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«Fieles al envío misionero», por el cardenal Juan José Omella

Cuando repasamos la gran actividad misionera desarrollada por la Iglesia católica entre los siglos XIX y XX quedamos impresionados por su amplitud y profundidad. En los corazones de muchos bautizados brotaba el deseo inmenso de ir a llevar la Buena Noticia de Jesucristo a quienes no la conocían. Además de Congregaciones Religiosas ya existentes como franciscanos, dominicos, jesuitas, etc., surgieron otras nuevas iniciativas como los Combonianos, Padres Blancos, Misiones Africanas, el IEME etc. en su doble vertiente masculina y femenina.

Las comunidades cristianas tenían conciencia de que urgía vivir el mandato del Señor: «Id al mundo entero y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). Dejaban casa, familia, idioma, cultura, comodidades etc., y se lanzaban a la misión sabiendo que las condiciones de vida en esos lugares a donde iban destinados eran realmente distintas y, en muchas ocasiones, penosas. Sabían que en esos lugares «de misión» se escucharía el mensaje de Jesús, el Hijo de Dios, por primera vez.

Desconocían, además, si serían bien recibidos y si la siembra daría buenos frutos. Pero nada impedía su ardor misionero. Fueron misioneros valientes y humildes que se apoyaban plenamente en la fuerza del Señor que había asegurado: «Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20).

La hermosa aventura de anunciar a Cristo y su maravilloso Mensaje

Me emociona recordar los primeros pasos de esos misioneros que desconocían, en muchas ocasiones, la lengua, la cultura y las problemáticas con las que se encontrarían. Pero no se arrugaron y se lanzaron con decisión en esa hermosa aventura de anunciar a Cristo y su maravilloso Mensaje. La semilla plantada con sus vidas y su entrega apasionada dio pronto buenos frutos. Por poner un ejemplo, podemos recordar el caso de Uganda, donde a los pocos años de la llegada de los primeros misioneros, unos jóvenes nativos fueron capaces de dar la vida por la fe antes que renegar de Cristo. Fueron 22 jóvenes católicos y 23 anglicanos los que alcanzaron la palma del martirio por adherirse a la persona de Jesús el Hijo de Dios. El Papa san Pablo VI decía en la homilía de la Misa de canonización:

¿Quién podía suponer, por ejemplo, que a las emocionantísimas historias de los mártires escilitanos, de los mártires cartagineses, de los mártires de la «Masa Cándida» de Útica —de quienes san Agustín (cf. PL 36,571 y 38, 1405) y Prudencio nos han dejado el recuerdo—, de los mártires de Egipto —cuyo elogio trazó san Juan Crisóstomo (cf. PG 50, 693 ss)—, de los mártires de la persecución vandálica, hubieran venido a añadirse nuevos episodios no menos heroicos, no menos espléndidos, en nuestros días? ¿Quién podía prever que, a las grandes figuras históricas de los Santos Mártires y Confesores africanos, como Cipriano, Felicidad y Perpetua, y al gran Agustín, habríamos asociado un día los nombres queridos de Carlos Lwanga y de Matías Mulumba Kalemba, con sus veinte compañeros? Y no queremos olvidar tampoco a aquellos otros que, perteneciendo a la confesión anglicana, han afrontado la muerte por el nombre de Cristo.

Estos mártires africanos abren una nueva época, no queremos decir ciertamente de persecuciones y de luchas religiosas, sino de regeneración cristiana y civilizada. … el paso desde una civilización primitiva —no desprovista de magníficos valores humanos, pero contaminada y enferma, como esclava de sí misma— hacia una civilización abierta a las expresiones superiores del espíritu y a las formas superiores de la vida social.

Recuperar el ardor misionero y evangelizador

La Conferencia Episcopal Española acaba de publicar el documento Fieles al envío misionero (EDICE, nº 78. Año 2021) en el que ofrece unas orientaciones y líneas de trabajo con el fin de ayudar a recuperar el ardor misionero y evangelizador de los fieles cristianos y de las instituciones eclesiales en el hoy de nuestra sociedad española.

Con este documento, y siguiendo la invitación del Papa Francisco en su exhortación pastoral Evangelii Gaudium, los obispos de las diócesis que peregrinan en España queremos ofrecer unas pistas de discernimiento para acoger y responder al envío misionero que hizo el Señor a la Iglesia de los primeros tiempos y que es igualmente válido y urgente para la comunidad cristiana y para cada bautizado de cualquier época y de cualquier lugar.

Solemos decir que los tiempos actuales son complicados para una acción misionera. ¿Ha habido algún tiempo realmente fácil para afrontar esa hermosa tarea? Los misioneros, los auténticos misioneros, han intentado transmitir el fuego, el ardor de la Buena Nueva, con verdadera pasión, con mucha humildad, pero con gran valentía. En sus corazones resonaban fuertemente las palabras del gran apóstol Pablo de Tarso: «Anunciar el evangelio no es para mí ningún motivo de orgullo, sino una obligación ineludible. ¡Y ay de mí si no lo anunciase!» (1Cor 9, 16).

La gran familia que es la Iglesia que peregrina es España

Deseo de todo corazón que los cristianos que conformamos esta gran familia que es la Iglesia que peregrina en España leamos con corazón abierto estas reflexiones y orientaciones que nos ofrecen los obispos, pastores de la Iglesia, y tratemos de llevarlas a la práctica.

Pido a Santa María, Madre de los Apóstoles, y a san José, su esposo y nuestro gran intercesor, que nos ayuden a ser verdaderos misioneros, sembradores de la Buena Nueva en medio de esta sociedad en la que el Señor nos ha concedido vivir. Y que como dice el Papa Francisco: no nos dejemos robar el gozo de ser evangelizadores.



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