Iglesia en España Última hora

Firma de Juan Carlos Mateos: «Hemos descubierto lo esencial»

En general, a los sacerdotes de España, la pandemia ocasionada por la COVID-19 ha permitido conocer la vulnerabilidad y la fragilidad de nuestra vida, a nivel personal, y también a nivel pastoral. Los tiempos fuertes de Cuaresma y Pascua son siempre momentos de grandes proyectos pastorales que casi consideramos como imprescindibles para nuestro «éxito» pastoral. Al no poder vivirlos de manera «normal», los sacerdotes nos hemos dado cuenta que lo verdaderamente importante es nuestra relación con el Señor, y nuestra oración de intercesión por el pueblo. «Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo». A menudo nos cuesta creerlo en el día a día, pero es el Espíritu, y no nuestros planes y proyectos, quien hace fecunda a la Iglesia. Algunos sacerdotes comentaban cómo durante estos días: «Nos hemos sentido “despojados” de nuestras programaciones y rutinas. Hemos tenido que pasar del “hacer” al “ser”… y ¡cuánto nos ha costado!». Han sido meses para reflexionar más sobre nuestra identidad y misión como sacerdotes, sabiendo que hemos de adaptar nuestra pastoral a los tiempos nuevos que vivimos, centrándonos en lo fundamental: la experiencia de Dios y el servicio a los pobres, viga maestra de nuestro ministerio sacerdotal. Otros comentaban con cierto gracejo: «¡hace tiempo que no rezaba tanto!».

En general los sacerdotes han vivido pues estos meses como un kairós, un momento que ahora, una vez pasado, reconocen como tiempo de gracia. «Nos hemos encontrado más con nosotros mismos y con Dios… hemos rezado, confiando en los planes de Dios Padre, que siempre busca nuestro bien», aunque algunos —no pocos— confiesan que el hecho de tener que enfrentarse a situaciones «desconocidas», tales como hacerse la comida —algunos por primera vez—, tener que desplegar una gran creatividad en medios digitales para los que no tenían conocimiento ni dominio, ha generado situaciones de cierta angustia y momentos de preocupación.

Sin embargo, al mismo tiempo, ha brotado con fuerza la creatividad para acompañar a nuestro pueblo durante estos días litúrgicamente tan intensos y personalmente tan complicados. La mayoría de sacerdotes han estado en constante comunicación con sus fieles a través de llamadas telefónicas (sobre todo a personas mayores y solas) y con una rica y variada propuesta digital a través de WhatsApp, YouTube, Facebook, etc. Unos han enviado un audio diario, comentando el evangelio de cada día. Otros, se han mostrado disponibles también para llevar la comunión y administrar el sacramento de la unción a los enfermos y moribundos. Hasta donde han podido, han visitado a los enfermos en los hospitales y a sus familiares en las casas. Los medios de comunicación en general han ayudado mucho. Muchísima gente ha seguido y «participado» en las retransmisiones por TRECE, que ha duplicado su audiencia durante esta pandemia.

Uno de los grandes retos de estos días para los sacerdotes ha sido ayudar a las familias a redescubrirse como verdadera Iglesia doméstica. Han sido muchas las iniciativas pastorales, donde han alentado a que las familias comprendieran y vivieran verdaderamente como iglesias domésticas, unidas por la oración, unidos al Señor y unidos entre ellos.

Las Cáritas parroquiales han sido, y están siendo, un precioso camino de anuncio del Evangelio: sacerdotes y voluntarios que, a pesar del riesgo que conlleva, no han dejado de atender a las personas que están sufriendo más las consecuencias sociales y laborales de esta crisis. Así, han sido numerosísimas las iniciativas y propuestas de caridad, incluso muchos fieles se han implicado personalmente como voluntarios, y otros han colaborado económicamente con gran generosidad.

