Cartas de los obispos

Fiesta de la Presentación del Señor, Jornada de la Vida Consagrada, por el arzobispo de Burgos

Cuarenta días después de la Navidad, la Iglesia revive hoy el misterio de la Presentación de Jesús en el templo y celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

Fidel Herráez Vegas, para el domingo 2 de febrero de 2020

La ley judía indicaba que cuarenta días después del nacimiento del primer hijo los padres lo llevaran al templo de Jerusalén para presentarlo al Señor; así lo hicieron María y José. Nos dice el Evangelio que «los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la Ley del Señor» (Lc 2, 22). Pero en este momento fue Dios quien presentó a su Hijo a la humanidad. El Niño, que María y José llevaron con emoción al templo, es el Verbo encarnado, el Redentor del mundo y de la historia. Y así lo manifiestan el anciano Simeón y la profetisa Ana, que lo acogen y proclaman como «Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2, 32). El Señor había prometido a Simeón que no moriría sin antes ver al Salvador del mundo y, al tener a Jesús en sus brazos, reconoce, inspirado por Dios, que ese niño era el Redentor y Salvador de la humanidad.

Muy pronto, conmemorando este hecho, en Oriente se instituye una fiesta llamada del «Encuentro», celebración que pasó a Occidente después, más conocida como Fiesta de la Purificación de Nuestra Señora. Hoy, dentro de la liturgia renovada por el Concilio Vaticano II, se celebra como fiesta de la Presentación del Señor, al que María estuvo íntimamente unida, como Madre y modelo del nuevo Pueblo de Dios. Evocando las palabras de Simeón que dice de Jesús «luz para alumbrar a las naciones», se incorporó y seguimos celebrando un rito de bendición y procesión de las candelas, dando a la fiesta el nombre popular de la Candelaria en muchos lugares. Con este sencillo y bello signo de las candelas se expresa la luz de la fe en Jesús que es luz de todos los pueblos, nuestra participación en su Luz por el Bautismo, y la llamada a compartir y transmitir esa Luz en todas las actitudes de nuestra vida.

La Jornada de la Vida Consagrada se celebra cada año en esta fiesta de la Presentación de Jesús, el Consagrado del Padre, el que ha venido al mundo para hacer su voluntad. San Juan Pablo II decía de esta fiesta que en ella «celebramos el misterio de la consagración: consagración de Cristo, consagración de María y consagración de todos los que siguen a Jesús por amor al Reino…, aquellos que en el Pueblo de Dios representan la novedad radical de la vida cristiana». Y él fue quien instituyó la Jornada de la Vida consagrada (1997), con tres fines principales: Alabar más solemnemente al Señor y darle gracias por el gran don de la vida consagrada que enriquece a la comunidad cristiana con la multiplicidad de sus carismas; promover en todo el Pueblo de Dios el conocimiento y la estima de la vida consagrada con los copiosos frutos de tantas vidas entregadas totalmente a la causa del Reino; e invitar directamente a las personas consagradas a celebrar juntas las maravillas que el Señor ha realizado en su género de vida, y a hacer más viva la conciencia de su insustituible misión en la Iglesia y en el mundo.

Este año se celebra la Jornada con el lema «La vida consagrada con María, esperanza de un mundo sufriente». Se mira a María como supremo modelo de vida consagrada; y se ha elegido como línea a profundizar la virtud teologal de la esperanza, de la que el mundo actual, en el que hay tanto sufrimiento, está profundamente necesitado. «La persona de especial consagración, con su palabra, con su acción, pero sobre todo con su propia vida, es testigo y anuncio de esa esperanza. Y lo será en tanto en cuanto aprenda de María y con María, Madre de la Esperanza, a esperar solo en Dios» (Mensaje de los Obispos para este Jornada).

Hoy pienso especialmente en todas las personas consagradas que sois para nuestra diócesis un gran regalo de Dios. Os felicito con todo afecto y os expreso, también en esta ocasión, mi profunda gratitud. Gracias a las comunidades contemplativas, dedicadas totalmente a la oración, que llaman noche y día al corazón de Dios, intercediendo por este mundo doliente. Gracias a quienes, desde vuestros respectivos carismas y el testimonio de la fraternidad y de la comunión, sois como levadura, que hace crecer el Reino de Dios. Gracias a los que vivís el compromiso concreto por la justicia, trabajando con verdadero espíritu evangélico por los más necesitados. Bien sabéis que deseo que la Vida Consagrada sienta y viva la diócesis como su casa; y que cuento con todos vosotros en el caminar juntos de la Asamblea Diocesana que estamos desarrollando. Gracias de corazón.

El Papa Francisco afirma que la Vida Consagrada es: «alabanza que da alegría al Pueblo de Dios, visión profética que revela lo que importa». Que María, esperanza nuestra, nos ayude a todos a buscar lo que de verdad importa, haciendo de nuestra vida una ofrenda agradable a Dios y un don gozoso para nuestros hermanos.

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