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Fernando Chica Arellano: «Cultivar intensamente la esperanza»

El Adviento es una oportunidad propicia para clavar nuestros ojos, de manera humilde y confiada, en Jesucristo crucificado y resucitado, que ha de venir glorioso al final de los tiempos a colmar la historia de su plenitud y dar cumplimiento total a sus promesas. No perder esta perspectiva, sobre todo en estos momentos de gran dificultad a causa del recrudecimiento de la pandemia en curso, es fundamental para impregnar las semanas que nos separan de la Navidad de genuinos deseos de apertura a Dios, de un auténtico espíritu de fe, el único que puede liberarnos de la tiranía del consumismo, la superficialidad y el materialismo que nos aleja de la verdad del misterio que celebramos.

Durante este tiempo litúrgico repitamos con insistencia la oración «¡Ven, Señor Jesús!», disponiendo nuestro corazón para gustar la alegría del nacimiento del Redentor. La certeza de que nada podrá separarnos de su amor (cfr. Rom 8, 39) nos ayudará a superar el pesimismo reinante y logrará que nuestro corazón se inflame de aquella luz que, disipando miedos y perplejidades, nos permite no desfallecer ni siquiera ante aparentes fracasos y afrontar el futuro sabiendo que estamos en las manos del Padre y, por tanto, el mal no tiene la última palabra. Al final, vence el amor, triunfa Dios.
Como creyentes estamos llamados a vivir de estas convicciones. De lo que se trata es de redescubrir la fuerza de la esperanza, que «por una parte, mueve al cristiano a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a su entera existencia y, por otra, le ofrece motivaciones sólidas y profundas para el esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad para hacerla conforme al proyecto de Dios» (Tertio millennio adveniente, 46).

Cultivar esta virtud teologal logra que nos centremos en lo que realmente cuenta en la actual tesitura: salir de ese mito que con tanto afán ha sido difundido por doquier, asegurando que el hombre tiene capacidad infinita de auto-redención y de realización por sí mismo. El coronavirus ha puesto de manifiesto justamente lo contrario, es decir, aquello que de modo nítido y palpable ha enseñado la Iglesia sin cansarse: sin la gracia divina no se puede afrontar la incertidumbre que grava sobre nuestro destino personal ni los muchos peligros que se ciernen sobre el futuro de la humanidad. Solo en Cristo se descubre realmente el sentido de la existencia humana, así como el enigma del dolor y de la muerte.

Son muchas las fuentes de las que podemos beber para que en nosotros se vigorice la esperanza, don que Dios regala a quien se lo pide con fervor. Propongo en los párrafos siguientes que nos fijemos en tres. La oración. De la mano de Benedicto XVI aprendemos que, en medio de las contrariedades de la vida, la plegaria es el primer lugar y la mejor escuela de la esperanza. El que ora no queda relegado a la fría soledad; el que reza percibe la presencia regeneradora de Dios y sabe que nunca está totalmente solo. «Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme —cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar—, Él puede ayudarme» (Spe salvi, 32). Como oraba don Pedro Casaldáliga, el Señor Jesús es «palabra de mis gritos, silencio de mi espera, testigo de mis sueños, […], razón de mi esperanza». En uno de sus sonetos, dice el obispo misionero:
Porque lo espero a Él,
y porque espero que,
al encontrarlo, todos nos veamos
restablecidos por el sol primero
y el corazón seguro de que amamos;
[…]
porque aprendí a esperar
a contramano
de tanta decepción: te juro, hermano,
que espero tanto verlo como verte.

Lo pequeño que hace grande. Por su parte, el Papa Francisco, en su reciente encíclica, ha puesto de relieve el valor de los pequeños gestos y de esos héroes anónimos que, con su actitud y entrega encomiable, en estos tiempos recios de la covid-19, han escrito bellas páginas de generosidad, siendo testigos de esta virtud que «nos habla de una realidad que está enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive. Nos habla de una sed, de una aspiración, de un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor […]. La esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna» (Fratelli tutti, 55).
Los santos. Finalmente, no olvidemos a los santos. Ellos no se contentaron con llevar una existencia a medio gas. Pudieron recorrer la senda del ser hombre de la misma forma en que Jesús la recorrió antes de nosotros, porque estaban llenos de la gran esperanza. Un ejemplo muy claro fue san Agustín, quien escribió bellamente al comentar el salmo 141: «A ti grité, Señor; dije: “Tú eres mi esperanza”. Cuando padecía, cuando estaba en medio de la tribulación, tú eras mi esperanza. Mi esperanza aquí, y por eso aguanto. Pero mi heredad no está aquí, sino en la tierra de los vivos. ¿Qué dará al que lo ama, sino a Sí mismo?» (Enarrationes in psalmos, 141, 12). Y es que «ahora nuestra vida es esperanza, mientras que después será vida de eternidad: la vida de la vida mortal es esperanza de la vida inmortal» (Ibíd. 103, 4, 17).

Bien sabía esto san Óscar Arnulfo Romero, como lo atestigua su homilía de Nochebuena en 1978, referida a su país, El Salvador, pero válida también para otros: «María está en nuestra patria como en un callejón sin salida, pero esperando que Dios venga a salvarnos. Ojalá imitáramos a esta pobre de Yahvé y sintiéramos que sin Dios no podemos nada, que Dios es esperanza de nuestro pueblo, que solo Cristo, el Divino Salvador, puede ser el Salvador de nuestra patria».
El tiempo de Adviento, ciertamente, será tiempo de esperanza si es tiempo de oración, de servicio desinteresado. Será rezando como descubramos la estrella que lleva a Belén, donde nace Cristo para que nuestras tareas y luchas, aunque sean fatigosas, las llevemos a cabo mirando hacia la meta definitiva de aquella vida plena, feliz y sin ocaso que el Señor promete a quienes acogen su Palabra y la ponen en práctica.



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