuestros hermanos.
Abrazar la fe, integrarla en nuestra existencia como un tesoro, vivirla con alegría, comprometernos a conocer cada vez más sus contenidos para experimentarla más plenamente es, en síntesis, formarse. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Por Isaac Martín

Miembro de la Comisión Ejecutiva del Congreso de Laicos y delegado de Apostolado Seglar de Toledo

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