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Fátima: llamada a lo esencial, el papel clave de María y la fe los sencillos – editorial Ecclesia

Fátima: llamada a lo esencial, el papel clave de María y la fe los sencillos – editorial Ecclesia

Peregrino entre peregrinos (ver página 30), el Papa Francisco llega a Fátima, uno de los corazones de la catolicidad, en estela de sus últimos antecesores y de miles y millones de creyentes, que durante este último siglo han encontrado en este santuario portugués un lugar donde la gracia de Dios parece hacer detener el paso veloz y secularizado de los tiempos presentes y hace resonar, con humilde y vibrante fuerza, la llamada a la conversión. Y todo ello, de manos de María y de la fe de los sencillos, claves también del Evangelio y del ministerio apostólico de Francisco.

Y es que ¿cómo olvidar, por ejemplo, que, si la brújula, la carta de navegación que para toda la Iglesia – pastores y fieles- el Papa nos propone es la exhortación apostólica Evangelii gaudium, el corazón de esta es la conversión personal, comunitaria y colectiva en pos y en aras de la misión evangelizadora? ¿Y cómo olvidar, con palabras recientes suyas -en las vísperas de su peregrinación a Fátima-, en un encuentro con el Pontificio Colegio Portugués de Roma, que «tener buena relación con la Virgen nos ayuda a tener una buena relación con la Iglesia», porque «las dos son madres»?

Oración y penitencia fueron los ejes de los mensajes de las apariciones marianas en Fátima, hace ahora exactamente un siglo. Cien años después y con un panorama eclesial, social, cultural y político completamente distinto, oración y penitencia siguen siendo capitales para dinamizar la fe y la vida eclesial y para hacer realidad, desde la conversión, el primero y esencial mandato del Señor en el Evangelio: «Convertíos y creed en el Evangelio».

Como escribíamos en nuestro comentario Editorial de hace dos semanas, es probable que nada precise más nuestra Iglesia actual que la potenciación de su identidad y misión desde un compromiso de mayor vida interior, de una espiritualidad bien irrigada por la palabra de Dios y por la práctica frecuente, digna y adecuada de los sacramentos y que permita disponer de una suficientemente creíble y sólida experiencia de Jesucristo. Y porque, como nadie da lo que no tiene,  sin ello, la misión evangelizadora y  la práctica de la caridad quedan también desguarnecidas y hasta expuestas a las ideologizaciones mundanas y al relativismo y al subjetivismo que tanto condicionan y lastran la verdadera entrega del auténtico discípulo y apóstol.

El papel clave de María en la vida de la Iglesia y de los creyentes es también una constante en el magisterio y en la praxis ordinaria de Francisco, hasta el punto de que también podríamos denominarlo el Papa de María,  y quien, por cierto, recordaba, el lunes 8 de mayo, al Colegio Portugués de Roma que el olvido de la Virgen, de la Madre, lleva, tarde o temprano, a la «orfandad de corazón». «Un sacerdote (y añadimos nosotros, un fiel católico) que se olvida de la Madre –apostilló- es un sacerdote (un católico) al que le falta algo. Es como si fuera huérfano, aunque en realidad no lo es, pero se ha olvidado de su madre». Y lo que decimos de María «se puede decir de la Iglesia y también del alma» (la espiritualidad aludida), porque las tres «son madres y las tres dan vida». Y para evitar esta orfandad «es necesario cultivar una relación filial» con María. Porque un  corazón huérfano –añadimos, de nuevo, nosotros- adolecerá siempre de la ternura  y misericordia que tanto demanda nuestro mundo y que tanto invoca Francisco Y sin misericordia y sin ternura la caridad no es caridad.

La Iglesia, que en su misma identidad es peregrina, necesita acercarse a Fátima y a tantos y tantos miles de santuarios marianos como están dispersos en nuestros cuatros puntos cardinales y que son auténticas casas de misericordia, escuelas de eclesialidad, focos de caridad y palancas de evangelización. Pero a Fátima y a todas las otras «Fátimas», solo podemos ir con la fe de los sencillos. «Te doy gracias, Señor, Dios nuestro, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos y se las has relevado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor».

Y este es también el camino para reformar y revitalizar la Iglesia nuestra de cada día, la de cercanías y la de lejanías: no el de los sabios y entendidos, sino el de la gente sencilla.

 

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