El Papa Juan Pablo I con los reyes Juan Carlos y Sofía / fototeca javi haluros
Santa Sede

Fabio Casol, alumno de Luciani antes de que fuera Papa: «Juan Pablo I, el mejor ejemplo de sacerdote grande, con humildad total y sencillez»

Albino Luciani nació 17 de octubre de 1912, en Canale d’Agordo, una localidad pequeña de la región del Véneto, al norte de Italia. Estudió en el seminario menor de Feltre y después en el Seminario Gregoriano de Belluno, donde en 1935 fue ordenado sacerdote. Tan solo dos años después fue nombrado vicerrector del Seminario Gregoriano de Belluno, cargo que ocupó hasta 1947. Entre otras materias, dio clases de Teología Dogmática y Moral, Derecho Canónico y Arte Religioso. En 1954 fue nombrado vicario general de la diócesis de Belluno. Fue el 15 de diciembre de 1958 cuando el Papa Juan XXIII le nombró obispo de la diócesis de Vittorio Véneto. Y así fue hasta 1969, año en que Pablo VI le nombró patriarca de Venecia. En el cónclave de 1978, fue elegido sucesor de Pedro, pero fue un pontificado muy corto, ya que falleció 34 días después. Fue declarado siervo de Dios por su sucesor, Juan Pablo II, en el año 2003. El Papa Francisco aprobó sus virtudes heroicas el 8 de noviembre de 2017, proclamándolo así Venerable.

Don Fabio Cassol, sacerdote de 84 años, fue alumno de Luciani en los años del Seminario de Belluno, y cuenta a ECCLESIA los buenos recuerdos que guarda de aquella época y la huella que dejó su profesor en su vida.

—¿Cuándo conoció a Albino Luciani?

Fabio Casol

—Le conocí cuando pasé del seminario menor al mayor, cuando pasé de la localidad de Feltre, a la capital de la diócesis, Belluno. Allí don Albino, que era como nosotros le llamábamos, porque no quería que le llamáramos monseñor, era vicario general de la diócesis y también profesor en el seminario. Le tuve como profesor hasta que le hicieron obispo de Véneto, es decir, desde 1956 al 1958, tres años escolares.

—¿Qué recuerdo tiene de él como profesor?

—La de una persona que me ha impresionado de forma muy positiva a primera vista, cuando todavía no sabía quién era. Con su forma de hacer, con su personalidad sencilla y muy humilde, cordial, esto me dejó una impresión positiva de la que nunca me olvidaré. Y después esta impresión fue confirmada y profundizada con los tres años que pude tenerlo como profesor. En mi adolescencia, él dejó la huella más bonita y el mejor ejemplo de sacerdote grande, con humildad total y sencillez única. Todo ello unido a una capacidad de explicar las clases que hacía de forma sencilla e incisiva que ya no se te olvidaban. Yo me siento muy afortunado por haberlo conocido, como persona y como profesor.

—¿Y fuera de la clase, cómo era? ¿Pasaba tiempo con los seminaristas?

—Sí. Él se quedaba un rato con nosotros, por la noche después de la cena. Hablaba con nosotros con sencillez, como un hermano mayor. Por eso es que me ha dejado una huella indeleble no solo como profesor, sino como persona.

—¿Hay alguna enseñanza de don Albino que recuerde de forma especial?

—¡Sobre él me acuerdo de todo! Pero en particular me acuerdo de su capacidad de explicar las clases de forma tan bonita que no era pesado para nada. Hacía entender las cosas.

—Y después de que dejara el seminario porque le nombraron obispo, ¿volvieron a verle?

—¡Sí! Él volvía porque nuestros superiores lo llamaban para que viniera a algún retiro. Y en la diócesis para alguna celebración. Y recuerdo incluso una vez que me llamó por teléfono. Yo ya era párroco y escribí un artículo en el boletín parroquial y él ya era patriarca de Venecia. No sé cómo llegó a sus manos este artículo mío, que no era nada excepcional. Él tuvo la cortesía de llamarme para felicitarme por lo que había escrito. Él patriarca, y yo un humilde joven párroco de una parroquia alejada en las montañas. Hablamos del artículo en el que había hecho la estadística anagráfica, social y financiera de mi parroquia, una fotografía de mi comunidad. Le gustó y me llamó. No se consideraba por encima, y siguió mostrando esa familiaridad con los que fueron sus seminaristas incluso siendo patriarca.

—¿Cómo vivió el momento de la elección de Luciani como Papa?

—Me acuerdo que ya cuando le eligieron obispo no nos sorprendió porque se lo merecía. Él sí se sorprendió porque no se creía lo que valía, era muy humilde. Y una promoción le parecía algo más grande que él. Y sobre su elección como Pontífice, yo podría decir que lo habría soñado. No osaba hacer pronósticos, pero podía soñarlo como jefe de la Iglesia universal. Lo viví con mucha alegría, y con convicción de que su capacidad de cubrir este encargo importante e inmenso, lo haría con su estilo humilde pero también lo gestionaría con su inteligencia superior y sencillez. Él seguía perfectamente las huellas de Juan XXIII, quién lo consagró obispo.

—Usted que tuvo ocasión de conocerle ¿Qué valoración hace del pontificado de Juan Pablo I?

«Me siento muy afortunado por haberlo conocido, como persona y como profesor»
—Durante ese mes no hizo otra cosa que continuar en su estilo de pastor, maestro que desarrollaba sus discursos de forma sencilla y profunda. Por tanto no me sorprendió nada porque él era también de Papa lo que le conocí como profesor, obispo y patriarca. Tocó lo fundamental de la fe cristiana en aquellos pocos días que vivió de Papa.

—¿Hay algún episodio que vivió junto a él que recuerde de forma especial?

—Sí. Recuerdo bien su paciencia. Yo siendo un joven seminarista, un día entré en la capilla del seminario y él estaba dentro, en silencio. Yo tenía un pequeño instrumento, un armonium, y aunque no sabía tocarlo empecé a intentarlo sin saber bien cómo. Él se quedó allí, rezando de rodillas. No me di cuenta que estaba molestando, porque no sonaba muy bien. Y sin embargo le vi a él, quieto, paciente, dejándome acabar sin regañarme, ni me pidió que dejara de hacerlo. Tengo también otro bonito recuerdo. Cuando venía a dar clases, llegaba siempre corriendo. Y muchas veces bostezaba mucho, aunque sus clases las tenía bien preparadas. Yo me preguntaba por qué le pasaba esto. Sus hermanos que lo conocían bien me lo explicaron. Pasaba las noches casi siempre leyendo, en estudio. Él era un gran lector, y memorizaba de manera espléndida, incluso anécdotas que nos citaba en clase como ejemplos. Tenía una gran cultura, siempre bajo esa sencillez tan grande que lo caracterizaba. ¡Por fin así entendí la razón de sus bostezos que tanto me llamaban la atención durante las clases!

Entrevista por Rocío Lancho
@RocioLG

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