Carta del Obispo Iglesia en España

Fiesta de la Santa Trinidad: nuestro Dios es comunión, por el arzobispo de Burgos

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Fiesta de la Santa Trinidad: nuestro Dios es comunión, por el arzobispo de Burgos

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 11 de junio de 2017

Hoy, fiesta de la Santísima Trinidad, celebramos y confesamos el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que se nos ha revelado y manifestado. Jesús nos ha hablado de Dios como Padre; nos ha hablado de sí mismo como Hijo de Dios y nos ha hablado del Espíritu Santo. En la fiesta de la Santísima Trinidad culminan de algún modo los acontecimientos que hemos venido celebrando a lo largo del año litúrgico: desde el Adviento se nos hizo presente la voluntad salvadora del Padre, que envió a Jesús, el Hijo; hemos ido haciendo memoria de su nacimiento, de su ministerio público, de su muerte y resurrección; asimismo hemos celebrado la presencia y la acción del Espíritu, de modo especial el día de Pentecostés. Por eso en el Credo, símbolo de la fe de la Iglesia, confesamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, las tres Personas de la Trinidad santa.

Como os decía en mi Carta Pastoral, la muerte y resurrección de Cristo «nos desvelan lo más íntimo del misterio del Dios Trinidad, como Vida y Amor: la vida que es amar y el amor que es la raíz y el aliento de la vida». En la Trinidad reconocemos el rostro de Dios que es amor. El amor del Padre, fuente de toda vida, el amor del Hijo, muerto y resucitado, amando hasta el extremo y el amor del Espíritu derramado en nuestros corazones para que nosotros amemos como Dios ama.

La Trinidad es el misterio central de nuestra fe. Al quererlo expresar con nuestro lenguaje, puede sonar un poco abstracto, pero manifiesta toda su profundidad si lo entendemos desde la historia de la salvación y desde la experiencia de los místicos y los santos. Entonces podremos comprender que dirigirnos a Dios Trinidad es un acto de adoración, de alabanza, y de acción de gracias; y entenderemos que la fiesta de la Trinidad, es la fiesta del amor que Dios ha manifestado por nosotros a lo largo de la historia, de la cercanía y la ternura por cada una de sus criaturas; y de la vida misma de Dios, de la que nos hace participar en la oración, en los sacramentos y en la caridad.

Nuestro Dios no es un Dios solitario, nuestro Dios es comunión, familia trinitaria, comunión de Personas en un amor recíproco eterno e inagotable. Ese amor es nuestra salvación, el aliento de nuestra generosidad y la fuerza de nuestro compromiso. La comunión de las Personas divinas debe impregnar y alimentar la comunión de nuestra vida eclesial y nuestras relaciones fraternas. El Papa Francisco, en uno de sus mensajes con ocasión de esta fiesta (año 2015), insiste en que la contemplación de este misterio de comunión «ha de renovarnos la misión de vivir la comunión con Dios y vivir la comunión entre nosotros, según el modelo de esa comunión de Dios. No estamos llamados a vivir ‘los unos sin los otros, sobre los otros o contra los otros’, sino ‘los unos con los otros, por los otros y en los otros’, con un amor recíproco y entre todos».

Hoy la Iglesia celebra también la Jornada Pro orantibus, los orantes, aquellos que consagran su vida a la oración, a la contemplación. Nuestra diócesis tiene motivos sobrados para sentir como propia esta Jornada, dada la riquísima variedad de monasterios de vida contemplativa con que cuenta. Las grandes tradiciones espirituales están presentes entre nosotros: benedictinos, camaldulenses, cartujos, cistercienses, entre los monjes; agustinas, benedictinas, carmelitas, cistercienses, clarisas, concepcionistas franciscanas, dominicas, salesas, trinitarias y, de fundación más reciente, Iesu Communio, entre las monjas. Ellos y ellas, merecen una mención expresa y especialísima por mi parte, con el afecto y agradecimiento de todos nosotros, por estar respondiendo a la llamada amorosa de Dios en la vocación contemplativa que, como decía san Juan de la Cruz, «es la ciencia del amor». También Santa Teresa de Lisieux resumía así esta bella misión de nuestros contemplativos: «En el corazón de mi Madre, la Iglesia, yo seré el Amor».

Los «orantes» en los monasterios de nuestra diócesis son para nosotros un precioso regalo, y a la vez un ejemplo y un estímulo. Ellos nos enseñan a Contemplar el mundo con la mirada de Dios, como dice el lema de esta Jornada. Ellos miran el mundo, a cada uno de los seres humanos, gozando de la belleza de todo lo que existe y agradeciéndola al Dios Trinidad. Ellos y ellas, en sus monasterios, viven una soledad que no los aleja de nosotros, sino que los abre a la comunión con toda la Iglesia y con la humanidad entera. Rezan y aman no para ellos sino en nombre de todos y a favor de todos.

Os invito por ello a que os acerquéis a algún monasterio para conocer de cerca su testimonio de vida orante y evangélica. La experiencia de estos espacios y tiempos de serenidad y silencio, oración y contemplación, en los que de un modo oculto y a la vez manif­iesto se ofrenda la vida en alabanza continua a la Santa Trinidad y en oración de intercesión por toda la humanidad, os ayudará sin duda a profundizar y enriquecer vuestra vida cristiana.

 

 

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