Cartas de los obispos Última hora

¡Feliz Domund!

Queridos diocesanos:
Con el corazón agradecido al Señor, celebramos un año más la Jornada del Domund, elevando una oración al Padre por todas aquellas personas que han puesto sus vidas al servicio de la proclamación del Evangelio «hasta los confines de la Tierra» (Mt 28, 20).

Después de un octubre misionero especial, como el que vivimos el año pasado, invitados por el Papa Francisco a sentirnos «bautizados y enviados», afrontamos ahora un nuevo reto en nuestra vida cristiana. Posiblemente un reto lleno de matices y no pocas dificultades, pero también colmado de esperanza y con un renovado aliento apostólico dentro de cada uno de nosotros. Sí, esperanza y renovación como deseo profundo en medio de una circunstancia adversa de enfermedad e incertidumbre, pero también como compromiso responsable y decidido de nuestro sabernos Iglesia de Cristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.

El lema que se nos propone este año está tomado de un momento cumbre en la experiencia espiritual del profeta Isaías: «Aquí estoy, envíame» (Is 6, 8). Desde luego, la propuesta de este año es valiente en muchos sentidos, el primero de todos, la dimensión profética. Al igual que al profeta Isaías, a cada uno de los bautizados nos nace en el corazón un hambre profunda de Dios, un sentirnos «sedientos del Dios vivo» (Sal 42, 2). Así es en nuestra experiencia de encuentro con el misterio, y así lo hemos vivido muchos de nosotros a lo largo de los meses en que nos hemos visto alejados de la comu- nidad, de los sacramentos, de la lectura y meditación de la Palabra de Dios con los hermanos, de las visitas a los enfermos y de los más sencillos gestos de amor en la presencia de los otros. En medio de todo ello, Dios no ha dejado de estar cerca, muy den- tro. Y en nosotros, la sed de Dios no se ha apagado: había un grito profético pronunciado desde ese silencio impuesto anhelando surcar las calles y los barrios de nuestras ciudades y nuestros pueblos proclamando «Cristo es nuestro Señor y Salvador».

El profeta Isaías toma conciencia de sí mismo y proclama su circunstancia: «aquí estoy». Como cualquiera de nosotros, el profeta analiza su tiempo y su mundo y se da cuenta de que no todo lo que ve es agradable a los ojos. Más aún, sufre ante la visión del sufrimiento del pueblo. Pero ante esa mirada tiene dos opciones. La primera, darse la vuelta y seguir su vida buscando su pro- pio bienestar y su tranquilidad. Una opción que podría parecernos legítima y hasta normal en un mundo en el que prima lo individual y una buena dosis de egoísmo. Pero claro está, esa no puede ser nunca la opción válida para el hombre de Dios.

La segunda opción es la menos fácil: «aquí estoy –pensaría Isaías– en medio del dolor de todos, haciéndome uno con el que sufre para traerle, en nombre de Dios, una palabra de aliento y un ges- to de consuelo». ¿Qué me aportará decidirme por una u otra? Si miro por mí mismo, si me convenzo a mí mismo de que «ahora me toca cuidar de mí», engordaré el caparazón que me protege del mundo y de la historia y acabaré alejando de mí a los otros y a Dios. ¿Quién me salvará, entonces? ¿Quién recibirá lo que en mí hay de bueno? ¿En quién podré depositar mi amor antes de que se me marchite en el alma? El ser humano no está hecho para vivir para sí mismo (Gn 2, 18), sino para entregar la vida.

Los cristianos hemos vivido un encuentro transformador y plenificante con un Otro porque Él se nos ha hecho el encontradizo. De este encuentro hemos resurgido a una vida nueva, y hemos aprendido a leer nuestra realidad con ojos nuevos. A partir de ese momento providencial, en la vida del creyente se pronuncia con voz nueva la afirmación del profeta, «Aquí estoy», porque en Dios, nuestro estar en el mundo es nuevo: firme, esperanzado, comprometido, responsable y alegre. Por eso Isaías –como hoy todos los llamados en esta jornada del Domund a hacernos uno con él– puede añadir inmediatamente «Aquí estoy: envíame».

El Papa Francisco, en su mensaje de este año para la Jornada del Domund nos recuerda que «la llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo se presenta como una oportunidad para compartir, servir e interceder. La misión que Dios nos confía a cada uno nos hace pasar del yo temeroso y encerrado al yo reencontrado y renova- do por el don de sí mismo». Y eso es lo que experimentamos por la fe. No salimos en misión por heroísmo ni por ascesis, sino «por amor de Dios», porque hemos conocido su amor y éste nos ha restaurado y nos ha llenado de luz el alma. Y salimos para el prójimo porque no podemos esconder ni un segundo más la maravilla del don recibido.

En esta jornada especial dedicada a los misioneros y misioneras, todos los bautizados somos un nuevo profeta comprometido con el amor de Dios y llamados al envío. Ahora bien, como hemos experimentado a lo largo de estos meses, ¡hay tanto que hacer aquí al lado! Vamos a apoyar a todos aquellos que abandonan sus hogares y la comodidad de una vida segura rezando por ellos, teniéndolos presentes en nuestras intenciones, compartiendo nuestros bienes materiales con ellos y con las tareas que llevan a cabo en los lugares de misión. Sí. Y no los vamos a dejar. Pero a su testimonio de santidad apostólica vamos a sumar un esfuerzo personal por imitarles desde nuestros hogares, trabajos, tareas y rutinas. «Aquí estoy: envíame». Estoy en mi cocina, o en mi taller, en mi tienda o mi negocio, estoy en mi oficina o escoba en mano limpiando las calles de mi ciudad; estoy en la escuela enseñando o aprendiendo; estoy en la cama porque no puedo estar en otro sitio. Pero «envíame». También yo quiero llevar la Palabra que salva en los labios y en el corazón y que en cada gesto mío haya una luz de Cristo que salva.

Queridos hermanos: la llamada de esta jornada del Domund es una llamada a superar todo tipo de egoísmos temores y ataduras. El envío es la disposición del corazón a saberse en manos de Otro, y confiar en que la tarea tendrá éxito porque quien la dirige es Su Santo Espíritu. Sabernos enviados es sabernos firmes y arraigados en la fe, decididos en los gestos de caridad, alegres en la celebración con los hermanos, con los que nos gozamos al encontrarnos cada domingo en torno al altar de Cristo Jesús que renueva nuestras fuerzas partiendo para nosotros el pan. Enviados son aquellos que con una mirada limpia ven lo feo de la historia y no lo juzgan ligeramente, porque con misericordia desean que lo yermo florezca.

Seamos, pues, profetas valientes que han aprendido a decir «Aquí estoy: envíame». Miremos nuestro entorno con un realismo esperanzado y con confianza en el Señor. Y despertemos desde el corazón la semilla de la Palabra que Dios nos sembró para salvación nuestra y de todos nuestros hermanos, hasta los confines de la tierra.

¡Feliz Domund!

+ José Luis Retana
Obispo de Plasencia

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME