Cartas de los obispos Última hora

«Feliz cumpleaños, Lolo»

Mirando ya con mucha ilusión al próximo año pastoral, que vamos a canalizar, especialmente, en el ejercicio de la caridad, quiero que no nos olvidemos de que en este año tan atípico, por la pandemia del coronavirus, hemos cultivado nuestra experiencia interior y hemos renovado la vocación a la santidad. Para que estos objetivos tan esenciales no se nos alejen, considero que el mejor modo de tenerlos presentes es poniendo de relieve la memoria agradecida por la santidad que el Espíritu Santo le ha dado a nuestra tierra. En esta ocasión, tenemos la oportunidad de acercarnos a la ejemplaridad singular de un ser humano realmente agraciado en el Espíritu, nuestro querido beato Manuel Lozano Garrido “Lolo”.
El día 9 de agosto o el 5 de septiembre tendremos la oportunidad de cantarle: ¡Cumpleaños Feliz! Lo haremos con la convicción plena de que nunca habremos cantado esa sencilla y familiar melodía con una conciencia tan cierta de que a quien se la dirigimos, es plenamente feliz. Esos días se cumplen 100 años del nacimiento y del bautismo de “Lolo”. Él los celebra en el cielo, pero, también, lo hará con nosotros en la Iglesia de Jaén, que lo felicitará con el culto y la veneración que le corresponde a los Beatos.
En esas dos fechas evocaremos la vida de un ser humano que nació, vivió y murió en Linares, en nuestra tierra de Jaén. El estará en el cielo con la Trinidad, la Virgen María, los Ángeles y los Santos que viven en la felicidad y el gozo eterno; nosotros, con todos ellos, entonaremos, con música y belleza celestial, un “cumpleaños feliz”, que, en esta ocasión, evocará la comunión de los santos. Nuestro canto recogerá la memoria agradecida de la vida reciente y cercana de quien, en la Iglesia, en una solemne celebración, que tuvo lugar en Linares el 12 de junio de 2010, fue reconocido como modelo ejemplar en el camino de la santidad, y porque es digno de imitación, en especial, para los laicos cristianos de nuestra Iglesia Diocesana.
Todos juntos, a lo largo de su centésimo aniversario, lo recordaremos con un gran número de sabias iniciativas, que irán refrescando nuestra memoria y enriqueciendo nuestra conciencia cristiana. Una Comisión Diocesana, que está trabajando con mucha ilusión y generosidad, quiere poner lo mejor de sí misma para que, a lo largo de este año, se cante esta melodía de cumpleaños con una música y una letra que recoja los valores humanos y cristianos que nos ha legado Manuel Lozano Garrido “Lolo”. Porque lo ha dicho Dios, que lo puso en el camino de la santidad, porque lo ha dicho la Iglesia, que le ha declarado Beato, porque lo dicen cuantos le conocen en la tierra y en el cielo, todos terminaremos diciendo: “porque es un santo excelente y siempre lo será”.
“Su existencia no estuvo marcada por la tristeza, sino por la alegría; no por el llanto, sino por la iniciativa apostólica; no por la soledad, sino por la comunicación y la amistad con todos, grandes y pequeños, sanos y enfermos, pobres y ricos. La suya fue una existencia de auténtica santidad evangélica” (cardenal Amato, Homilía en su beatificación). Reconociéndolo así, queremos, con motivo de la celebración del centenario de su nacimiento, poner de relieve los perfiles de su personalidad espiritual. Nosotros haremos, desde nuestro afecto y devoción, su carnet de identidad en el que se dibujen los más luminosos destellos de su santidad, aquellos que hoy sabemos que inspiran la vocación a la que estamos llamados los que vivimos “en la puerta de al lado de Lolo”, en cualquier lugar del mundo, porque los santos son universales y modelo para todos.
“Lolo” fue un niño y un joven cristiano, vivió con intensidad y hondura su vocación bautismal, la cultivó en la compañía ejemplar de su familia, en la que todos vivían en la fe hasta el dolor y la muerte. Su iniciación cristiana fue tan sólida que enseguida, guiado por la Iglesia, con unos pastores santos y apostólicos y con la ejemplaridad de los suyos, de sus profesores y de sus compañeros de juegos, rezos e ilusiones, encontró su camino de compromiso cristiano, especialmente, en su vinculación a la Acción Católica, que en sus tiempos, como hoy, abría horizontes misioneros para niños, jóvenes y adultos militantes. En ella, y con todos los que compartía formación, compromiso y acción, se irá forjándose un laico cristiano que vive su fe en medio de las condiciones del mundo, que para él nunca fueron fáciles ni cómodas.
Siempre vivió su fe en comunión y, con otros adolescentes y jóvenes, creció en santidad, sin huir de las luchas de la vida, en las que siempre estuvo con audacia y sin temor, aunque en todo lo que tuviera que hacer y padecer encontrara un toque martirial. Su fortaleza espiritual le hizo acompañante y líder para otros jóvenes cristianos. Su tono vital, de honda profundidad humana y espiritual, atraía, fundamentalmente, a muchos jóvenes, que lo buscaban porque sabían que la amistad de Lolo reconfortaba y, sobre todo, llenaba de Dios. Fue un verdadero modelo en el acompañamiento espiritual.
Un joven forjado en unos tiempos difíciles y en unas circunstancias nada cómodas, encontró en la escritura un cauce de expresión y comunicación de lo que vivía y sentía y de lo que podía ofrecer a los demás. En más de 300 artículos y nueve libros, en los que se irradia en belleza el amor de Dios y la alegría del Evangelio, es un verdadero modelo de escritor y periodista cristiano. Por eso, hoy lo ve así hasta el Papa Francisco y lo recomienda como “un buen ejemplo a seguir” en este campo profesional tan importante en la sociedad moderna. Lolo es modelo, sobre todo, porque escribe “para amar” y de “rodillas”. Para Lolo, el periodista es como la fuente del pueblo, que brota y apaga la sed día y noche, dando a todos frescura, optimismo, amor, esperanza y siempre una sonrisa” (cf Cardenal Amato, homilía…). De la pluma del escritor Manuel Lozano siempre salían palabras de vida, de verdad, de justicia, de paz, de mansedumbre.
Todo transcurre en su existencia con la naturalidad del que acepta, en todo, la voluntad de Dios, que, en su no muy larga vida, se le va haciendo el encontradizo, porque Lolo, en su preciosa libertad, atravesada por un profundo amor, vivía de la fe. Lolo se sentía amado por el Señor, aún en las condiciones humanas más adversas. No estaríamos lúcidos en nuestra mirada espiritual a la persona de nuestro querido Lolo, si no descubriéramos en él cómo vivir siempre confiando en el Señor. Cuando llegaron a su vida unas condiciones extraordinariamente adversas, por una enfermedad degenerativa, y cuando su cuerpo era un dolor viviente, pues, como él mismo dice, “tenía una aguja en cada célula de su cuerpo”, su vida, físicamente dolorida, siempre estuvo marcada por la Pascua del Señor, siempre fue para él un don. La deformación física nunca pudo con su agilidad espiritual y cuando le preguntaban si la enfermedad le pesaba mucho, el respondía algo tan santo, tan humano y tan divino, al tiempo que tan bello, como esto: “Pesa, pero tiene alas”. Todo, hasta la ceguera total, lo puedo soportar como un verdadero sacramento del dolor.
Solía decir que “Dios estaba sentado al borde de su cama y compartía su pena”. Esta es la mística del dolor de un joven santo, un joven que vivió una profunda espiritualidad cristiana, que se enriquecía en las condiciones vitales de cada uno de sus tiempos de desarrollo y crecimiento y en cada una de sus circunstancias: fue un santo niño; un santo joven militante cristiano; fue un estudiante ejemplar; un trabajador responsable; fue un escritor y periodista que tenía clavado en su frente el lucero de la verdad y lo bruñía a todas horas; y fue un enfermo que sazonaba sus dolores con la alegría que manaba del corazón de Cristo. En todas esas condiciones, su santidad, tuvo unos matices espacialmente singulares.
No obstante, la espiritualidad de Lolo era eucarística. La Eucaristía era para Lolo el secreto de su fortaleza interior: le transmitía la energía necesaria apara realizar su obra. Sentía su vida “tutelada” por Jesús sacramentado. En la enfermedad siempre pudo mantener un diálogo vivo con el Señor, justamente por la celebración de la Eucaristía en el altar que tuvo en su habitación. Era allí donde tenía “mesa redonda con Dios” y es de allí de donde salía, también, su más profunda fecundidad como escritor. Enfermo y escritor fueron los dos servicios que ofreció en los últimos días de su vida.
Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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