Por otra parte, han sido también muchos los sacerdotes que han mostrado su disponibilidad para poder desarrollar la labor pastoral en hospitales y tanatorios, con experiencias impresionantes que muestran cómo en tantas personas se ha despertado el deseo de Dios y de una vida con sentido humano y trascendente. La dolorosa situación que muchos fieles han tenido que vivir fruto de la enfermedad, la soledad, la muerte, ha llevado a vivir en los sacerdotes la verdadera compasión, sufrir con los fieles, a los que tantas veces no podían acercarse a consolar… «lo hacíamos desde la oración de intercesión, pidiendo a Aquél que es fuente del verdadero consuelo». Las situaciones de pobreza material y espiritual que ha generado esta crisis ha provocado también en los sacerdotes un fuerte deseo de salir al encuentro de estas personas para ayudarlas a través de la Palabra, los sacramentos y la caridad. Son muchas las personas afectadas por la enfermedad, por la muerte de un ser querido, por la pérdida de trabajo, que necesitan sentir la fuerza de la gracia y el acompañamiento de la Iglesia en sus ministros.

Son también muchas las personas que han tenido que posponer la celebración de algunos sacramentos, como la primera comunión, bodas, bautizos… Esta situación nos puede ayudar a que la gente redescubra el significado real de los sacramentos, más allá de las celebraciones festivas.

La situación de confinamiento ha llevado a los sacerdotes a valorar de una manera especial la fraternidad sacerdotal y el constatar, una vez más, que el individualismo y el aislamiento respecto de los hermanos sacerdotes, de la diócesis y de los demás nunca es bueno. Han sido muchas las iniciativas de los sacerdotes para mantener el contacto, especialmente a través de las varias plataformas digitales que han permitido realizar encuentros por arciprestazgos, encuentros de oración, el rezo del Rosario, que en algunas diócesis el obispo con los sacerdotes más jóvenes. Algunos reconocen que se han sentido descolocados al no saber «ser» sacerdotes sin hacer «nada». Se han sentido como «en paro», como si estuvieran de «baja laboral». En algunas diócesis se han ofrecido Ejercicios Espirituales online, —tanto para sacerdotes como para fieles—, los retiros de marzo, abril y mayo de un día, oraciones guiadas, adoraciones al Santísimo, Vísperas, etc.

Los sacerdotes jubilados y mayores eran conscientes de su potencial riesgo. Por ello se ha intentado cuidarles de manera especial, sustituyéndoles en sus actividades pastorales y manteniendo el contacto telefónico con ellos para conocer su situación anímica, espiritual y personal. Las casas sacerdotales han mantenido también un estricto confinamiento que han permitido una mayor convivencia humana y espiritual entre ellos, que ahora están agradeciendo. En las residencias sacerdotales se ha vivido con alguna incertidumbre y desasosiego la pandemia. Generalmente las rápidas medidas de prevención del personal de la casa han permitido que se hayan controlado muy rápidamente los brotes que ha habido.

En nuestras diócesis han sido en torno a setenta los sacerdotes, religiosos con misión pastoral y diáconos permanentes de los que tenemos certeza que han fallecido por la COVID-19 y más de doscientos los afectados. Varias diócesis, antes de la vuelta a la vida «desconfinada», han ofrecido a sus sacerdotes la posibilidad de hacerse los test de seroprevalencia, para que puedan volver a la vida pastoral con la certidumbre de que «no contagian».

En el caso de un nuevo brote sería bueno que las diócesis pusieran a disposición parte de las casas de espiritualidad y/o los seminarios infrautilizados, habitaciones libres de la casa sacerdotal, para que los sacerdotes más vulnerables pudieran confinarse juntos y vivir de nuevo este tiempo desde la fraternidad y la oración. Incluso los sacerdotes que viven solos, durante un posible nuevo confinamiento, puedan ir a las residencias sacerdotales, aunque se ad tempus. Nuestros sacerdotes necesitan un fraterno acompañamiento humano y espiritual para poder afrontar lo que estamos viviendo; a menudo creemos que nosotros no necesitamos que nadie nos acompañe y sí necesitamos una mano amiga que camine con nosotros.

También necesitamos formación específica para cómo saber acompañar en el duelo, o cómo afrontar la muerte, pues en ocasiones solo nos acompaña nuestro buen deseo y buena intención. Y no estaría de más, una introducción técnica a este nuevo mundo de comunicación online que pastoralmente ha abierto un campo hasta ahora desconocido.

Por Juan Carlos Mateos
Director del Secretariado de la Comisión Episcopal para el Clero y los Seminarios

 

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