Especiales Ecclesia San Juan de Ávila, doctor de la Iglesia

Extractos de la homilía del cardenal Rouco en la misa en Montila en acción de gracias por el doctorado de la Iglesia de San Juan de Ávila

Esta mañana, viernes 23 de noviembre de 2012,  el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, ha presidido una solemne celebración de la Eucaristía en Montilla (Córdoba), donde desde el pasado 12 de octubre se celebra el Año Jubilar montillano, con motivo de la Declaración de San Juan de Ávila como Doctor de la Iglesia Universal.

Con él concelebraron el Obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández, y 76 obispos españoles que habían peregrinado desde Madrid, donde se encontraban esta semana para participar en la 100ª Asamblea Plenaria.

En su homilía, el Cardenal explicó que “los obispos peregrinamos hoy a Montilla con la actitud humilde, sencilla y penitente del peregrino jacobeo, que nos remite a los orígenes de nuestra fe, y al estilo y a la actitud con la cual hay que recibir el don del Evangelio para poder creer, que es la de la conversión y el de la penitencia”.

En referencia a San Juan de Ávila, dijo que “desde muy pronto fue objeto de la devoción de los sacerdotes y obispos de España”, fallecido en Montilla el 10 de mayo de 1569. “El trato y la familiaridad teológica y espiritual con su figura alcanza niveles cada vez más intensos de fervor a partir de su beatificación”, ocurrida el 13 de abril de 1894. Además, fue “una guía providencial en el proceso de renovación espiritual y pastoral del clero español hasta el momento de su canonización”, ocurrida el 10 de mayo de 1970 por Pablo VI. “Es, dijo, de un extraordinario valor y significado doctrinal y existencial para la Iglesia y los sacerdotes de España”. Y desde 1970 “se le ve con creciente hondura eclesial y teológica, como un verdadero maestro y padre, y no sólo de la Iglesia y los sacerdotes de España, sino de toda la Iglesia, sobre todo en la Iglesia de la edad moderna”.

Sabiduría de la Cruz
Para el Cardenal, “San Juan de Ávila había enseñando a la Iglesia, sobre todo a los jóvenes aspirantes al sacerdocio, a los sacerdotes y a los obispos de su tiempo, la verdadera sabiduría: la sabiduría de Dios revelada en Cristo en su Cruz. Y lo hizo en unos tiempos en que ésta era discutida, malinterpretada, combatida desde dentro y desde fuera de la Iglesia”. “Él, añadió, predicó la sabiduría de la Cruz, la enseñó, la vivió ejemplarmente, y la difundió apostólicamente como el camino del amor de Dios y de la santificación de los sacerdotes, y la vía regia de las almas, para que acertasen con el verdadero itinerario de la vida cristiana, es decir, el que conduce a la santidad. Su influjo sobre el pueblo fiel y sobre la educación cristiana de los jóvenes, sobre el renacimiento espiritual del pensamiento teológico de entonces, y sobre la cultura y sociedad de la época, fue el de un santo y maestro de santos”.

En este sentido, destacó “su influencia en los modos de vivir la caridad, fecundos en sí mismos espiritualmente, y en sus efectos sociales”. Fue, añadió, “un verdadero reformador, no sólo de la Iglesia, sino de la sociedad de su tiempo”. Vivió en Montilla los 15 últimos años de su vida, “en la madurez espiritual de su magisterio sobre las almas, sobre los grandes santos de la época, sobre tantas personas y fieles de todo estado y condición, y sobre la Iglesia”.

Acción de gracias
Hoy, prosiguió, “los obispos peregrinan y dan gracias al Señor por san Juan de Ávila, por todo lo que significó para la Iglesia a largo de estos cinco siglos. Fue como un instrumento elegido por su Señor, para inundarla de gracia y de los dones extraordinarios de su espíritu, a fin de mantener en tiempos turbios y difíciles la luz de Cristo y la fuerza transformadora de su gracia, neta y limpia espiritualmente, vigorosamente apostólica, y pastoralmente santificadora en la vida y misión de los hijos de la Iglesia, hacia dentro de ella misma, y en su acción evangelizadora en medio de la sociedad de su tiempo, hasta hoy mismo”.

San Juan de Ávila fue “en su época, tiempos de crisis, luz y sal para la Iglesia y para el mundo”.

Por ello, los obispos dan gracias a Dios por la Declaración de San Juan de Ávila como Doctor de la Iglesia universal, y le piden “para que en nuestro servicio pastoral, el nuestro y el de nuestros sacerdotes especialmente, contengamos con un creciente impulso personal y eclesial la primacía de la vida interior”. También pidió al Maestro Ávila por la Iglesia en España, “por sus pastores, consagrados y fieles laicos, para que nos encienda de nuevo de celo por la salvación de las almas. O dicho con otras palabras: el primado eclesial de la pastoral”. Y por “todo el pueblo de Dios, el nuevo, nacido de la convocatoria de la palabra y de los sacramentos de la iniciación cristiana. Que renueve en nosotros el propósito de ser valientes testigos, con palabras y obras, de la caridad de Cristo, de su fuerza trasformadora del hombre y de la sociedad, incluyendo los valores de la justicia, del respeto a la dignidad del hombre, a su derecho a nacer, a ser concebido; y poder vivir a esta misión vivificadora de la familia, y trasformadora de las personas, del tejido familiar de la sociedad y de la Iglesia. Que queramos y sepamos vivir el primado eclesial de la caridad en todos los campos de la evangelización y de la santificación del mundo y de la historia. Evangelizar así es evangelizar ciertamente a los pobres. Es el primado, pues, de la comunión”.

Encomendándose a la Virgen, aseguró que “con María al lado se superan todas las crisis, las del alma y las del cuerpo”. “Que no contradigamos el amor de Cristo crucificado, que seamos sus testigos fieles, valientes y entregados para que el mundo crea”, concluyó.

Al finalizar la Misa, los fieles asistentes pudieron venerar la reliquia del santo.

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