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Ante la experiencia en una enfermería de jesuitas, Alberto Cano: «Me hizo más consciente de la dificultad que atraviesa tantísima gente»

Alberto Cano es jesuita, psiquiatra y estudiante de Teología. Nacido en Valladolid (1986), llevó a cabo su formación como médico interno residente en el Hospital Universitario La Paz de Madrid. En abril y mayo pasados tuvo la oportunidad de ayudar en el cuidado de los jesuitas mayores de una enfermería de la Compañía de Jesús. Recordando esta experiencia, compartida con otros compañeros escolares, asegura que «fueron semanas intensas que nos hicieron más conscientes de la situación de dificultad que está atravesando tantísima gente». Para él la clave está en el acompañamiento: «Gran palabra con tanto contenido y forma». La facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas publica una entrevista en la que Alberto Cano, ordenado diácono la semana pasada, asegura que la Psiquiatría y la Teología le ayudan a «entender al ser humano en lo que tiene de misterio y de complejidad».

—¿Cómo personalmente es palabra «acompañar»?
En primer lugar, con mucho agradecimiento a todas las personas que, a lo largo de mi vida, han estado presentes escuchando, acogiendo, animando o corrigiendo en medio de lo que me iba tocando vivir; y, sobre todo, por su ayuda para entender las cosas desde Dios. En segundo lugar, a través del acompañamiento espiritual a algunas personas aquí en Madrid; intuir la acción de Dios en la vida de otros es un estímulo para mi propia fe.

—¿Qué clave subrayarías del acompañamiento ignaciano en este momento histórico?
El acompañamiento, desde la perspectiva de san Ignacio, es fundamentalmente un acompañamiento espiritual. Es decir, una ayuda para que cada persona pueda –con madurez y en libertad– reconocer el paso de Dios por su vida, entrever a qué le puede estar llamando en cada circunstancia y comprometerse con su acción. Por eso, junto al discernimiento, creo que este momento histórico nos pide también decisiones valientes que concreten nuestra determinación de seguir a Jesucristo.

—¿Qué te ha aportado esta experiencia vivida?
El tiempo con los jesuitas de la enfermería me ha descubierto la forma discreta y callada, pero tremendamente profunda y sincera, con la que nuestros compañeros mayores viven su fe. Y cómo de su relación con el Señor nace una capacidad de leer y encajar con esperanza, a su edad, las exigencias y dificultades de la pandemia. Con respecto a la situación general que estamos viviendo, creo que hay una enseñanza clara: nos necesitamos.

—¿Cómo interaccionan en tu vida tus estudios en Psiquiatría y en Teología?
Por una parte, cada una de estas disciplinas tiene su propio terreno de juego, dentro del cual se debe mover. A la psiquiatría no le corresponde decidir sobre las cuestiones relativas a Dios ni sobre la experiencia de fe; y la teología no posee las respuestas para los trastornos o las patologías de salud mental. Pero dicho esto, ambas me ayudan a la hora de intentar entender –desde diferentes perspectivas– al ser humano en lo que tiene de misterio y de complejidad. Porque lo que nos ocurre no se agota en lo biológico (los neurotransmisores); pero tampoco puede quedarse reducido a lo psicológico, ni tampoco a lo social. Todos nosotros tenemos experiencia de eso que llamamos vida espiritual.

—En tu experiencia, ¿cuál es el mayor reto que afrontamos en nuestro momento histórico?
No me resulta sencillo decir cuál es ahora nuestro reto mayor, aunque hay uno que me parece central. Este tiempo de mascarillas, distancias e hidroalcohol requiere de nosotros un ejercicio cotidiano de prudencia, prevención y sentido común, sin lugar a duda. Pero, junto a todo ello, necesitamos también vacunarnos frente a las parálisis que bloquean el horizonte apostólico de nuestra fe. No podemos vivirnos unos a otros como amenaza. No podemos caer en el olvido –o el miedo– hacia quien sufre. Necesitamos valentía apostólica para concretar nuestra llamada y seguir llevando adelante hoy la misión de Dios.



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